Política Militancia Peronismo

Calle y DNU

A Rinconet, la pose sobradora de los libertarios, luego del triunfo en las elecciones intermedias, lo conecta con el mismo escenario –y casi los mismos protagonistas-, pero en 2017. Y dice, ojo, que la historia se repite, para luego introducirnos, a través de sus incisivas intervenciones –endulzadas con el uso del humor-, en los desafíos que tiene el peronismo de cara a la elección presidencial del año que viene.

En octubre del 2017, apenas el oficialismo de Cambiemos ganó las elecciones de medio término, Eduardo Fidanza, en pleno frenesí, proclamó en La Nación que Mauricio Macri era “un líder de otra galaxia que constituye una completa novedad”. El analista político colocaba al titular de SOCMA en “la nómina selecta que inició Yrigoyen, y continuaron Perón, Alfonsín, Menem y los Kirchner en el último siglo”. El éxito electoral macrista frente a un peronismo dividido marcaba “un cambio de época en múltiples aspectos: generacional, profesional, programático, estilístico.” “Macri interpreta la juventud y el afán de cambio (...) su orientación es de centroderecha y su estética new age rompe los moldes formales del hombre público”, concluía Fidanza, en estilo ditirámbico.

Que el oficialismo ganara las elecciones de medio término no era algo inusual en la Argentina; sin embargo, muchos analistas entusiastas interpretaron la victoria siguiendo los pasos de Fidanza: se trataba de algo extraordinario, un momento bisagra en nuestra historia. El oficialismo compartió ese diagnóstico y consideró, prematuramente, que el electorado le había entregado un cheque en blanco. Los argentinos habían comprendido, por fin, que los futuros venturosos requieren de presentes calamitosos. Habían aceptado el modelo del ajuste permanente. De la misma forma, el oficialismo y sus repetidoras mediáticas anunciaban el fin del kirchnerismo, la componente más urticante del peronismo.

Recuerdo que algunos amigos gorilas compartían el mismo diagnóstico y no entendían por qué el kirchnerismo festejaba lo que consideraban una derrota inapelable. En algo tenían razón: CFK había perdido frente a un candidato objetivamente mediocre como Esteban Bullrich. Lo que no percibían esos analistas febriles es que en esas elecciones se jugaba otra carrera: el liderazgo del peronismo. Y, en ese sentido, la victoria de Unidad Ciudadana de CFK fue contundente frente a Florencio Randazzo que llevaba los símbolos del PJ y a Sergio Massa y su coalición 1País. Para la ex Presidenta, ese era el primer paso necesario para construir una opción política que pudiera frenar la reelección de Macri.

Cristina lanzó, en la cancha de Arsenal de Sarandí, el espacio Unidad Ciudadana.

El gobierno de Macri salió a gastar el cheque en blanco que creía haber recibido del electorado, e impulsó dos proyectos que consideraba fundamentales: la reforma previsional y la reforma laboral. La primera la consiguió luego de una victoria pírrica en el Congreso, que generó un gran rechazo en las calles. Fue aquella marcha popular que el oficialismo intentó ocultar con el relato de “las cuatro toneladas de piedras” (una extraña unidad de medida que el fiscal Diego Luciani reutilizaría para ilustrar la cantidad de material probatorio que disponía en la causa Vialidad). 

Cambiemos nunca logró imponer la segunda reforma, la laboral y, a partir de ese momento, perdería la iniciativa política que creía haber ganado en las urnas. Pocos meses después, Macri anunciaría el catastrófico acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el mayor aporte de campaña de la historia que no consiguió su objetivo primario, la reelección, pero sí logró condicionar al gobierno del Frente de Todos.

Un año atrás, el kirchnerismo transitaba su peor momento (peor incluso que en 2009, cuando Néstor Kirchner perdió las elecciones de medio término en la provincia de Buenos Aires frente a un candidato insignificante como Francisco De Narváez). La imagen de CFK subiendo la escalinata de Comodoro Py como imputada, citada a indagatoria por Bonadío en la causa Dólar Futuro, debía ser su certificado de jubilación política. Ocurrió lo contrario: ese día, el 13 de abril del 2016, significó el relanzamiento del kirchnerismo y, exagerando un poco, el principio del fin del macrismo. Con el discurso que dio frente a la multitud que la esperaba a la salida de Comodoro Py, CFK empezó a construir Unidad Ciudadana, que prefiguraría el Frente de Todos del 2019. 

Como hace casi una década, la derrota en las elecciones legislativas del año pasado puso en crisis al peronismo. El golpe fue potenciado por la victoria de Fuerza Patria en las elecciones bonaerenses, que dio una falsa impresión de fin de ciclo libertario. Muchas razones explican la victoria de La Libertad Avanza; el miedo al caos del día después fue una de las más contundentes. “Si votan como hicieron en las elecciones bonaerenses, EEUU dejará de apoyarlos y será el infierno” fue, en resumidas cuentas, el mensaje del secretario del Tesoro Scott Bessent. Una advertencia eficaz: nadie quería caos.

El intento de asesinato contra CFK -cuya relevancia como parteaguas en nuestra historia reciente todavía no se comprende del todo- y su posterior encarcelamiento a partir de una causa amañada, generó una realidad que el peronismo conoce bien, pero cuyas consecuencias son imprevisibles: la proscripción del líder. Luego de dos crisis financieras graves, la de marzo del 2025, de la que salió gracias a los recursos del FMI y la de octubre de 2025, cuando fue salvado por Bessent, el gobierno está dulce y se siente eterno, con su principal antagonista encerrada. Padece el Mal de Tony Montana (https://www.youtube.com/watch?v=OJM8yJTn_I0): consume la que sólo debería vender. Como ocurrió antes con Macri, Milei cree haber recibido un cheque en blanco cuando, en realidad, la ciudadanía sólo quiso evitar una crisis financiera que sospechaba devastadora. Desde que CFK dejó el gobierno en 2015, los salarios perdieron más de un tercio de su poder adquisitivo, algo inaudito fuera de un período de guerra. Nadie quiere más ajuste, ni seguir perdiendo poder adquisitivo frente a una extraña inflación que baja hacia arriba. 

En estos días supimos que varios gobernadores peronistas anunciaron que crearán un nuevo espacio político y sus legisladores se separarán de Unión por la Patria. El salteño Gustavo Sáenz, el catamarqueño Raúl Jalil y el tucumano Osvaldo Jaldo (el que prometió durante la campaña “raparle la melena al león” y terminó haciéndole un brushing) explicitan así su apoyo al gobierno nacional. Más allá de los incentivos, virtuosos y de los otros, estos líderes también consideran que “la gente votó esto”. Así lo explicó Sáenz, al dar su apoyo a la Ley Kunta Kinte de reforma laboral, que destruye incluso el fuero laboral creado por Juan D. Perón. 

Gobernadores "peronistas" que avalan el rumbo del gobierno.

Paradójicamente, que estos referentes se abracen a Milei y traicionen a su electorado es visto por los medios serios como una derrota del kirchnerismo. Es más, también la Ley Kunta Kinte es interpretada como una derrota de ese espacio, por no haber podido frenarla en el Senado. En el fondo, no es una mala noticia para la militancia kirchnerista: del otro lado de la grieta asimilan los derechos laborales al kirchnerismo, como ya ha ocurrido con los derechos humanos.

En todo caso, el dilema de Milei es el mismo de Macri y de todo aquel que elija el manual neoliberal: es un sistema socialmente insostenible. Más allá de las cifras dibujadas y de la contabilidad creativa, el modelo neoliberal sólo es exitoso para una porción minoritaria de la ciudadanía. Por si quedara alguna duda, Luis Caputo, el Timbero con la Nuestra, tuvo la cortesía de despejarla al afirmar que cada vez nos parecemos más a Perú, un país sin industria, sin ciencia y tecnología, sin jubilaciones, que expulsa desde hace décadas a su propios ciudadanos y que mantiene a la mayoría fuera del sistema. Lo dijo también Santiago Bausili -amigo y socio de Caputo y accesoriamente titular del Banco Central- al destacar que Perú tiene “una macroeconomía ordenada a pesar de tener un 70% de informalidad laboral”. ¿Una “macro” puede estar “ordenada” con casi tres cuartas partes de la población fuera del sistema, sin obra social, seguros, ni jubilación?

Pero, así como el oficialismo está dulce; el kirchnerismo, la única oposición real (con peso parlamentario y territorial), vuelve a padecer una desorientación tenaz que no parece tener fin. El liderazgo proscripto de CFK aumenta esa pérdida de horizonte. Tal vez podemos encontrar un inicio de salida dejando de buscar la unidad a cualquier precio (“unidad hasta que duela” es una expresión que deberíamos dejarle al sado-masoquismo) y centrarnos en el programa que queremos ofrecer.

Apenas Milei lanzó el DNU 70 (una reforma constitucional de queruza, según el constitucionalista Andrés Gil Domínguez), Ofelia Fernández se preguntó si “hay que oponerle sólo una defensa institucionalista, casi al límite de ser una defensa de un status quo totalmente degradado, o hay que oponerle un proyecto, una mirada radicalizada en el sentido opuesto del que plantean estos tipos (...) ¿Tenemos nuestro DNU? Es difícil oponerse a un proyecto tan avasallante de país si no tenés un proyecto avasallante.”

Pensar ese DNU -ese desplazamiento del péndulo hacia el lado opuesto para cuando una opción nacional y popular vuelva a gobernar- puede ser una forma de salir del letargo al que parece condenarnos tanto la interna peronista como el ejercicio pleno del poder por parte del oficialismo.

Amado tiene un lugar en la Radio de las Madres.

Hace unos días, Amado Boudou propuso el proyecto de estatuto del trabajador de plataformas, como una continuidad actual al estatuto del peón rural instaurado por Juan D. Perón en 1944. Aquella iniciativa tenía la loca pretensión de equiparar las condiciones de trabajo de los peones rurales con la de los trabajadores urbanos. Algo que la Sociedad Rural Argentina consideró peligrosa, en particular por el aumento de los jornales: “en la fijación de los salarios es primordial determinar el estándar de vida del peón común. Son a veces tan limitadas sus necesidades materiales que un remanente trae destinos socialmente poco interesantes.”

En otras palabras: si ganaban más de lo necesario para sobrevivir, ese dinero “se iría por la canaleta del juego y la droga” para retomar la expresión del por entonces senador radical Ernesto Sanz sobre la Asignación Universal por Hijo. Proponer hoy un estatuto para que el trabajador de plataformas equipare sus derechos con los de un trabajador en relación de dependencia no es más estrafalario que la propuesta del estatuto del peón rural en 1944. 

Creer que el oficialismo es eterno equivale a cometer el mismo error de quien consideró a Macri un líder de otra galaxia con la reelección asegurada. Focalizar en la unidad del peronismo antes que en el programa -es decir, antes que en nuestro DNU- sería otro error. Más allá del apoyo que nuestra elite empresarial le otorga a Milei, de la inmunidad que le ofrece, al menos por ahora, la justicia federal -el grupo de tareas de nuestro establishment- y más allá del generoso cerco mediático del que beneficia, la realidad también juega y, en Argentina, el pueblo no suele aceptar morir en silencio.

Y mientras la realidad juega y desenmascara una vez más las consecuencias de un modelo de miseria planificada, podemos buscar antídotos contra la desazón política: pensar nuestro DNU y volver a tomar la calle, el espacio histórico del peronismo. Salir de la indignación virtual, regresar al mundo tangible, vernos, debatir. Volver a las pizzerías, como dice Amado Boudou.

Calle y DNU. Y la unidad más adelante, cuando acordemos qué queremos.

author: Sebastián 'Rinconet' Fernández

Sebastián 'Rinconet' Fernández

Es arquitecto (DPLG-UBA), tuitero (@rinconet), cofundador de La Mesa de Autoayuda K (@LaRadioMAK). Considera que el verdadero desafío consiste en opinar desde la más tenaz ignorancia, ya que sabiendo opina cualquiera.

Sigamos conectados. Recibí las notas por correo.

Suscribite a Kranear

wave

Buscador