Componer con lo herido
Julieta vive en Barracas, cerquita de La Boca – y aclara que ama vivir ahí-, pero nació y se crió en Monte Chingolo, Lanús. Mientras realizaba el secundario, se puso a trabajar, y a lo largo de los años, haría de todo: operaria en una fábrica, empleada en un lavadero de ropa, como encuestadora, administrativa en una empresa. Y a los veinte años comenzó a estudiar la carrera de Psicología de la UBA. Se recibió, y ejerce hace varios años.
En la actualidad trabaja en un hospital público de Lanús, y la mayoría de sus pacientes son adultos mayores, muchos de los cuales hablan en guaraní.
“No marco la jerarquía y la distancia, sino lo contrario: me gusta mostrarles que yo soy del mismo lugar que ellos, y si bien por eso los voy a entender más o menos, se genera otro vínculo, otra empatía. Yo las amo a las viejas y ellas me aman a mí”.
Su primer libro de poesía se llama “ysyry, la sangre”, lo publicó en diciembre de 2025 con el sello Nido de Vacas Ediciones (del partido de Rojas, provincia de Buenos Aires), y su trabajo en el área de salud de un hospital público del conurbano bonaerense, y también “las viejas” con las que trabaja, tienen mucho que ver con los poemas.
¿Cómo nació este libro?
Yo estaba muy tomada por un registro fotográfico, o audiovisual, muy del cine, porque me fascina, y estaba con la necesidad como de hacer un duelo, o varios, y me pareció como que las imágenes que se me venían encima todo el tiempo tenían que ver con la poesía, y para crónica o un ensayo, que fue lo primero que hice, y es el género con el que yo me siento más cómoda, o en realidad me gusta la mezcla de los géneros, me siento una obrera de la palabra, en el sentido de que me gusta pensar los relatos más allá de su género, o de manera superpuesta.
¿Y en qué momento empezaste a bajar al papel, en verso, esas imágenes?
En el verano. Siempre escribo en los veranos, supongo porque son épocas de mayor aislamiento, pero el detonante fue el fallecimiento de mi abuela, una persona con la que yo me crié y que me compartió muchos valores, que también aparece en mi primer libro y en todas las mujeres de las que hablo en ese mismo primer libro.
¿Por qué el uso del guaraní en los poemas?
Yo empiezo a trabajar con mujeres, en el conurbano, mujeres que venían escapando, exiliadas del Paraguay por situaciones de violencia, y a mí me fascinaba ver cómo entre ellas hablaban en guaraní, yo no entendía una mierda, y me di cuenta que había un código ahí. Y después esa vivencia me hizo acordar a mi abuela italiana, cuando me relataba historias también de exilio, desarraigo y violencia. Así que hubo ahí un juego, y me apropié de una herencia que no es mía. No es natural para mí hablar el guaraní, fui a aprenderlo a propósito, como una forma de homenajear a estas mujeres.
¿Fuiste a aprender guaraní para poder la lengua en el libro?
Yo algo conocía del idioma algo por la música que escuchaba, como Tonolec, o La Charo, o por un primer acercamiento, no solamente con las mujeres que atiendo en Lanús, sino también con obreros, albañiles y demás que venían a consultas en los hospitales trabajé en otro momento, en Quilmes y Escobar. Y fue a ellas, a las viejas con las que trabajo ahora, que les pedí que me regalaran algunas palabras. Y con ese material empiezo a jugar con los poemas y las imágenes que yo tenía. Y ahí sí me metí a estudiar el idioma, con Mario Castells, un poeta, narrador y traductor del guaraní.
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Mario Castells, el poeta, le dio una mano a Julieta con el uso del guaraní.
De esta manera, Julieta realizó un cruce estético muy personal entre el duelo por la perdida de su abuela y la sonoridad tan rica del guaraní que musicalizaba su espacio de trabajo. Entre las últimas páginas de libro, y por sugerencia suya, la editorial presentó la traducción de cada uno de los términos que la autora utilizó en los poemas.
“En lugar de titularlo Glosario, pusimos la palabra ñemimby, que tiene que ver con lo misterioso, lo secreto de cada palabra, y ese asunto lo trabajamos con Mario, quien me invitó a pensar el uso de esas palabras, en un contexto, y todo eso lo agregamos en el no glosario. Por ejemplo, el uso de la palabra ‘Cuñataí’, que para mí era muy conocida, pero no sabía que era usada particularmente en contextos amorosos, eróticos; o sea: no es cualquier niña chica o muchacha, sino que se trata de una forma erótica de nombrar a la mujer. Esos son los regalos que me hizo Mario”.
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Amor, pérdida,
pensamiento, sangre,
tierra.
Entremezclados como los
diferentes rincones
cítricos de una mandarina.
En estos versos de tu libro, aparece una muestra de algunos de los asuntos que abordas en el libro. ¿Qué otros?
Me gusta pensar en término de obsesiones. En ese verano escuché mucho a Atahualpa, por ejemplo, y me resultó imposible no pensar en la tierra, y en las piedras (a las que dejó de lado, asume). También escuché mucho a Mercedes Sosa. Soy muy ricotera, me gusta mucho El Indio, quien me dio la posibilidad de pensar la muerte, la vida y el amor de otra manera, y todo eso está mezclado en los poemas. Como buena psicoanalista, estoy obsesionada con la pérdida.
Yo necesitaba de alguna manera recruzar todas esas variables como para poder hablar de mi propio duelo y de mi propia vivencia.
Vos decías antes que querías que todo esto esté presente, que el lector pueda reconocerlo, pero quizás no de un modo tan directo.
Como dice El Indio, a quien le robo todo el tiempo, yo escribo y ustedes interpreten lo que quieran. Y además mi primer libro fue muy explícito, y no me arrepiento, pero en este quería, y creo que por eso también me apoyé en la poesía, donde uno puede ser más metafórico o ambiguo.
Hablas del conurbano, las bases del justicialismo, la mencionas a Evita, también al Indio. ¿Existe ahí un ecosistema imposible de invisibilizar en tu poesía?
Insisto con esto de las obsesiones, porque a mí me obsesiona algo que tiene que ver con los márgenes, lo marginal, y El Indio y lo que tiene que ver al menos en mi historia con el peronismo, sino que fue una construcción propia a partir de un abuelo italiano obrero que me regaló una moneda de Evita, que la tengo acá –la muestra: colgada del cuello-, de alguna manera cimentó mi identidad, mi forma de ser, y por eso hoy siento que no puedo no escribir sobre.
El libro hace mucha referencia al margen uno de los más importantes para mí a nivel paisaje que es Riachuelo, o La ribera, y después hablo de otros ríos, pero ese particularmente, ese borde, ese margen, que yo también elijo habitar hoy, me obsesiona, y todo lo que tiene que ver con los márgenes en general, siempre todo lo que está como medio descartado a nivel social y comunitario, se va al margen, nunca queda en el centro.
También hablas de la risa; decís: un arrebato a la elite, como combate al miedo, no a la tristeza.
Sí, y aunque parezca algo superficial, bobo, que sirve para ocultar algo, cuando la risa es inteligente, cuando el humor quiere visibilizar algo de manera implícita, es el recurso del humor es muy potente.
Preguntémosle a Capusotto.
Vecino mío, sí (se ríe). Me parece que es un arma que no tenemos que perder, porque no se da batalla nada más que con el enojo, y de eso las feministas sabemos mucho, la bardeada, la pelea y la disputa, uno puede ser mucho más inteligente y a través del humor visibilizar muchas más cosas, por eso en ese poema intento que la risa no sea solo un paliativo contra la tristeza, sino también un arma frente al miedo.

Julieta es psicóloga y ejerce su profesión en el ámbito de la salud pública.
¿De dónde viene tu vocación por la escritura?
Yo leo mucho. De un modo voraz, y desde muy chica. Puedo leer ocho libros al mismo tiempo. La literatura siempre fue un refugio para mí. De chica me aislaba en la lectura, un poco por el contexto en el que me crié, un contexto difícil. Hay una película que salió ahora que nos grafica muy a los que nos criamos en los 90 y tuvimos una adolescencia muy dura en el 2000: La Virgen de la Tosquera.
Te sentiste representada.
Muy. El tema del remis por dos pesos, y que el remisero haga lo que se le canta, y te pasee por donde se le canta porque le pagaste esos dos pesos, es muy de los 2000, del ámbito de conurbano. No quiero tampoco que suene peyorativa, porque también pasa en otros lados.
Yo me crié Monte Chingolo, Lanús. Mis padres trabajaban todo el día y pasaba mucho tiempo con mi abuela. De mi mamá tomé la lectura, porque era docente, y de mi papá, el gusto por la música. Yo me aislaba, íbamos a algún lado, me agarraba un libro y me aislaba, y ahí empecé a darme cuenta que también podía poner en palabras lo que me pasaba, lo que sentía, y mi forma de vincularme con la soledad. Hay mucho en el libro sobre la soledad.
Y también sobre el silencio.
El silencio es para mí una búsqueda permanente. Lo necesito. Siento que de ahí salen cosas muy ricas.
Hoy es muy difícil porque estamos híper estimulados, especialmente con los celulares.
Sí, totalmente.
¿Lees poesía?
No soy una gran lectora, lo aclaro, pero cada vez que necesito salir un poco de la maraña de la narrativa, del ensayo, me meto un poco ahí. Es como si me pusiese a escuchar un disco, un descanso, y ahí me di cuenta que el género me iba a servir también por esto musical que tiene. El libro lo escribí, lo curé, lo trabajé con un poeta correntino que me ayudó a pensar un poco en el formato, y lo cerré con Mario Castells; a mi editor, Federico, le dije que había laburado mucho material relativo a mi intimidad, para no quedar tan expuesta, y que no quería eso se tocase mucho, y Fede lo respetó. Nido de Vacas es una editorial bárbara.
¿Ya presentaste el libro?
Todavía no. Oficialmente lo voy a hacer el 25/5 en la biblioteca F. Ameghinoy, en Lanús, y el 13/6 en la librería La Libre, en San Telmo, para habitar de ese modo el margen entre la PBA y la Comuna 4.
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Julieta mezcla los géneros, y utiliza la palabra “insolente” para definirse a sí misma en su vínculo con la literatura. Cruza el cine con la narrativa, la música y la fotografía, y se ríe cuando recuerda que su madre le citaba el refrán que dice que el que mucho abarca, poco aprieta. “Me gusta pensar en el estilo de Rosario Bléfari, que se cagaba en todo, mezclaba todo, y creó una estética propia”, dice durante la entrevista.
Y en el cierre de la charla, Julieta cuenta que practica boxeo en un gimnasio de La Boca. Está contenta, no solo por el cuidado de su cuerpo, sino también porque le hace bien a la cabeza, y adelanta que “mi próximo libro, justamente, tiene mucho que ver con el boxeo”. Aclara también que el texto “no es de poesía, sino un cruce entre el ensayo, la crónica y la biografía”.
El protagonista es un boxeador olvidado. Injustamente olvidado. Ella no da el nombre, pero sí una pista: este año se cumplen cien años de su nacimiento.
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