Política Internacionales

Cuando el imperio tropieza

La derrota legislativa de Trump expone los límites de una hegemonía en retroceso y abre un nuevo escenario para América Latina. Entre el avance de un orden multipolar, el protagonismo de Brasil y el alineamiento de Milei con Washington, la crisis del centro plantea una oportunidad para recuperar autonomía. Pero el tropiezo del imperio no alcanza: la construcción de una alternativa regional sigue siendo una tarea propia.

6 de Noviembre de 2026

Por Víctor Sudamérica


I. El desgaste del hegemón

La noche del súper martes fue de esas jornadas que va a costar sacarnos de la cabeza a aquellos que nos gusta la política internacional.

Consideramos que las elecciones legislativas estadounidenses no encajarían con una lectura de crónica menor y rápida, a las apresuradas, dado que se trata de un sistema complejo. Lo que sí nadie discute es que expresan y orientan el estado de la hegemonía mundial, hacia a donde va el imperio, y que apuntan a conocer la médula de las decisiones mundiales: de lo particular a lo general, la capacidad de un poder central para ordenar su frente interno y, desde allí, proyectar su voluntad sobre el resto del sistema, opresión imperial.

La derrota de Donald Trump en las urnas, que le cuesta el control del Congreso, es un síntoma de esa hegemonía agrietada, es la exposición del pato rengo.

Las consecuencias institucionales son inmediatas. Perder la mayoría legislativa significa, para la administración, enfrentar dos años de fiscalización parlamentaria, de revisión de sus bravuconadas. Así, surgirán las comisiones de investigación, bloqueos presupuestarios, hasta un posible juicio político. El Ejecutivo que había gobernado por decreto, presión y amenaza encontrará ahora un límite en el único ámbito donde la dinámica del poder estadounidense todavía conserva contrapesos formales. No se trata de una parálisis total, pero sí de un cambio en la correlación de fuerzas internas que acota el margen de iniciativa de la Casa Blanca. Sin lugar a dudas, Trump será supervisado por varios ojos.

¿Qué explica el resultado? Dos órdenes de factores que se alimentan entre sí. El primero es externo. La política exterior de Trump, que prometía resultados rápidos mediante la fuerza o la coerción, se empantanó. A diferencia de su primera gestión, Trump pisó el acelerador a pleno y esto tuvo un correlato electoral. El conflicto en Medio Oriente, con Irán en el centro, se volvió prolongado y costoso, y en Ucrania no se obtuvieron los resultados anunciados, sus idas y vueltas comerciales con China, sus titubeos con otros líderes mundiales y la presión latinoamericana. El segundo es doméstico. El aumento del costo de vida y la inflación golpearon los bolsillos de los hogares estadounidenses, y la ciudadanía asoció ambos fenómenos: los recursos que absorbe la proyección bélica no regresan en bienestar. Allí está la factura electoral. La “bromita” de la guerra no le habría salido tan bien.

Tropiezo severo para el proyecto de Trump.

A ello se sumó la reacción de la comunidad latina, movilizada por el rechazo a la persecución migratoria de agencias como el ICE y por la presión del costo de vida. Un electorado que el trumpismo daba por disponible demostró capacidad de organización y de voto castigo. La política imperial, que en el exterior se ejerce como injerencia, tiene su correlato interno en la persecución de los más vulnerables, y ambas dimensiones terminaron por converger en las urnas. El imperio siempre fue fuerte con los débiles, sello de su conducta histórica.

II. Un mundo con menos capacidad de imposición

Conviene evitar el error simétrico: no estamos ante el fin del imperialismo estadounidense. Los objetivos estratégicos de Washington (control de recursos naturales, mercados y posiciones geopolíticas) son constantes que trascienden a los gobiernos. A no hacerse los rulos: sacarnos de encima la opresión dependerá de una propuesta activa y no simplemente que el imperio afloje sus clavijas en el patio trasero. La tradición de la crítica a la dependencia, desde Vivian Trías, enseñó a leer esa continuidad detrás del recambio de figuras. Lo que cambia es la capacidad de realizar esos objetivos mediante la imposición unilateral.

En ese sentido, el resultado acelera un declive relativo que ya estaba en curso. Una potencia con un frente interno dividido, con una guerra costosa en Medio Oriente y sin resultados en Europa oriental, dispone de menos instrumentos para disciplinar a aliados y adversarios. El freno a la política exterior de corte belicista no la convierte en benigna, pero sí la vuelve más cara y más difícil de sostener.

Esa pérdida de gravitación coincide con el ascenso de arreglos multipolares. Los BRICS, con todas sus tensiones internas, constituyen un espacio de coordinación entre economías que buscan diversificar sus vínculos comerciales, financieros y tecnológicos. La cooperación Sur-Sur, por su parte, ofrece alternativas materiales a la dependencia de un único centro. Cada tropiezo del hegemón amplía el atractivo de esas opciones para países que históricamente debieron desenvolverse bajo condicionamientos. La transición hacia un orden multipolar no es lineal ni está garantizada, pero la coyuntura la favorece.

III. América Latina: el repliegue de la Doctrina Monroe

En el plano hemisférico, la derrota de Trump representa un freno a la concepción de la región como 'patio trasero' y a la lógica de injerencia unilateral que reactualizó la Doctrina Monroe bajo formatos como el 'escudo de las Américas'. Quien hizo de la presión, la amenaza y la intervención instrumentos centrales de su política hacia el continente sufre ahora un límite político concreto. El caso Venezuela es el ejemplo más cruel de esta nueva lógica.

El golpe alcanza también a la red de alianzas que Washington contribuyó a tejer. La extrema derecha regional encontró en la administración Trump un respaldo internacional para sus proyectos de poder. Es el caso de José Antonio Kast en Chile y de Abelardo de la Espriella en Colombia, cuyos gobiernos inscribieron sus agendas nacionales en una sintonía directa con Washington. Sería ingenuo suponer que perderán por ello capacidad de gobierno de manera automática. 

Lo que cambia son las condiciones externas que acompañaban esos proyectos: un padrino debilitado ofrece menos protección, menos recursos y menos legitimidad. Si el centro encuentra límites para proyectar su voluntad, quedan expuestos también sus socios locales, y la periferia puede discutir relaciones de fuerza que hasta hoy parecían favorecerlos. Al fin y al cabo, lo que se evidenció también con los resultados es una derrota cultural, una forma de ver el mundo, de comprender las relaciones sociales, de entender la humanidad desde la crueldad.

El factor Brasil

En este escenario, Luiz Inácio Lula da Silva adquiere una relevancia que excede las fronteras brasileñas. Su continuidad al frente del gobierno y su reciente triunfo electoral constituyen un contrapeso político a la estrategia hemisférica de Trump. Brasil dispone de lo que pocos en la región tienen: dimensión económica, territorial y diplomática para disputar la orientación de la agenda sudamericana. Su defensa de los BRICS, de la cooperación Sur-Sur, del fortalecimiento del Mercosur y de un orden multipolar expresa una concepción que, sin plantear una ruptura con Estados Unidos, procura ampliar los márgenes de decisión propios. La autonomía que propone Lula frente al imperio, hace que Brasil sea el gran escollo en el continente.

El efecto Lula es doble.

El efecto Lula es doble. Impide que Brasil quede incorporado plenamente a la arquitectura de alineamientos que Washington buscó promover, y ofrece una referencia política y diplomática a quienes procuran preservar espacios de autonomía. Pero tampoco conviene depositar en Brasilia expectativas que corresponden al conjunto de la región. Lula deberá moverse en una América Latina fragmentada, con gobiernos de orientaciones diversas y serias dificultades para reconstruir consensos. Allí se verá si la gravitación brasileña se traduce en una política efectiva de integración. En ese marco, la reconstrucción de la coordinación regional y de ejes bilaterales como el argentino-brasileño, con la participación de liderazgos como los de Claudia Sheinbaum en México o Yamandú Orsi en Uruguay, aparece como una posibilidad real.

La Argentina: la apuesta a un aliado debilitado

El caso argentino es particularmente sensible. El alineamiento de Javier Milei con Trump no es solo una afinidad ideológica: es una apuesta geopolítica y económica, un alineamiento automático que sustituyó la definición de un interés nacional por la adhesión a un liderazgo extranjero. Toda apuesta de ese tipo comparte una fragilidad: su rendimiento depende de la fortaleza del aliado elegido. Y se la jugó fuerte por su dueño, sin lugar a dudas eso tendrá un vuelto, y posiblemente el impacto se verá el año que viene en la Argentina.

El proyecto de Milei también se derruba con el tropiezo de Trump.

Esa fragilidad se agrava por la situación interna. La economía argentina atraviesa dificultades productivas, caída del consumo y tensiones sociales, y el calendario político ya mira hacia las presidenciales de 2027. En ese contexto, el debilitamiento de Trump agrega vulnerabilidad externa a un gobierno que ya enfrenta presiones domésticas. La pérdida de respaldo de su principal referencia internacional no determina el resultado de la disputa política argentina (esa se dirimirá aquí, en la capacidad de las fuerzas sociales y políticas de ofrecer una alternativa), pero altera el escenario en el que Milei deberá defender su programa. Un gobierno que subordinó su política exterior a la de un tercero descubre que, cuando ese tercero tropieza, no tiene plan propio al que recurrir.

IV. Conclusión: del respiro a la conquista

La conclusión analítica es doble. Primero, que la crisis del centro abre una ventana de oportunidad: cuando el verdugo tropieza, la periferia respira. Segundo, y es lo decisivo, que un respiro no es una conquista. Ésta hay que construirla y deberá crecer desde el pie. La autonomía no vendrá de la debilidad ajena. Los intereses estratégicos de Estados Unidos sobre los recursos, los mercados y las posiciones de influencia de América Latina seguirán vigentes, más allá de quién ocupe la Casa Blanca; cambiar de figuras en Washington no modifica esa estructura.

De modo que la cuestión no es esperar un favor del calendario electoral del norte, sino convertir la coyuntura en iniciativa propia.

Eso exige organización política, integración económica y soberana, y voluntad de construir un proyecto regional que recupere capacidad de decisión, los argentinos deberán construir esa alternativa y tienen historia de construcción. En síntesis, el tropiezo del centro es una condición favorable; que se transforme en autonomía duradera es una tarea de los pueblos y los gobiernos de la región.

Sigamos conectados. Recibí las notas por correo.

Suscribite a Kranear

wave

Buscador