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Cuando Stephen resucita

En las primeras horas del año nuevo, Muñiz escribió de un tirón, y en el celular, unos apuntes urgentes sobre las posibles razones que operan en la obediencia de parte del pueblo trabajador ante un gobierno despiadado, que les quita derechos, para pensar prácticas colectivas y contra hegemónicas que nos permitan dar vuelta la taba.

2 de Enero de 2026

Por Amanda Sanchez Muniz

Quentin Tarantino no filma realismo.
Filma deseo.
El otro día volví a ver Django por cuarta vez en mi vida.
Para quienes no la vieron - lo más jóvenes, quizá-, la peli (2012) no propone una justicia individualista ni un “sálvese quien pueda”. Construye una justicia social ampliada, deliberadamente excesiva, para que el orden injusto se vuelva visible. Django - interpretado por Jamie Foxx - no actúa solo por venganza personal: su figura condensa siglos de esclavitud organizada, legalizada, naturalizada.

A Django se lo ama.
Se lo ama porque hace justicia por un amor.
Una justicia que podría ser la de un país, sin la fantasía del cine.
Sin el maravilloso western de Tarantino.

No soy cinéfila.
Se muy poco de cine, pero me animo a escribir sobre dos personajes, pensando en la realidad actual y en los memes que alguna vez vi sobre esta analogía. La del negro que aborrece a los de su color y la de los laburantes de hoy que no llegan a fin de mes y creen que lloverán dólares de sus bolsillos.

Django y Stephen.
Djiango es negro como Stephen.
Pero Stepehen odia a su raza.
Mayordomo de su amo blanco, por él da la vida.
Cree que algún día será como él y, ya de entrada, se sabe que no.
Su obediencia absoluta es extremadamente inquietante.

Casi como el pobre laburante de hoy que, hasta con el pecho ensanchado,
fanfarronea y se jacta de haber votado a Milei.
Explotado por su supervisor de su propia clase, repite con él que hay que sacrificarse.
En silencio, también odia a su clase como su superior y cree que con su sometimiento podría tener casa propia, viajes y hasta ser atendido por uno de los suyos.
Lo cree.
El darwinismo de una supervivencia absurda.  

Stephen y el laburante en negro no obedecen por miedo: cuidan el sistema que lo oprime, se sienten parte del poder y se diferencia del resto.
Y Stephen ahora resucitó.
A esa especie de Stephen hay que reanimarlo.
No cagándolo a tiros.
Abriéndole los ojos.
Hablándole de sus derechos.
¿Cómo lo hacemos?

Amo y esclavo

Hegel, en su célebre dialéctica, dice algo así: el amo existe porque el esclavo lo reconoce. El esclavo organiza su identidad alrededor de esa obediencia y el reconocimiento queda capturado.
Dicho simple: no se piensa en abstracto.
Stephen no es una anomalía moral.
Es un producto social.

Hegemonía y zonceras

Antonio Gramsci llama a este mecanismo hegemonía: el poder no se sostiene solo por coerción, sino porque logra que los dominados piensen el mundo con las ideas de los dominantes.
No es solo fuerza.
Es consenso.
Es sentido común.

En Argentina, Arturo Jauretche traduce ese proceso en el Manual de zonceras argentinas: ideas falsas, repetidas hasta volverse evidentes, que llevan al pueblo a desconfiar de sí mismo, de la política, del Estado y de sus propios derechos.

Ese engranaje se interrumpe - al menos históricamente - con el peronismo.

Por primera vez, el trabajador no es más objeto de asistencia, sino un sujeto político.
Con un salario mínimo digno.
Aguinaldo (1945).
Vacaciones pagas.
Jubilaciones.
Sindicatos fuertes.
Convenios colectivos.
Acceso masivo a la salud.
A la educación.

Fenómeno de época: una trabajadora banca el modelo, por antiperonista, mientras en el fondo pares suyos saltan el molinete.


Políticas de matriz keynesiana: Estado activo, mercado interno, redistribución del ingreso.
Nada de privilegios.
Derechos consagrados.

Eso es lo que el antiperonismo histórico y el ultraliberalismo contemporáneo no toleran: la idea de que la felicidad pueda ser colectiva y no un mérito individual.

El Stephen contemporáneo podría ser el pibe de Pedidos Ya, aunque duela.
O cualquier trabajador en negro o tercerizado o explotado que banca – enceguecido – a los que lo explotan.
Sonriente y servil, cree que esa es su salida.
Cree, casi, fervorosamente, que con Milei será rico.
Y, mientras tanto, cada vez se vuelve más pobre.

Obediencia al amo.
Actualizada.
Financiada.
Una ruleta regalada, pero con el 32 (el dinero en la quiniela) roto.
Un tragamonedas.
Una promesa cripto.

En el 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx muestra cómo sectores populares pueden sostener proyectos que gobiernan contra ellos. No por ignorancia, sino por fragmentación y repetición histórica: la historia avanza entre tragedias y farsas.

Ernesto Laclau – tenía que ser argentino - pensó un presente: el populismo no es patología. Es una forma de construir pueblo cuando hay demandas insatisfechas. La disputa es quién las articula y hacia dónde.

Nada es automático.
Todo se disputa.

Django rompe ese orden con violencia ficticia.
Pero acá la realidad no se transforma odiando al precarizado que vota contra sus propios derechos.
La pregunta es otra.
No se trata de matar a nadie, eso queda para el cine.

Se trata de comprender cómo opera la obediencia.
Cómo se construye sentido común.
Y, sobre todo, cómo se desarma.

Hace días, la organización sindical logró frenar judicialmente por un día aspectos del protocolo antipiquetes.
Sin épica.
Sin espectáculo.
Con política.
Con derecho .
Con estrategia.

El Gobierno apeló y volvió a ganar.
El Poder Judicial.
El poder.
Él.

Tal vez, el desafío que deja el cierre de 2025 no sea vengarse a lo Django - aunque amemos su representación - sino en pensar en tácticas contrahegemónicas.
Aunque las apelen.
Aunque los pobres Sthepens sigan odiando la protesta social.

Quedó demostrado en nuestra historia que con organización, con barajada de cartas y lucha activa se puede demostrar que la pelea por la conquista de derechos es posible.

Tarantino dramatiza y la llena de todo lo que podría suceder en cualquier inconsciente que quiere justicia social.
No ofrece programas políticos, ni soluciones reales.
Construye una escena ética:
El mundo puede romperse.
La injusticia no es natural.
Nunca un destino.

Un desafío: pensar más estrategias, sobre todo, para revertir ese “sentido común” impuesto desde lo más alto con la ayuda de los monstruos tecnológicos desregulados.

Salud, Argentina.
Salud, pueblo.

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