Militancia Peronismo

Primero la Patria

Un militante popular de Lanús reflexiona sobre los desafíos que tiene hoy la militancia peronista, con Cristina proscripta y secuestrada en San José 1111, y Milei haciendo estragos desde la Casa Rosada.

18 de Febrero de 2026

Por Agustín Garay (*)

En la Argentina, cada vez que un proyecto popular logró consolidarse fue porque hubo organización política real. Y cada vez que se intentó desarticularlo, el primer blanco fue la militancia.

Hay generaciones que fueron perseguidas por organizarse. Hay generaciones que volvieron a creer cuando parecía que la política era mala palabra.

No es nostalgia, es una advertencia histórica.

Cuando un militante se forma y se organiza, incomoda. Incomoda hacia afuera, porque cuestiona privilegios. Pero muchas veces también incomoda hacia adentro: porque el militante que estudia, que discute y que exige coherencia suele ser tildado de inorgánico, de rebelde o de marginal.

Durante años intentaron (y en muchos casos lograron) convencer de que la militancia era exageración, que el compromiso era fanatismo y que lo más inteligente era administrar lo posible sin discutir lo estructural. Vaciar la política de conflicto fue una estrategia deliberada: transformar la organización en marketing y la doctrina en eslogan.

Juan Domingo Perón marcó el rumbo con una definición que todavía interpela: “Cuando una juventud sabe morir por sus ideales, es que ha aprendido todo lo que debe saber una juventud.”

No es una invitación a la muerte. Es una definición de convicción histórica. Sin compromiso profundo no hay proyecto que resista. Sin formación política no hay conducción que alcance. Sin organización no hay transformación posible.

Décadas después, Néstor y Cristina retomaron ese rumbo en un contexto distinto, cuando el sistema político había fracasado y todo parecía reducido a gestión técnica y la resignación de nuestro pueblo. Devolvieron centralidad al conflicto político, recuperaron la idea de que el Estado puede ser herramienta de transformación y no simple administrador del ajuste, y dejaron una enseñanza concreta: sin cuadros formados y sin organización real no hay proyecto que sobreviva al paso del tiempo.

La militancia de ayer, con Perón.

Hoy, sin embargo, asistimos a una disputa más sutil. Hay quienes usan sus nombres, sus banderas y fotos para acumular votos, pero evitan la discusión de fondo. Se apropian de la identidad, pero eluden la responsabilidad histórica que esa identidad implica.

Mientras Cristina es condenada por el poder real (en un proceso atravesado por irregularidades, sincronizado con los tiempos electorales y celebrado por los mismos sectores que históricamente resistieron cualquier ampliación de derechos) queda expuesta una verdad incómoda: en la Argentina, cuando un proyecto popular desafía intereses estructurales, la respuesta no es solo política, es judicial y mediática.

No se trata de una discusión técnica. Se trata de disciplinamiento. Se trata de marcar límites. Se trata de enviar un mensaje a toda una generación política: hasta acá pueden avanzar.

Y frente a eso aparecen dos actitudes igual de funcionales al poder concentrado: quienes aprovechan la condena para despegarse y construir perfil propio, y quienes la usan como consigna vacía sin asumir la responsabilidad de organizar y disputar en serio.

Porque cuando el conflicto se reduce a una consigna y no a una estrategia, el poder real no retrocede: avanza.

Alguna vez Máximo Kirchner señaló que cuando cantamos “unidos triunfaremos” no lo hacemos para la comodidad de nadie, sino para que reine en nuestro pueblo el amor y la igualdad. No es unidos para ganar elecciones; es unidos para mejorarle la vida a nuestra gente.

Ahí está la diferencia entre proyecto y vanidad.

La discusión no es quién habla más fuerte ni quién aparece primero. La discusión es quién está dispuesto a construir en serio.

Porque cuando la política se transforma en puesta en escena, el proyecto queda vacío. Y cuando el proyecto queda vacío, nuestro pueblo sufre.

La militancia de hoy, con Cristina.

Organizar debe volver a ser el centro. El protagonismo debe ser del proyecto colectivo, no de los nombres propios. Nos toca ordenar, formar y trabajar. Con humildad, con doctrina y con responsabilidad histórica.

La historia no necesita más ruido. Necesita militantes que entiendan que organizar es más importante que figurar. Que sepan que la construcción colectiva vale más que cualquier vanidad individual.

Y que, como nos enseñó Hebe poniendo el cuerpo, la verdadera revolución política empieza cuando somos capaces de pensar en el otro más que en nosotros mismos.

(*) Militante del Centro Comunitario Diego Maradona de Lanús, PBA.

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