Política

El gato al cuidado de las sardinas, el caso de la Cancillería (¿Argentina?)

Pablo Quirno es el tercer canciller del gobierno argentino, y su padrino político es el ministro de Economía Luis Caputo. Un hombre de JP Morgan, que fue funcionario durante el gobierno de Macri y cuya designación representa una subordinación explícita de la política exterior de nuestro país a los intereses de los mercados y del capital transnacional.

6 de Febrero de 2026

Por Víctor Sudamérica


Vale decir que nosotros habíamos vivido, en política internacional, respondiendo a las medidas que tomaban los otros con referencia a nosotros, pero sin tener jamás una propia que nos pudiese conducir”.


Juan Domingo Perón, 1946


¿De dónde venimos?

Pablo Quirno asumió como ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, el 28 de octubre de 2025. Su designación se produjo en reemplazo de Gerardo Werthein, quien había presentado su renuncia días antes de las elecciones legislativas. El desplazamiento de este último no fue producto de un despido directo por parte del presidente, sino de una decisión propia tomada en el marco de tensiones internas y de un giro estratégico del gobierno, cada vez más replegado sobre los Estados Unidos.

Vale mencionar que Quirno es el tercer canciller designado por el actual gobierno, un dato no menor si se tiene en cuenta que se trata de un cargo clave para la política exterior y que evidencia una marcada inestabilidad institucional. Quirno llega apadrinado por el Ministerio de Economía, encabezado por Luis “Toto” Caputo, de quien es hombre de extrema confianza.

Un hombre de las finanzas

Pablo Quirno nació el 24 de agosto de 1966 en la ciudad de Buenos Aires. Es economista y funcionario, con una extensa trayectoria en el sector de las finanzas internacionales.

Se formó en Ciencias Económicas en The Wharton School de la Universidad de Pensilvania, una de las escuelas de negocios más prestigiosas de Estados Unidos, caracterizada por una fuerte orientación al libre mercado y la especialización en finanzas globales.

Su carrera profesional comenzó en el sector financiero privado, más precisamente en JP Morgan, donde prestó servicios durante más de una década. En esa institución, históricamente tan “preocupada por el destino argentino”, fue director para América Latina y miembro del Regional Management Committee, asesorando a gobiernos y empresas en fusiones y adquisiciones, reestructuraciones corporativas y procesos de privatización.

En 2005 fundó y dirigió Samson Capital Advisors, otra firma de asesoramiento financiero con sede en Estados Unidos.

Para rastrear su ingreso a la actividad pública hay que retroceder a 2016, cuando, durante el gobierno de Mauricio Macri, se desempeñó en el Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas, más precisamente en la Coordinación General de la Secretaría de Finanzas, bajo la gestión de Alfonso Prat-Gay. Allí estrechó su vínculo con Luis “Toto” Caputo, con quien ya había compartido experiencia en JP Morgan.

En 2017 fue jefe de Gabinete del Ministerio de Finanzas, y participó activamente en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI), ancla del endeudamiento que condiciona al país desde 2018. Desde ese lugar también impulsó esquemas de Participación Público-Privada (PPP).
En 2018 integró, aunque por un breve período, el directorio del Banco Central de la República Argentina, en medio de una profunda crisis económica que comenzaba a sellar la suerte del macrismo.

Subordinación y pulgares arriba.

Tras regresar al sector privado en 2019, su retorno a la función pública se produjo a fines de 2023, ya bajo el gobierno de Javier Milei, cuando asumió como Secretario de Finanzas de la Nación. Desde ese cargo jugó un rol destacado en la relación con los mercados internacionales y en la negociación de acuerdos financieros, ganándose reconocimiento dentro del círculo íntimo del libertarismo.

En octubre de 2025 fue designado Ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, consolidando así la inserción de un perfil netamente financiero al frente de la diplomacia argentina. En este nuevo rol, su agenda inicial se orientó fuertemente a la atracción de inversiones, gestión que hasta el momento no ha logrado los resultados prometidos, pese a contar con un andamiaje jurídico-legislativo —hijo de la Ley Bases— especialmente favorable para este tipo de iniciativas. Asimismo, desde su espacio promueve la profundización de los vínculos con Estados Unidos, donde seguramente capitalizará los contactos de su vieja agenda vinculada a JP Morgan.

De esta afinidad con el imperio del norte se desprende el reciente acuerdo comercial entre Argentina y los EE.UU, bajo la excusa de una “integración al mundo”. Del acuerdo se desprende que Estados Unidos eliminará los aranceles recíprocos sobre alrededor de 1.675 productos argentinos y que Argentina eliminará o reducirá barreras comerciales y aranceles sobre más de 200 categorías de productos estadounidenses (como maquinaria, productos químicos y dispositivos médicos). Si uno observa esta relación, Argentina debilitará su aparato productivo de valor agregado para fortalecer una reprimarización de la estructura económica. Dicho de otro modo, este acuerdo profundiza una lógica históricamente regresiva para la industria nacional y con esto un impacto en el desempleo y en la distribución de la riqueza. Bajo el ropaje de la liberalización y la eliminación de barreras, el acuerdo consolida una relación profundamente asimétrica entre una economía industrial, diversificada y subsidiada como la norteamericana, y un país periférico con una estructura productiva frágil y dependiente que se profundiza por la impronta libertaria.

Volviendo a nuestro personaje, nos encontramos, así, frente a un perfil formado en escuelas de negocios norteamericanas, con cercanía orgánica a los sectores financieros internacionales, que no se sonroja al empujar a la Cancillería hacia una subordinación explícita de la política exterior a los intereses de los mercados y del capital transnacional.

Política internacional y endeudamiento

Nadie puede negar que este gobierno sostiene, desde lo discursivo, claras inclinaciones geopolíticas. Quirno es un representante fiel de esa línea, marcando un rumbo diplomático que sigue la sombra de los gestos presidenciales. Además del apoyo irrestricto a Estados Unidos en prácticamente todos los foros internacionales, se observan gestos y declaraciones en favor de posiciones estratégicas del Estado de Israel en Medio Oriente.

Bajo la conducción de Quirno se desplazó a un cónsul en Siria por interactuar con publicaciones críticas del Estado israelí, una acción interpretada como un gesto de alineamiento pro-Israel o de sensibilidad hacia la comunidad judía organizada, a la que Quirno parece interpelar políticamente. Paralelamente, el canciller profundizó vínculos con organizaciones como la DAIA, destacó la sede argentina de la IHRA (Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto) en 2026 y promovió la planificación del traslado de la embajada argentina en Israel a Jerusalén, un gesto simbólico y profundamente polémico en el contexto del genocidio contra el pueblo palestino.

Todo esto ocurre mientras el país atraviesa un escenario económico adverso, marcado por la necesidad de afrontar fuertes vencimientos de deuda con organismos multilaterales e internacionales. Recordemos que esta misma semana el presidente Javier Milei ratificó que el Gobierno planea pagar los intereses de la deuda mediante la liquidación de activos del Estado, una estrategia que incluye la venta o concesión de empresas públicas e inmuebles estatales.

Este plan ya se expresa en operaciones concretas: el Ejecutivo inició el año con la obtención de alrededor de 700 millones de dólares por la privatización del control de varios complejos hidroeléctricos del Comahue. Asimismo, el Estado busca desprenderse de participaciones en empresas como AySA o Belgrano Cargas, subastar más de 150 inmuebles públicos y avanzar con la privatización de unidades de negocio de Enarsa o la concesión de Corredores Viales, entre otras medidas. En varios de estos activos, empresas vinculadas al Estado de Israel ya han posado su mirada.

Es hoy, es mañana.

Asistimos a una combinación de política exterior definida por alineamientos estratégicos plenamente occidentales y dependientes, que se traduce en una política económica basada en la liquidación de bienes del Estado para cerrar brechas fiscales y cumplir compromisos financieros. En criollo: ajuste sobre el ajuste.

Esto nos permite reflexionar sobre la intersección entre decisiones diplomáticas de alto impacto y medidas económicas de fuerte contenido estructural, desnudando el destino de la soberanía, la autonomía de las políticas públicas y los costos sociales de este rumbo.

En este sentido, hablar de “diplomacia” equivale a desnudar la infraestructura del dominio económico. La Cancillería aparece como un engranaje más del sistema de dependencia, encargada de naturalizar la subordinación. Un gobierno que se sienta a la mesa de los poderosos a negociar desde la derrota convierte los acuerdos en actos de obediencia. Cuando la política exterior queda exclusivamente en manos de técnicos, se diluye toda perspectiva nacional.

Así, la Cancillería se transforma en un espacio capturado por una tecnocracia formada en JP Morgan, que favorece los negocios financieros del imperialismo mientras neutraliza la representación de lo nacional. En este escenario internacional, la política exterior se piensa como búsqueda de aplauso externo, se exacerban datos irreales y se prometen nuevos saqueos, todo fusionado en una agenda comunicacional basada en la posverdad: recurso discursivo indispensable para ocultar la entrega colonial.

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