Fotos: Rubén Sotera
Robin Hood criollo. Juan Moreira del siglo XX. Bandido justiciero que se convirtió en leyenda. Santo pagano. Las aventuras de Juan Vairoleto admiten diversas apreciaciones. Perseguido por las instituciones, idolatrado por los más necesitados. Frente a las fuerzas hegemónicas, el forajido rural y cuatrero supo alzarse. Una figura que, a pesar de su historial criminal, se ha convertido en un símbolo de resistencia y justicia popular en la Argentina.
Juan Carlos Gené, destacado dramaturgo, director, actor y pedagogo argentino, dedicó parte del último tramo de su labor a explorar tan atractivo personaje histórico, capaz de generar admiración y debate en partes iguales. Gené escribió esta pieza poco antes de morir, conformando su trabajo póstumo, llevado a escena bajo la dirección de Carlos Di Pasquo y Fernando Martín.
Los días domingos, en Patio de Actores, se presenta una puesta intensa, inquietante, perturbadora. Sobre el escenario, Juan Manuel Correa se coloca en la piel de Vairoleto, y al destacado intérprete lo acompañan un grupo de excelentes actores: Fernando Martín, Manuel Martín, Luis Cuervo Lento, Fernando Fernández, Gabriel Galíndez, Carlos González Richard, Luciano Guglielmino, Leandro Morcillo y Federico Navajas. Un preciso trabajo escenográfico y de iluminación sostiene el tono alegórico del montaje, mientras un médium oficia de intermediario entre el público y las distintas voces que van construyendo el relato, desde sus respectivos puntos de vista.
Vairoleto, segundo de seis hermanos, se rigió por sus propias reglas. Robaba a grandes estancieros para subsistir. Su lema era ayudar a otros y desafiar la ley. Bailarín sagaz, ejecutaba planes con picardía y eficacia. Realidad de ficción, pero realidad al fin. Astuto ladrón de boliche, matón de comité, también anarquista, cabalgó las pampas en búsqueda de delinquir. Sus andanzas que se transmiten, de generación en generación, cuentan crímenes que, injustamente, se le atribuyen. A quien algunos tienen por asesino, otros llaman el padre de los pobres; el imaginario suele confundir. Su buena fama se la ganó de pueblo en pueblo, ayudando siempre que pudo. Múltiples conjeturas se tejen a su alrededor.
La obra se presenta en el Patio de actores.
La obra nos sitúa en las instancias culmines de su intento de captura. Vairoleto siempre encontraba la forma de escabullirse de su persecutor y así burlar a las autoridades. Curiosamente, dibujaba a tiros sus iniciales sobre las paredes. Pero su suerte parecía estar acabándose. Un implacable, temerario, despliegue policial buscaba finalizar la tarea que comenzó veinte años atrás. Tras un rastro de baratijas y dinero, las autoridades se lanzaron a su caza. Los intérpretes sobre el escenario narran los pormenores de una cacería descarnada, que cobra forma de relato truculento. La poesía de Gené es poderosa, y una atmósfera ominosa, fantasmal, recrea escenas de auténtico infierno y balacera. Con las primeras luces del amanecer, en aquella fatídica mañana, vestido de blanco, Vairoleto se había vuelto un blanco fácil. Cansado de huir, no lo atraparían. Al menos, no vivo.
Solo él decidiría sobre su destino: la huida arribaría a su desenlace, pero en los propios términos del protagonista. Acribillado a balazos. Abatido por múltiples impactos. Perforado, desangrado, desfigurado por sus captores. Eso contaría la leyenda. Sin embargo, insuficiente para acallar el mito: un impacto primario, auto infligido, fue lo que bastó. Una vez más se había salido con la suya.
En “Juan Vairoleto”, el buen olfato de Correa para elegir papeles de peso, de grandes autores teatrales, vuelve a quedar en evidencia. Luego de Abelardo Castillo, Samuel Eichelbaum y Johann Wolfgang von Goethe, entre otros dentro de una prolífica trayectoria, ahora es el turno de Gené. Quien con su pluma dibuja el contorno de un bandido anarquista que muestra un último instante de fragilidad. Quien entrelaza recuerdos de su padre, inmigrante piamontés para hurgar en lo más recóndito de la conciencia. Gigante y pequeño a la vez, la humanidad de Vairoleto se reduce al decisivo instante en que elige proteger aquello que más ama. Después de muerto, por su sacrificio, será adorado. Un altar de balas y flores se erigirá a su memoria.
El pueblo elige a sus santos y sus héroes, y esto por siempre causará estupor en los círculos de poder. Rumores de santidad rondaron sobre su figura. Miles de pobladores llevaron ofrendas a su tumba. El pueblo de Alvear fue quien lo enterrara y llorara. Cada 14 de septiembre, se renueva el ritual, en multitudinarias procesiones. Manifestaciones populares incontrolables, imparables, de esas que incomodan a las fuerzas del orden. ¿Quiénes pueden creer que es posible, sino los perseguidos, los golpeados, los postergados? Los que no han sido invitados y los fuera de la ley. Los hambrientos de siempre, los que hurgan en la basura. Nada más actual y pertinente que habitar el país del silencio.
Este mayúsculo ejercicio de teatro tiene el poder de trasladarnos en el tiempo, casi un siglo atrás. Salimos de la sala transformados y recordamos aquel comienzo, cuando fuimos invitados a participar de su ceremonia de despedida y nos fuera convidado, tal y como dictan las costumbres, un sorbo de caña para beber en honor a una leyenda que no hace más que agigantarse. Su historia, hecha mito trascendental, sigue perpetuándose.
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