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La aparición de E.H.

El escritor y abogado Demián Konfino publica un relato de ficción que una relación estremecedora con una realidad que sigue teniendo vigencia para el pueblo argentino: el genocidio del 76.

Por Demian Konfino

Que sí, que no. Que sí, que no. La tensión y los gritos fueron en aumento. También los reproches y los insultos. La aparición los había puesto en una disyuntiva impensada minutos antes. Acercarse y comprometerse o disparar una huida deshonrosa pero, acaso, conveniente. No lograban un punto de acuerdo, mientras la embarcación derivaba junto a la corriente del río Luján.

Es que habían disfrutado un domingo de diciembre pleno. El río había estado manso. Rodolfo había mantenido el timón a raya como en sus mejores días. Los porrones de cerveza y el quesito habían colaborado a distender su rictus. Ramirito se había portado de maravillas, intentando mil acrobacias en su contacto con las aguas marrones. Y Mónica había disfrutado de la lectura y había logrado el dorado de su piel con un solazo por demás generoso.

Se preparaban para disfrutar los rosados y los azules del atardecer. Ya sabían que, por la hora, tendrían bastante tráfico de lanchas a la altura del Tigre hotel. Pero estaban listos para no dejarse arrebatar la dicha de una jornada pletórica. Mónica y Ramiro cantaron, rieron y jugaron al veo veo.

Intentando adivinar qué cosa maravillosa de color violeta había visto Ramiro, fue Mónica quien, de pronto, divisó el paquete a lo lejos y se sobresaltó. En un revoleo de ojos, atrás de sus lentes negros, notó que algo flotaba. Algo de envergadura. Tal vez un tronco. Alzó las patillas y agenció las gafas como vincha, sobre su rubia cabellera. No sabía que era. Sí, estaba claro, era algo grande. Algo del tamaño de un cuerpo humano.

Mónica se lo enseñó a Rodolfo y le pidió que se acercara. No muy convencido, pero para no aguar el crepúsculo dominguero, Rodolfo resolvió hacerle caso. Solo se desviaban apenas. Midió la distancia con las otras lanchas y giró levemente hacia la ribera del hotel.

Lo que parecía una aterradora fantasía, comenzó a ser una inquietante certeza. Un cuerpo humano. Mutilado, maltratado, maltrecho. Desnudo. Real. El pasmo fue inmediato. Después fue el grito y el temblor. Ramiro era el más afectado. Aunque también Mónica permanecía en shock.

La cara estaba desfigurada. Pero, no cabían dudas, era una mujer. Transcurridos unos segundos, y mientras algunos curiosos elegían acelerar sus lanchas para salir de la escena, Rodolfo sintió el reflejo de imitarlos. Mónica, en cambio, comenzó a pedir ayuda. Al grito de “¡Hay un cuerpo!” o “¡Hay una muerta!” y “¡Llamen a Prefectura!”.

Ya a pocos metros del cuerpo, Mónica intentó identificar algún rasgo distintivo. Era muy difícil. Pelo negro, grueso y bastante corto para ser mujer. La piel debía ser blanca, aunque el tiempo de descomposición y los golpes oscilaban los violetas, amarillos y verdosos.

Rodolfo comenzó a acelerar. Mónica, de pronto, se espabiló y corrió hacia él para frenarlo.

–No nos podemos ir así.

–¿Qué decís Mónica? Ya ves, lo gritaste a los cuatro vientos y nadie te dio pelota. ¿Qué somos los hijos de la pavota?

–No me interesan los otros. Nos tocó a nosotros, Rodolfo. Podría ser tu hijo. O tu hermana. O tu mamá. ¿Sabés toda la gente que la debe estar buscando?

–Pero, Mónica, con las cosas que pasan, la mina esta habrá estado metida en la joda. Nosotros no tenemos nada que ver. Nos vamos a meter en un quilombo.

Que sí, que no. Que sí. Mónica convenció, finalmente, a Rodolfo para que se acercaran al puesto de Prefectura. Ella bajaría para dar aviso e identificar la zona del hallazgo. 

Un agente de bigote reglamentario y mirada hosca escuchó a Mónica, casi sin pestañear. No registró nada ni pronunció palabra hasta que Mónica hubo finalizar su relato nervioso y, por tanto, atolondrado. El Principal Cardozo –Mónica había logrado leer su seña identificatoria en el bordado de la camisa beige a la altura del corazón– giró sobre su eje y se perdió detrás de una mampara, sin emitir sonido alguno.

Al cabo de diez minutos volvió con un gesto aún más adusto. Se allegó hasta la puerta del puesto, abrió y, antes de salir ordenó, sin dignarse a mirarla:

–Acompáñeme, señora.

Caminaron hasta la vera del río y Cardozo señaló con el índice la lancha de Prefectura más cercana. Mónica subió y esperó. Cardozo se mantuvo en tierra hasta que divisó a un compañero acercándose desde el puesto. Recién en ese instante, accedió a la embarcación y encendió el motor. Ya con el otro prefecto en la lancha, aceleraron.

Mónica giró y encontró con su mirada a Ramiro y a un Rodolfo demasiado serio, estoicos en la costa. Ella estiró su palma derecha con los dedos rectos hacia el cielo y ambos devolvieron el gesto.

Cuando se acercaban al Tigre hotel, Cardozo le preguntó por el hallazgo. Mónica miró hacia donde recordaba. Entrecerró los ojos y alcanzó a visualizar el sauce llorón que había fijado mentalmente como referencia. Y sí, unos metros más abajo yacía el cuerpo. Estiró su brazo derecho y señaló.

Cuando la embarcación se acercaba, los dos prefectos se miraron entre sí y, con una seña imperceptible, decidieron enfundar sus manos en unos guantes negros de goma que traía en un bolsito beige el otro prefecto, Cabo segundo Lara. Al llegar a un metro del cuerpo, Cardozo apagó el motor y Lara hundió el ancla.

Mónica los vio maniobrar con los tejidos resbaladizos. Los oyó maldecir. Notó el esfuerzo por alzar esa anatomía escurridiza. Estuvo a punto de ofrecer su estéril auxilio, pero el miedo y el escozor la forzó a permanecer sentada sobre la tabla de madera blanca de la lancha, con las dos manos sudorosas apoyadas sobre sus rodillas.

Finalmente, lograron levantar el cuerpo y lo arrojaron sin cuidados periciales hacia el centro de la embarcación. Mónica no pudo evitar mirar sus pechos. Ahogando el grito, boquiabierta, casi sin respirar, recorrió con sus ojos ese organismo maltrecho. Estaba a punto de correr la mirada cuando un brillo la sorprendió. En la mano izquierda de la mujer, un metal maniatado devolvía el fulgor de las primeras luces de la costa.

Acercó un poco el cuello para mirar el anillo de más cerca. La lancha, mientras tanto, se acercaba hacia el puesto. Parecía un anillo de oro macizo. La nobleza del metal contrastaba demasiado con el violáceo de sus dedos hinchados. Mónica, en un rapto de lucidez, entendió que el anillo portaba las iniciales de la víctima.

–E hache –dijo.

Los prefectos giraron y miraron a Mónica. Ella señaló el anillo e insistió con las iniciales que había leído. E.H.

En el puesto le tomaron los datos y pudo retirarse cuando el inicio del verano ya era noche. En el Torino, camino a la casa, alcanzó a comentar con Rodolfo lo del anillo y volvió a escuchar su reproche. La segunda vocal y la única letra muda del alfabeto les sonaba de algún lado. “Pobrecita”, repetía ella, como un mantra, para intentar no pensar en eso mientras Ramiro dormía con placidez.

Esa noche a ambos les costó dormir por diferentes motivos. Uno temía. La otra penaba. En los días sucesivos intentaron tomar distancia del suceso, retornando a sus rutinas con bastante éxito. De hecho, planificaron y concretaron sus clásicas vacaciones en el departamento de Mar del Plata, la primera quincena de enero.

Sin embargo, cuando en la mañana del doce de enero del setenta y nueve, el matrimonio compró el Clarín en el quiosco de chapa naranja de la rambla y leyó el título “Fue hallada muerta la diplomática secuestrada”, el terror se apoderó de sus días. El nombre que comenzaba con “E” y el apellido que hacía lo propio con la “H”, era primera plana de todos los diarios. Se habían metido en un quilombo de dimensiones desconocidas. Ahora lo comprendían a cabalidad.

Lo que desconocían era que el crimen era una interna de la propia dictadura que había asesinado a una de las suyas por diferencias en el proyecto político entre los diferentes componentes civiles y militares que gobernaban con ferocidad la Argentina.

La noticia forzó a la familia a adelantar el regreso desde la costa atlántica. Primero había sido Rodolfo. Ahora ya eran los dos. Estaban perseguidos e inseguros. Necesitaban volver.

Ambos comenzaron a sentirse amenazados ante cada patrullero que cruzaban, ante cada sirena que tronaba, ante cada frenada destemplada en las madrugadas estivales. Miraban para todos lados cuando salían a la calle. Creían que los escuchaban cuando hablaban por el teléfono celeste del living.

Al poco tiempo, un juez convocó a Mónica a declarar como testigo. No pudo evitar pensar que Rodolfo tenía razón, no debieron haberse metido. Se habían involucrado en una jodida. Y esa noche, pesadilla o realidad, en la que sintió que forzaban su puerta, el terror fue certeza.

author: Demián Konfino

Demián Konfino

Es escritor, profesor de Derechos Humanos y abogado. Autor de los libros “Tupacamaria”, “Villa 31”, “Patria villera” con prólogo de Osvaldo Bayer, “La mala”, “Operativo Mataderos” y “Sin pétalos”. Organizador y jurado del primer concurso de cuentos del Quilmes Atlético Club y compilador y prologuista del libro “Quilmes A Contar”.

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