Peronismo León XIV en la Argentina

Nadie se salva solo

La agenda de León XIV en la Argentina habla sola: empieza su gira con personas con discapacidad y la finaliza con personas privadas de su libertad. La importancia geopolítica del documento que traerá debajo del brazo: la encíclica social Magnifica Humanitas. La herencia del Papa Francisco y Comunidad Organizada de Juan Perón.

7 de Noviembre de 2026

Por Jorge Meneses 

El domingo 8 de noviembre, a las 16.30, el avión que trae a León XIV desde Montevideo aterrizará en Aeroparque. Tres días después partirá de Ezeiza hacia Lima. En el medio habrá un homenaje a San Martín, una reunión en la Casa Rosada, misas en Palermo, Córdoba y Luján, una visita al Cottolengo Don Orione de Claypole, otra al penal de Devoto y un encuentro en la UCA con trabajadores, sindicalistas, empresarios y movimientos sociales. La agenda ya es un mensaje: el Papa eligió empezar su primer día completo en el país entre personas con discapacidad y despedirse visitando a los presos.

Es la primera vez en casi cuatro décadas que un pontífice pisa la Argentina. Francisco, el Papa argentino, nunca volvió. León XIV viene a hacer lo que su antecesor no pudo hacer, y lo hace con un documento bajo el brazo que conviene leer con atención: Magnifica Humanitas, la encíclica social que firmó el 15 de mayo, en el año en que se cumplen 135 años de Rerum novarum. No es una elección casual. León XIII escribió aquella carta ante la 'cuestión obrera' de la revolución industrial. León XIV escribe ante la revolución digital, la inteligencia artificial y una concentración de riqueza y poder que no tiene antecedentes.

Lo que dice la encíclica

Magnifica Humanitas no es un texto de sacristía, habla de economía con una franqueza que en la Argentina de hoy suena casi a provocación. Dice que 'el desarrollo es humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes'. Dice que la riqueza mundial creció, pero que 'su concentración en pocas manos ha aumentado'. Retoma una frase de Francisco: 'pocos tienen demasiado y demasiados tienen poco, esta es la lógica de hoy'.

Y va más allá. León reclama 'sistemas fiscales que alivien la carga sobre los más débiles y exijan más a quienes disponen de mayores recursos'. Afirma que 'ya no es posible confiar únicamente en la 'mano invisible' del mercado'. Sostiene que 'una sociedad justa requiere un Estado presente' y desarma, con una sola oración, la teoría del derrame: en lugar de esperar los beneficios de un crecimiento que 'al final' llegará también a los pobres, escribe el Papa, 'se necesitan decisiones que hagan que el crecimiento sea inclusivo desde el principio'.

La agenda de León XIV habla por sí sola.

Los números le dan la razón. Según el último informe de Oxfam, publicado en enero, el número de milmillonarios superó por primera vez los 3.000 y su riqueza conjunta llegó a 16,1 billones de dólares. Las doce personas más ricas del planeta tienen más que la mitad más pobre de la humanidad: más de 4.000 millones de personas.

La encíclica nombra también el corazón del problema: 'Es necesario abandonar una visión del hombre individualista y técnica, como si la realidad fuera solamente materia para modelar con base en intereses egoístas'. Es difícil no leer ahí una crítica a la cultura de los nuevos dueños del mundo, los que sueñan con colonizar Marte o vivir para siempre mientras, como dice el texto, en otras partes 'aún faltan equipos esenciales para salvar millones de vidas humanas'.

El texto describe sin vueltas la nueva forma de ese poder. El control de las plataformas, los datos y la capacidad de cálculo, advierte, ya no está en manos de los Estados sino de 'grandes actores económicos y tecnológicos'. Y agrega: 'Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público'. Por eso pide 'desenmascarar' esa asimetría y nombrar 'los nuevos monopolios de la IA'. Los megamillonarios de hoy no solo acumulan dinero: deciden qué vemos, qué se dice y quién queda afuera de la conversación pública.

La herencia de Francisco

León XIV no inventa nada de cero, y lo dice. Su encíclica se apoya de manera explícita en las dos grandes cartas sociales de Francisco.

En Laudato si' (2015), Bergoglio había mostrado que la crisis ambiental y la crisis social son una sola. Su idea de ecología integral obligaba a escuchar 'tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres'. A su vez, denunciaba el paradigma tecnocrático que, según recuerda ahora León XIV, deja 'que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas'. Esa lógica, agrega, termina por establecer 'qué cuenta y qué puede descartarse'.

La figura de Francisco sobrevolará toda la visita de León XIV.

Ahí aparece la palabra clave del pontificado argentino. Francisco habló de una 'cultura del descarte': una sociedad que trata a las personas como objetos de usar y tirar. El jubilado que no llega a fin de mes, el pibe que no consigue trabajo, el enfermo que no rinde, el migrante que sobra. El descarte no es un accidente del sistema. Es su manera de funcionar cuando el único criterio es la rentabilidad.

En Fratelli tutti (2020), escrita en plena pandemia, Francisco llevó esa intuición a la política. Frente a la 'globalización individualista' propuso la amistad social, una 'mejor política' orientada al bien común y un mundo que garantice 'tierra, techo y trabajo para todos'. Y dejó una frase que la pandemia volvió evidente: 'nadie se salva solo'. León XIV la recoge en su capítulo sobre la solidaridad, que define como 'el reconocimiento concreto de que el destino de cada uno está ligado al destino de todos'. Y pide aprender, otra vez con palabras de Francisco, a 'pensar y actuar en términos de comunidad'.

Una idea con raíces argentinas

Para un lector argentino, nada de esto es extraño. En abril de 1949, en el cierre del Primer Congreso Nacional de Filosofía, en Mendoza, Juan Domingo Perón presentó ante pensadores de todo el mundo una conferencia que se conocería como La Comunidad Organizada. Es uno de los textos más ambiciosos que haya producido un presidente argentino, y conviene recordarlo ahora, cuando la palabra 'comunidad' parece pasada de moda.

La tesis de Perón era sencilla de enunciar y difícil de practicar. El mundo de la posguerra ofrecía dos caminos equivocados. Uno era el individualismo sin ética, que en nombre de la libertad dejaba a cada persona librada a su suerte y entregaba la sociedad al poder de unas minorías egoístas. El otro era el colectivismo que disolvía a la persona en el Estado y la convertía en una pieza más de una maquinaria, lo que Perón llamaba con una imagen brutal la 'insectificación' del hombre. Contra los dos, propuso una tercera posición: una comunidad donde el individuo no desaparece, sino que se realiza junto a los otros. La persona sólo alcanza su plenitud en una comunidad que también la alcanza.

La palabra de Juan Perón.

Perón no hablaba de caridad. Hablaba de organización. Una comunidad que se construye desde abajo, por el equilibrio y no por la imposición, donde cada uno tiene algo que aportar al bien general. Esa visión se tradujo en la Constitución de 1949, que estableció la función social de la propiedad y puso al capital al servicio del bienestar del pueblo. 

Por eso la coincidencia no es forzada. Cuando León XIV dice que el desarrollo es humano si pone en el centro a las personas y no la acumulación, está diciendo lo que el peronismo llamó justicia social. Cuando Francisco escribe que nadie se salva solo, repite la intuición central de la comunidad organizada. Son dos tradiciones que beben de la misma copa y que, en la Argentina, se cruzaron muchas veces: en las fábricas, en las parroquias de los barrios, con los curas villeros, en los movimientos populares que Francisco convocó en el Vaticano, a las organizaciones políticas, a los comedores populares, en las escuelas, en las universidades.

El Papa y el presidente

La visita llega en un momento incómodo para el Gobierno. Javier Milei no esconde su visión del mundo. En agosto de 2023, como candidato, definió la justicia social como una 'aberración' y, ante empresarios del Consejo de las Américas, como 'robarle a alguien para darle a otro'. En declaraciones que se viralizaron ese mismo año, llamó a Francisco 'el representante del maligno en la tierra'. Después, ya presidente, cambió el tono hacia Bergoglio, pero su programa no cambió: un Estado que se retira, un mercado que decide quién merece y quién sobra, una idea de la libertad que empieza y termina en el individuo.

Magnifica Humanitas dice lo contrario en casi todos los puntos. Para la encíclica, la justicia social 'es una forma concreta de seguimiento de Jesús y de fidelidad a su Evangelio'. Para el presidente, es un robo. El Papa advierte contra 'una libertad económica proclamada sólo de palabra, mientras que las condiciones reales impiden que muchos se beneficien realmente de ella'. El Gobierno hizo de la palabra libertad su marca.

Para los hermanos Milei la justicia social es una aberración.

No se trata de convertir la visita en un acto partidario. León XIV vendrá a hablarle a todo el pueblo argentino, y su autoridad nace justamente de no ser parte de ninguna interna. Pero sería una forma de hipocresía recibirlo con honores en la Casa Rosada y, al día siguiente, seguir gobernando contra cada una de las ideas que defiende. Cuando el Papa se siente el lunes en la UCA con sindicalistas, empresarios y referentes de los movimientos sociales, estará poniendo en escena la mesa que el Gobierno se niega a armar: la de una comunidad que discute su destino en conjunto.

Volver al nosotros

La crisis que describe la encíclica es económica y es cultural. Nos convencieron de que cada uno tiene que arreglárselas solo, de que el que no llega es porque no se esforzó, de que el otro es un competidor o una amenaza. Las redes premian el insulto y aíslan. El trabajo se fragmenta en aplicaciones. Las plazas se vacían y las pantallas se llenan. El individualismo dejó de ser una ideología para convertirse en una forma de vida.

Frente a eso, la palabra humanismo recupera su peso. No como nostalgia, sino como programa. Defender la dignidad de cada persona por encima del rendimiento. Poner límites a la acumulación sin medida, que no es éxito sino una forma de despojo. Reconstruir los lazos que el descarte rompió: el club, la parroquia, el sindicato, la cooperativa, la sociedad de fomento, el comedor del barrio. Todo eso que en la Argentina nunca dejó de existir, aunque desde el poder actual, se lo desprecie.

León XIV llega a un país que conoce bien estas palabras porque las pronunció antes. Francisco las llevó a Roma y las hizo universales. Ahora vuelven, en boca de un Papa nacido en Chicago que fue obispo en Chiclayo, en el norte del Perú, y que aprendió en América Latina lo que significa la opción por los pobres.

La pregunta que deja la visita no es religiosa. Es política, en el sentido más noble. ¿Vamos a seguir aceptando que unos pocos acumulen lo que a millones les falta? ¿O vamos a volver a organizarnos como comunidad? Francisco lo dijo en Fratelli tutti y León XIV lo repite en su encíclica. En Argentina, hace más de setenta años, otro lo pensó con otras palabras: nadie se salva solo.

Sigamos conectados. Recibí las notas por correo.

Suscribite a Kranear

wave

Buscador