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Peregrinar

Con el marco de la 52 edición de la tradicional Peregrinación a Luján, el escritor quilmeño Demián Konfino aborda, con un relato de ficción, asuntos intangibles y trascendentales como la fe y la concreción de los milagros.

Me tomo un taxi en Buenos Aires. Una carcasa con sus amarillos y negros parejos que se niega a extinguir, en tiempos de posmodernidad y aplicaciones. Subo con la angustia en la mano. Voy al hospital. Papá está internado y lucha por su vida, con desventaja. Una enfermedad neurológica lo ha deteriorado demasiado. El ropero omnipotente del pasado es apenas una semilla que requiere auxilio de dos personas para incorporarse. Al menos, sigue procesando la escucha activa, aunque el habla tampoco sea hoy su fuerte.

Anoche se desvaneció en el baño de su casa y hoy los médicos están analizando si amerita intervenirlo en su estado.

El taxista me recibe con una sonrisa cordial y un comentario sobre el clima lluvioso y el tiempo loco. Busco sus ojos a través del espejo retrovisor y encuentro, antes, un rosario celeste que me escruta.

El sábado también va a llover, me dice. Pobre la gente que va a Luján, agrega. Tengo arreglado un viaje para traer a un grupo de amigas a la vuelta de la procesión, completa.

Le auguro que va a hacer un buen billete con ese viaje. Asiente. Van a tener los pies a la miseria sus caminantes, le digo. Bastante, dice y atesora el silencio por unos segundos.

Yo hice la peregrinación, hace muchos años, dice de pronto. Busca mi atención y la comprueba. Se anima y se larga con su historia. La de un barrio humilde que conoció el milagro y pagó su promesa.

Julito, uno de los amigos de la barra con los que paraba, una noche aciaga se prendió fuego. Contó la madre que, con el braserito de garrafa cortada, solían calentarse lindo en las noches del frío conurbano. El problema fue que esa noche ya no quedaba leña. A Julito se le ocurrió encender con carbón para darle el gusto a la viejita. Nunca supo que los gases tóxicos emanados lo iban a tumbar. Julito se desmayó y cayó tieso sobre el fogonero. Los pelos ardieron antes que la cara perdiera su fisonomía y dejara adivinar el blanco del hueso.

Su madre, que ya se encontraba descansando, al sentir el olor piel chamuscada se alertó y llegó a la escena en un grito. Su parálisis cesó recién cuando don Demetrio, el vecino borracho, acudió al llamado en cuestión de segundos.

Y he aquí el primer milagro, dice mi taxista. Don Demetrio solía estar doblado por los efectos del vino de caja. Ese día, estaba más fresco que la brisa de la mañana. Y algo más, agrega mi conductor. Su Siam Di Tella destartalado nunca arrancaba, sin antes acariciarlo, darle arranque, dejarlo toser y, finalmente, empujarlo durante un par de cuadras. Esa noche, el faro de una era de la industria nacional se había convertido en un Toyota Corolla y trasladó a Julito al hospital de Pacheco con una diligencia que nunca había mostrado ni nunca volvió a hacerlo.

Julito peleó por su vida durante un año. Nueve meses estuvo en coma. Le reconstruyeron los tejidos, le hicieron injertos. Lo rehabilitaron. Y al cabo de dos años salió del instituto del quemado caminando. No estaba para jugarse un picadito en el potrero de la cortada contra el clásico, los pibes de Las Tunas. Tampoco podía subirse al tren hasta Bragado para tirar la caña, comer unos pescados a la parri y tomar unos tintos. Pero estaba vivo y podía volver a empezar.

La barra, mi taxista entre ellos, había prometido ante el altar de la virgen de Caacupé de la madre de Julito que, si el nene se recuperaba, irían caminando hasta Luján en la siguiente procesión.

Y así fue que, con la noticia del alta, empezaron a planear la caminata. Julito, desde ya, no iba a poder acompañarlos. Pero estaría junto a ellos en cada paso, en cada carcajada, en cada gota de sudor, en cada copa empinada, en cada bocado magullado, en cada chamamé bailado y en cada sapucay.

Porque sí, armaron de la caminata una celebración. Un amigo llevó la damajuana de Domingo Hermanos de cinco litros en su mochila. Otro, el carbón. Otro metió unas tiras de asado y unos chorizos. Otro guardó los hierros y los ladrillos para improvisar una parri. Otro se ocupó de las lonas para tirarse un rato. Otro se encargó de los vasos, el encendedor y los utensilios. Y el último, cargó un radiograbador.

Salieron a la tarde del sábado por la 197 hasta la ruta 7. En el camino fueron encontrando cientos, miles, de jóvenes como ellos que iban a pagar una deuda, a efectuar una promesa o, simplemente a hacer la experiencia de un rito popular único. Todos los rostros reflejaban lo mismo. Que la alegría no se dejara vencer por la amargura.

La lluvia los alcanzó en General Rodríguez y ahí frenaron, a descansar y hacer el asado. En los fondos de una quinta naranjera, consiguieron fruta y buena leña para hacer el fuego. Guarecidos debajo de un eucalipto prendieron mecha y armaron ese ritual tan nuestro que es el asado. La vida era una sola y había que festejarla.

Fue un milagro, me dice, a modo de conclusión, cuando el viaje se acerca a su fin. Diviso la mole hospitalaria a doscientos metros. Pienso en la religiosidad popular y el inmenso santoral pagano. Pienso en la fe. Y en los modos que tenemos los seres humanos de aferrarnos a la vida. Pero no pienso solo en dios y el misterio sobre su existencia. Pienso en la amistad. Invoco ese lazo invisible que llevó a esos amigos a festejar, con chamamé, asado y vino, en las postrimerías de Luján, el retorno a este plano de un hermano. Pienso, finalmente, en ese modo tan argentino de seguir creyendo en el ser humano. Quizás eso sea, antes que todo, peregrinar.

Bajo del taxi con la decisión de escribir estas líneas. Encomio que la historia de Julito inspire a la providencia y le regale al viejo algunos lindos ratos más. Imploro a alguno de los dioses que papá pueda seguir sonriendo con algún recuerdo anhelado en una cancha, en un camping o en el mar y que podamos seguir compartiendo unos mates mientras tarareamos canciones de Sui Generis. Aunque sea algunos años más.

Camino unos metros y me meto en el hospital, entre gente deshecha. Todavía no sé que la doctora que va a atender a mi papá se llamará Milagros. Y quién te dice, en una de esas, se nos da.

author: Demián Konfino

Demián Konfino

Es escritor, profesor de Derechos Humanos y abogado. Autor de los libros “Tupacamaria”, “Villa 31”, “Patria villera” con prólogo de Osvaldo Bayer, “La mala”, “Operativo Mataderos” y “Sin pétalos”. Organizador y jurado del primer concurso de cuentos del Quilmes Atlético Club y compilador y prologuista del libro “Quilmes A Contar”.

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