Militancia Peronismo

“Primera ley vigente, libertad a los combatientes”

La asunción de Héctor Cámpora, el 25 de Mayo de 1973, representa uno de los puntos más altos de la épica del peronismo. Significó un triunfo electoral, pero en especial, político, gracias a Juan Perón pero también a una juventud que se había organizado por la vuelta del General y la recuperación de un gobierno popular a favor del pueblo y los intereses nacionales. Roberto Baschetti escribe una crónica de una jornada inolvidable.

Fotos: Archivo Baschetti

Eran las 6 de la mañana de un día que iba a ser histórico: el 25 de mayo de 1973.

Con otros compañeros estábamos en el límite de Capital y Provincia, sobre Avenida Rivadavia, esperando a la gente que debía venir del oeste suburbano para sumarnos a ellos y converger todos juntos hacia la Plaza.

Realmente estaba muy cansado pero feliz a la vez. Cansado porque hacía ya quince días que estaba durmiendo a un promedio de cuatro horas diarias debido a la organización de ese acto que nos desvelaba a todos. Feliz porque no solo iba a ser testigo de un hecho histórico como era la asunción de un presidente peronista luego de 18 años de Resistencia, sino porque también podía decirle desde mi corazón a muchos compañeros que ya no estaban (Valle, Cogorno, Ibazeta,Vallese, Bevilacqua, Abal Medina, Ramus, Pujadas, entre tantos otros) que sus sacrificios, que sus vidas no habían sido entregadas en vano y que estábamos todos juntos, nosotros aquí, ellos desde el más allá,  para hacer realidad la Patria Justa, Libre y Soberana de Perón y Evita.

Ese día, más que nunca, confirmé algo que la izquierda dogmática en particular y el progresismo ilustrado en general oculta: que el peronismo fue la primera batalla que el pueblo le ganó a la oligarquía en este país en 1946, y ahora nosotros íbamos coronar con éxito otra batalla trascendental que ya había sido la consigna central de las elecciones ganadas el último 11 de marzo: cuando decíamos “Cámpora al Gobierno, Perón al poder”. 

En camiones, chatas, autos y bicicletas siempre a puro bocinazo y con las banderas desplegadas al viento hicimos el camino hacia la Casa Rosada. Dejamos los vehículos en el Bajo, en la zona portuaria de Retiro y nos fuimos caminando hacia nuestro objetivo.

La ciudad estaba tomada por el pueblo. En cada esquina el bombo o los redoblantes agrupaba detrás de alguna bandera a los diversos grupos que se organizaban.

La gente de barrio con sus unidades básicas ya de por sí eran un espectáculo; allí iban todos juntos: los cuarentones del bar de la esquina que muchas veces ayudaban con la logística de las pintadas zonales, junto a los viejos resistentes; las mujeres con sus termos y sanguchitos -porque la jornada iba a ser larga- se desplazaban orgullosas al lado de sus hijos y nietos, que con vinchas argentinas hacían con sus manitos pequeñas  la “V” de la victoria; la murga improvisada (“Lanusse gorilón, rajá de la Rosada que es la casa de Perón”) daba color y espectáculo, al lado de los pibes de la J.P. que abrían camino al conjunto, al grito de “Juventud presente, Perón, Perón o Muerte”.

Los pibes de la Facultad con sus centros de estudiantes mostraban el orgullo de ser peronistas; venían de la clase media y se estaban proletarizando quizá sin saberlo; inclusive muchos de ellos luego de marzo del ´76 darían la vida por la causa nacional y popular.

Los villeros de caras aindiadas y curtidas, sumamente felices, mostraban sus dentaduras desparejas cuando se reían, porque sentían en lo más íntimo de su ser, que ese era el día tan esperado, ese día tantas veces soñado: volvía el peronismo, volvía la alegría, volvía la justicia social.

Los estudiantes secundarios marchaban alborotados al lugar de encuentro, también ellos –sobre todo los del turno noche- habían peleado duro por el retorno de Perón: de día trabajaban, a la tardecita si quedaba tiempo estudiaban, por la noche iban a clase y a la madrugada militaban.

Los sindicatos obreros también llevaron disciplinadamente a miles de sus afiliados. Tenían pergaminos de sobra para mostrar desde la recuperación de los sindicatos en manos gorilas en el ’57 para adelante.

A mediodía la Plaza de Mayo estaba repleta. En el centro de la misma, inmensos cartelones de las organizaciones armadas peronistas daban su presente y permitían inferir que eran mayoría. La Juventud Peronista se hizo cargo del orden. Primero sacó de la zona a la policía que con su sola presencia irritaba a los presentes. Luego combatió a piedra y puño limpio contra la Infantería de Marina de Guerra apostada detrás de la Casa de Gobierno que con bayoneta calada en la boca de sus fusiles pretendía avanzar sobre el lugar. Los uniformados debieron retirarse vencidos.

Una vez dueños del lugar y la situación, los muchachos peronistas no solo garantizaron el orden popular, sino que se dieron el lujo de determinar quiénes eran dignos de estar presentes en el traspaso de mando presidencial. Un coche oficial que transportaba a un militar de alto rango fue abollado a patadas en tanto que su chofer y el transportado huían despavoridos; otro que llevaba a la jerarquía eclesiástica –cómplice de la dictadura militar- fue obligado a pegar la vuelta; las delegaciones de Cuba y Chile encabezadas por Raúl Dorticós y Salvador Allende respectivamente fueron llevadas casi en andas y entre vítores hasta adentro del recinto.

Estaba previsto un desfile militar. Fue imposible de realizar. Los soldados fueron inmovilizados por un pueblo activo que se interpuso en su camino. Muchos perdieron los cascos de guerra que portaban como manera de imponer respeto. Algún oficial recibió una patada en el culo. Los tanques fueron tomados por asalto por jóvenes peronistas que escribieron en ellos sus consignas guerreras en aerosol; desde el mítico “Perón Vuelve” hasta “FAP, FAR y Montoneros son nuestros compañeros”.

En la Plaza la euforia y la alegría iban en aumento e hicieron eclosión cuando el “Tío” Cámpora, ya presidente de los argentinos, hizo uso de la palabra. El dictador Lanusse, como De la Rúa 28 años después, debió huir en helicóptero para eludir la repulsa popular. Lo acompañó un grito enorme y unánime del gentío alborozado: “Se van, se van y nunca volverán”.

Para entonces, sentí una emoción enorme y muy difícil de explicar. Pasaron por mi mente como un relámpago los 18 años de lucha que el pueblo peronista y su clase trabajadora llevaron adelante para hacer realidad ese momento, e imaginé todas las que tuvimos que pasar para poder imponer nuestra voluntad soberana: el robo del cadáver de Evita por la siniestra “Revolución Libertadora”; el decreto Ley 4.161 que prohibía al peronismo; los fusilamientos de junio del ‘56 a obreros y militares peronistas; los caños y pintadas de la Resistencia al dictador de turno que quería imponer la recesión y el hambre, es decir, los planes de la oligarquía, el imperialismo y el F.M.I.

Los programas revolucionarios de La Falda y Huerta Grande hechos por los propios trabajadores; ya en 1959 la huelga activa y toma del frigorífico Lisandro de la Torre por los obreros para evitar la entrega del patrimonio nacional, acción que conmociona a una inmensa barriada de Buenos Aires.

La primera y olvidada guerrilla peronista de los Uturuncos en el norte argentino allá por 1960; las persecuciones y humillaciones a la clase trabajadora llevadas adelante por el maquiavélico Frondizi a través de su Plan Conintes; las elecciones a gobernador ganadas por el “Negro” Framini, peronista de ley en 1962 y que son anuladas de un sablazo; en ese mismo año el secuestro y desaparición del compañero Felipe Vallese, delegado gremial metalúrgico y militante de la J.P.; dos años más tarde, en 1964, cuando se lleva adelante una experiencia fundamental de la clase trabajadora: el Plan de Lucha de la CGT: 3.913.000 trabajadores (el 75,4% del total de los asalariados) ocupan 11.000 establecimientos fabriles pidiendo mejoras en sus condiciones económicas y el regreso de Perón a la Patria.

Ya en la dictadura de Onganía, la creación de la combativa C.G.T. de los Argentinos, la aparición de las Fuerzas Armadas Peronistas en Taco Ralo, el surgimiento de Montoneros y la muerte del fusilador Aramburu.

Con legítimo orgullo podía decir entonces que el pueblo peronista había triunfado desde su rebeldía indomable, siguiendo la estrategia de Perón que era su conductor natural y haciendo realidad esa frase testamentaria de Evita: “Yo sé, que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”.

Luego de tantas emociones vividas y en tanto me retiraba de la Plaza ya anocheciendo, pensaba que lindo iba a ser dormir en mi cama unas 12 horas seguidas para recuperar horas de sueño y volver a estar descansado. El único sueño fue pensar que podía hacer eso. Gran parte de la muchedumbre se encolumnó detrás de una gran bandera que decía: “25 de mayo de 1973. Gobierno Popular. Primera ley vigente, libertad a los combatientes”. Iban a la cárcel a liberar a los presos políticos. Hacia allí fuimos......

(Nota publicada en mayo de 2004 en el número 2 de la Revista De Frente, de Rosario)

author: Roberto Baschetti

Roberto Baschetti

Sociólogo, historiador, investigador. Autor de más de 50 libros sobre el peronismo revolucionario. Socio fundador de la editorial Jirones de mi vida.

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