Un regalo para H.I.J.O.S.
Un pibe de catorce años, con el pelo ensortijado, de pie, apoyado contra una columna, pregunta: En caso de que tengas hijos, ¿con qué palabras les contaste tu historia? Muy buena pregunta, eh, le reconocí, y los dos segundos que me tomó pensar la respuesta se convirtieron en un silencio espeso que sobrevoló en el aula atiborrada de adolescentes de tercero, cuarto y quinto año. Supongo que con las mismas palabras que a ustedes, respondí, no muy convencido.
La charla, pautada entre el colegio y la agrupación H.I.J.O.S. a principio de marzo, con motivo de los cincuenta años del golpe genocida de 1976, se enmarcaba en el trabajo que venía realizando la docente de Ciencias Sociales. Yo estaba solo –porque eran muchas las charlas y había que repartirse y garantizar la mayor cantidad posible de coberturas-, y tuve que apelar al “testimonio”, figura que entre los hijos e hijas se utiliza para referirse a nuestra historia trágica –aunque colectiva-, porque nunca falla: los oyentes, en este caso pibes y pibas entre catorce y diecisiete años, abren los ojos como dos platos, prestan atención, y hasta se sensibilizan con nuestra historia, y con uno, que sos carne y sos hueso, ahí sentado frente a ellos, en su aula, en su patio, en su escuela, en su segunda casa.
Este año, la convocatoria de parte de los docentes y directivos a H.I.J.O.S., creció de manera exponencial, por el peso que tienen los cincuenta años, por el negacionismo explícito del gobierno, y también por el hastío que hay con los hermanos Milei y sus socios, y entonces desde la agrupación convocaron a sumar fuerzas, ya que tal como pasó en el tiempo de impunidad de la década del 90, se tornó necesario ir a los establecimientos educativos, junto a los docentes, a hablar del 24 de marzo, el genocidio, los desaparecidos, la identidad y el Nunca Más.
En algunos casos, el colegio entero participó de la charla.
Alguno fue ayer a la Plaza de Mayo, le pregunté a los pibes. Media docena levantaron las manos. Y acá a dos cuadras hubo gente todo el día, ¿no?, tiré. Sí, confirmaron un par. La escuela secundaria queda sobre la avenida San Juan, en Constitución, y a doscientos metros se erige el edificio de tres pisos de estilo francés en el que está recluida Cristina: San José 1111. Miles habían pasado por ahí el día anterior, antes y/o después de marchar a la plaza y sus alrededores, para saludarla, agradecerle –entre otros logros, lo relativo a las políticas de derechos humanos-, a exigir su libertad.
En las charlas, con los chicos, hablamos de las consecuencias del golpe de Estado: interrupción por la fuerza de un gobierno democrático, violación de todo tipo de derechos, persecución política, implementación de un programa económico en beneficio de una minoría y un plan de exterminio de una generación que hacía política en los barrios, los lugares de trabajo, los espacios de la cultura. Si todo ese repaso se tornaba pesado, abstracto, íbamos al hueso: las fuerzas armadas secuestraban, torturaban, asesinaban y desaparecían gente, en unos centros clandestinos de detención, y aparte le robaban los bebés a las madres y también los bienes a sus familias.
En los encuentros que me tocó encabezar, ningún pibe o piba contradijo o tensionó mi relato con alguna posición o frase hecha que en este tiempo encontró fisuras para hacerse escuchar, pero sí le sucedió a alguno de mis compañeros. Por ejemplo, alguno puso en duda la cifra de los 30 mil. Entonces se expusieron las explicaciones y argumentos, una vez más, y lo mismo se hará todas las que hagan falta.
Sí me pasó, en una escuela de Pompeya, a la que van chicos y chicas del Barrio Ricciardelli, ex Villa 1.11.14, que el director, un tipo muy comprometido con la historia y el presente de la educación pública, y en consecuencia, del país, mientras esperábamos en el patio que los pibes se sumasen a la charla, contó que muchas de sus familias apelaban al narcomenudeo, en el barrio, para poder comer cuatro veces al día. ¿Cómo se interpela a esos pibes de diez, once, doce años, con tanto derecho vulnerado, con una historia que nos sumergió en la oscuridad y el dolor, hace cincuenta años?
Al despedir al director, una hora y media después, re confirmé la respuesta: con la escuela, y sus docentes, pilares indispensables para formar ciudadanos y buenas personas. Con su palabra, su ejemplo, su contención, más los contenidos del programa oficial, que abordan el 24 de marzo desde distintas perspectivas, pero partiendo siempre de los pilares de la Verdad, la Memoria y la Justicia y el ejemplo de lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Nosotros, con H.I.J.O.S., vamos a reforzar esa tarea, a fortalecerla, y ahí es donde el testimonio personal abrocha la historia, la hace carne con nuestra presencia, nuestras palabras, e incluso, en mi caso, con visibles emociones que se me trababan en la garganta.
El trabajo de las escuelas es vital para ejercer la memoria.
Cómo te enteraste que tu papá fue asesinado, me preguntó uno de los pibes, quien había trabajado en clase, junto a sus compañeros, en la previa de la charla (me habían investigado en internet). Les conté que aquella noche del 15 de noviembre de 1976, junto a quien sería mi padre adoptivo, me contaron los hechos –se los puede buscar en internet como Operativo Riglos-, y que mi reacción –defensiva- fue quedarme dormido. Estaba jugando con un autito en el piso de parquet del living, y sin haber emitido una sola palabra, cabeceé, y me dormí hasta el mediodía del día siguiente.
A los pocos días, por las noches, empecé a hacerme pis en la cama, y también empecé a sufrir ataques de asma, les conté a los pibes. Por algún lado tenía que fugarse la angustia, ¿no?, compartí con ellos, que me observaban con esa mirada atónita que uno expresa ante el dolor ajeno.
Un hecho que se repitió en todas las visitas fue que los pibes y las pibas nos hicieron regalos. Cuadros, afiches, pañuelos, pines, remeras, fotos y cartas escritas a mano, en las que los alumnos nos desean buena salud y más lucha. Y mucho agradecimiento, que se expresó en besos, abrazos y fotos colectivas. Incluso, en un par de escuelas con identidad política bien marcada: cánticos y brazos levantados.

En otro de los colegios hubo contexto para contar que la agrupación, al tiempo de haberse conformado, decidió que uno de sus lineamos centrales fuese la reivindicación de la lucha de nuestros padres; o sea: la elección, ahora propia, como generación, de sus proyectos políticos. En mi caso, y en de la mayoría, del peronismo revolucionario. Entonces, cuando Néstor y Cristina avanzaron con su política de derechos humanos, a un nivel inesperado, enloquecimos de emoción y agradecimiento. Y al poco tiempo, entendimos que el proyecto político del kirchnerismo se asemejaba mucho, aún con el salto temporal, con el de nuestros padres. Y entonces nos lanzamos a militar ese proyecto. Y ahí seguimos.
Eso también lo conté en una de las escuelas, donde hubo, repito, contexto, y clima.
En unos días vamos a juntarnos a comer un asado en la casa de alguno de los hijos, y allí repasaremos la larga cantidad de anécdotas que dejó el recorrido y la visita de unas cincuenta escuelas, colegios, parroquias, radios, centros culturales, unidades básicas y hasta un par de instituto de menores. En el grupo de Watsap circulan las fotos y los videos, y la emoción nos invade a cada rato. En el medio, la agrupación le puso el cuerpo a la organización del acto central, con el resto de los organismos, por el 24 de marzo, frente a una multitudinaria enorme concentración de pueblo.
Todavía faltan algunas charlas, incluso en abril y mayo, pero entiendo que la tarea está hecha: la memoria sigue viva, y los pibes y pibas, junto a sus docentes, seguirán construyendo su futuro en un país que, más temprano que tarde, volverá a ser grande, con posibilidades para las mayorías, como lo desearon –y vaya que le pusieron el cuerpo-, nuestros padres.

Junto a mi hermano Ricardo, recibimos un reconocimiento de parte de la escuela y los pibes.
Sigamos conectados. Recibí las notas por correo.