Una reparación simbólica
18 de Julio de 2026
Por Víctor Sudamérica
La cancha como el único escenario de simetría
En la noche del 15 de julio, bajo las luces del Mercedes-Benz Stadium de Atlanta sucedió algo que ningún tratado de libre comercio, ninguna cumbre del Fondo Monetario Internacional y ningún canje de deuda le permitieron jamás a la Argentina: como en el 86 o en el 98 nos medimos de igual a igual con el Imperio y lo derrotamos.
Inglaterra se había adelantado con el gol de Anthony Gordon a los 55 minutos, todo parecía indicar que ganarían los europeos. Pero a los 85 minutos un zurdazo de Enzo Fernández, nacido de una jugada conducida por Lionel Messi, devolvió la ilusión; y en el descuento, a los 90, Lautaro Martínez, tras centro de Lionel Messi, cabeceó la épica que consagró a la Selección finalista por segunda vez consecutiva. Dos a uno. Argentina, otra vez la selección, ponía al imperio de rodillas, generando así una de las alegrías más importantes para el sufrido pueblo argentino.
Nada de esto sería más que una anécdota deportiva si no fuera porque la cancha, ese rectángulo a priori aséptico y meramente deportivo, es para un país periférico, endeudado y con parte de su territorio bajo ocupación extranjera desde hace casi dos siglos, el único escenario donde la asimetría estructural se suspende. A lo largo de la historia el imperio tuvo como misión profundizar la dependencia en materia económica y política; pero en la cancha, en cambio, once contra once la situación es diferente. Por noventa minutos el periférico puede poner las cosas en su lugar.
Así la banda de sonido de la Scaloneta que escuchamos hasta gastar el hit, no fue solamente un cancionero futbolero. Cuando Lisandro Martínez, Giovani Lo Celso y Cristian Romero desplegaron una bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas», y el defensor del Manchester United resumió el sentimiento colectivo con una frase escueta: “no podíamos fallarle al pueblo argentino”, no estaban improvisando un gesto solitario. Estaban conectando con una memoria que se transmite de generación en generación: la de un pueblo que perdió una guerra en 1982 pero nunca resignó el reclamo de soberanía sobre las islas. En él se condensa nacionalidad, sentimiento y pertenencia, querer desconocer ese reclamo posiciona a quienes lo intentan en la vereda del imperio.
Ahí está la asimetría de sentidos: para el inglés, aquello fue un cruce de fair play, una anécdota más de rivalidad deportiva, alimentada por declaraciones de viejas glorias como Joe Cole o Wayne Rooney en la previa.
Los hinchas le bajaron la bandera a los jugadores.
Para el argentino, en cambio, fue un acto de justicia poética e histórica, la reparación simbólica de una humillación que el tiempo no cicatriza porque la herida, la ocupación de las islas, la usurpación del territorio, sigue abierta. El fútbol es el escenario que puede poner en tensión este sentimiento y detrás él un genio que deambula eternamente entre nosotros, Diego Armando Maradona. El folclore popular entendió, una vez más, lo que la diplomacia tarda décadas en verbalizar: que no hay partido inocente entre el Centro y la Periferia. Que todo encuentro Argentina e Inglaterra es político.
Que dirían Scalabrini Ortiz y Jorge Abelardo Ramos
Para entender por qué noventa minutos de fútbol pueden cargar semejante peso simbólico, hace falta recurrir a quienes mejor supieron desentrañar la lógica profunda de la dependencia argentina. Raúl Scalabrini Ortiz definió al imperialismo británico del siglo XIX y comienzos del XX como «el arte de no dejarse ver»: una dominación que no necesitó, salvo en contadas ocasiones, del despliegue de tropas, porque le bastó con controlar los ferrocarriles, los frigoríficos, los seguros, la banca y el comercio exterior.

Scalabrini Ortiz.
La Argentina agroexportadora se construyó, según esta lectura, «en abanico»: una estructura productiva y territorial que converge toda hacia el puerto de Buenos Aires, mirando hacia ultramar y de espaldas a su propio interior productivo. Ese diseño no fue casual ni espontáneo: respondió a los intereses de una potencia que necesitaba materias primas baratas y un mercado cautivo para sus manufacturas, y que encontró en las élites locales a sus mejores administradores. Eso sí, para que este se construya hubo apoyo interno, la oligarquía.
Jorge Abelardo Ramos, llevó el análisis a escala continental. Para el fundador de la izquierda nacional, la Argentina y toda Latinoamérica nace y se desarrolla en tensión permanente con la geopolítica anglosajona, cuyo objetivo estratégico fue siempre balcanizar el continente: fragmentar la Patria Grande soñada por San Martín y Bolívar en un archipiélago de pequeñas repúblicas agroexportadoras, rivales entre sí, incapaces de negociar en bloque frente a la metrópoli. Cada frontera dibujada en el siglo XIX, cada guerra fratricida entre naciones hermanas, lleva la huella de esa ingeniería imperial.
Bajo este prisma, el partido de Atlanta deja de ser un simple cruce de camisetas celestes y blancas contra camisetas blancas. Es la reedición simbólica de la pulseada entre la semicolonia y la metrópoli, entre la nación que busca afirmarse y la potencia que aun disminuida respecto de su apogeo victoriano sigue administrando territorio ajeno a más de catorce mil kilómetros de sus propias costas.
No es casual que la rivalidad futbolística entre ambos países haya estado, desde 1966 hasta hoy, permanentemente atravesada por la política: la persistencia de la causa Malvinas en las tribunas no es folclore vacío, es la continuidad de una conciencia histórica que no puede ser bloqueada bajo la consigna es un “partido más”.

Abelardo Ramos.
De esta caracterización, claro está, comprendemos al técnico de la selección que debe ser formal y correcto. Como sabemos, una cosa es la oralidad pero este plantel es materialidad y hay que definirlo por su praxis, y en la cancha demostró que no era un partido más.
La injerencia británica en el Río de la Plata: de 1806 a la actualidad
La codicia británica sobre el Río de la Plata no nació en 1982 ni en 2026: tiene casi dos siglos y medio de continuidad. Conviene distinguir, para no caer en la simplificación, dos planos de esa injerencia.
En el plano directo, militar y territorial, la lista es larga y conocida, pero vale la pena repasarla.
Todo comienza con las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, cuando tropas británicas ocuparon Buenos Aires en un intento de anexión que la resistencia criolla logró repeler, para aquellos hombres y mujeres fue la invasión de los diablos rojos en la costas de Buenos Aires. Fueron los primeros intentos de una codicia que no acabaría.
En 1833 una corbeta de guerra británica desalojó por la fuerza a la guarnición argentina de las Islas Malvinas e inició una ocupación que se prolonga hasta hoy de forma ilegal, a pesar de las resoluciones de Naciones Unidas.
En 1845, Francia y Gran Bretaña unieron sus fuerzas para bloquear el Río Paraná y forzar la libre navegación de los ríos interiores contra la voluntad de la Confederación Rosista; la resistencia en la Vuelta de Obligado se constituyó en gesta de la soberanía fluvial.
Décadas más tarde, la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay de Solano López, financiada en buena medida con empréstitos de la banca londinense, destruyó el único proyecto de desarrollo autónomo e industrial que existía en la región, dejando el campo libre para el modelo agroexportador que Londres necesitaba.
Y en 1982, la guerra de Malvinas selló con la sangre de nuestros compatriotas la memoria colectiva de un robo que ya llevaba siglo y medio y una herida que no cierra y que encuentra en episodios como los de Atlanta una nueva reedición.
El reclamo popular por la soberanía nacional sobre las islas se ejerce hace mucho tiempo.
Pero junto a esa injerencia directa existe otra, indirecta y sostenida, que es la que hoy sigue operando bajo nuevas formas y es alentada descaradamente por el poder turno. El control financiero y comercial del siglo XIX y XX mutó, en el siglo XXI, en el control de recursos estratégicos: hidrocarburos, pesca, minerales del Atlántico Sur.
En estos días, el caso más flagrante es el proyecto de extracción petrolera en la Cuenca Malvinas Norte, impulsado por la británica Rockhopper Exploration titular del 35% del proyecto junto con la israelí Navitas Petroleum, que aporta el 65% restante.
Con una inversión inicial anunciada de 1.800 millones de dólares, el consorcio proyecta extraer hasta 180 mil barriles diarios de petróleo crudo a partir de 2028 el equivalente a una cuarta parte de toda la producción petrolera argentina.
La operación desconoce, entre otras normas, la Resolución 3149 de la Asamblea General de la ONU, que prohíbe a las partes tomar decisiones unilaterales sobre el archipiélago en disputa incluida la explotación de sus hidrocarburos, y contradice el espíritu de la Resolución 1803, que consagra la soberanía permanente de los pueblos sobre sus recursos naturales.
De esta manera la codicia por Malvinas ya no es solamente nostálgica ni estratégico-militar: es la llave de acceso a la Antártida y al corredor bioceánico del Atlántico Sur, la última gran frontera de recursos del siglo XXI.
Así la realidad material golpea en la cara aquellos moradores de los “buenos modos” que dicen que Argentina e inglaterra es solo un partido de fútbol.
La contradicción oficial: el discurso pro-británico de Javier Milei
Frente a este cuadro, la posición del gobierno de Javier Milei exhibe una contradicción que ni la mejor comunicación política logra disimular.
El Presidente ha expresado en numerosas ocasiones su admiración por Margaret Thatcher, a quien equiparó en distintas entrevistas con líderes como Churchill, y llegó a coincidir, en un acto oficial por el 2 de abril, con el principio británico de «autodeterminación» de los isleños, al afirmar que la Argentina debía aspirar a que los kelpers «decidan votarnos con los pies».
Esa declaración generó tal incomodidad que, en la previa misma de la semifinal contra Inglaterra, el nuevo vocero presidencial Adrián Ravier debió salir a acotar los elogios del mandatario, circunscribiéndolos exclusivamente al terreno económico: Milei, explicó, valora en Thatcher el plan de estabilización y su ideología económica, en un intento de separar la gestión de la ex primera ministra de su rol como comandante en jefe durante la guerra de 1982.
Claro está que la mujer que admira se cargó con la vida 649 argentinos de los cuales 323 fallecieron en el hundimiento al crucero General Belgrano, en uno de los atentados más cobardes de la guerra moderna. En esa línea de genuflexión, el presidente argentino invito Boris Johnson a quien fuera primer ministro inglés al balcón de la rosada.
La incomodidad, sin embargo, no se agotó en Thatcher ni en Johnson. Horas después de la épica remontada, en una entrevista radial, el propio Milei calificó de «imprudente» el gesto de los jugadores con la bandera de Malvinas, mientras advertía que, en el peor de los casos, la Argentina podría afrontar una multa de la FIFA de 30.000 dólares.
El mismo mandatario que instantes antes se atribuía, junto a los cancilleres Werthein y Quirno, el mérito de haber logrado que la ONU obligara a Inglaterra a sentarse a negociar por Malvinas, no toleraba que los propios protagonistas del triunfo reivindicaran esa causa arriba del césped: la soberanía, para el oficialismo, parece ser un asunto de despachos y comunicados, nunca del pueblo que la siente y la grita.
Resulta paradójico un par de cuestiones en política internacional, el presidente y sus asesores como defensores de la “batalla cultural” se encargaron de atacar en varias oportunidades a la ONU y de repente este organismo se convierte en la puerta de entrada para recuperar la soberanía.
Otra inconsistencia radica en pretender ampliar la base de apoyo internacional mediante el alineamiento con potencias imperialistas como Estados Unidos o el Estado de Israel.
Difícilmente Estados que han sostenido su proyección de poder sobre la intervención militar, la ocupación territorial o la subordinación de países periféricos puedan constituirse en promotores de una agenda genuinamente descolonizadora.
Su política exterior responde, por definición, a la preservación de sus propios intereses estratégicos. Pensar lo contrario supone desconocer la naturaleza histórica del imperialismo o, en el peor de los casos si uno quisiera ser mal pensado significaría convalidar las relaciones de dependencia que se pretende superar.
Hubo, además, una segunda grieta, más silenciosa pero no menos elocuente. Lionel Messi dedicó el triunfo a “la gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando”.
El presidente y el canciller.
Apenas un día después, en una entrevista radial, JavierMilei recurrió a esa misma expresión para cuestionar a quienes según su interpretación afirman no llegar a fin de mes mientras pueden pagar entradas costosas para asistir a los partidos.
En pocas horas, la misma frase adquirió sentidos opuestos: para Messi, fue una forma de reconocer el padecimiento de amplios sectores de la sociedad; para Milei, un motivo para poner en duda ese diagnóstico cuando lo considera incompatible con determinados consumos.
Pocas imágenes sintetizan mejor la distancia entre la Nación que se reconoce en el sufrimiento de su pueblo y un gobierno que, frente a ese mismo sufrimiento, privilegia la sospecha antes que el reconocimiento.
A veces la historia situaciones recurrentes: los poderes que se creen más sólidos suelen comenzar a resquebrajarse cuando dejan de comprender el dolor de la sociedad que gobiernan.
La incomodidad oficial no se limitó al vocero ni a la radio. El propio canciller Pablo Quirno, días antes del partido, difundió en La Nación una columna titulada Malvinas: la fuerza de una causa justa, reivindicando la soberanía nacional sobre el archipiélago y apelando a las resoluciones de la ONU y a los pronunciamientos recientes de la OEA y del Mercosur. Como mencionamos la ironía resulta evidente: el mismo oficialismo que recurre a los organismos multilaterales para sostener el reclamo soberano es el que, en el plano discursivo doméstico, ha calificado en reiteradas ocasiones a esos mismos foros de burocracias ideológicamente sesgadas o poco eficaces.
Pero la contradicción más elocuente, la que ninguna columna de opinión puede maquillar, ocurrió en el plano de los hechos concretos.
En la antesala del partido, el Poder Ejecutivo publicó en el Boletín Oficial el Decreto 590/2026, firmado por Milei, el jefe de Gabinete Diego Santilli y el ministro de Economía Luis Caputo, instruyendo a la Secretaría de Energía a convocar un concurso público internacional para adjudicar un permiso de exploración de hidrocarburos en el área CAN_200, de la Cuenca Argentina Norte, a favor de la petrolera británica Challenger Energy Group PLC. El decreto no se limita a habilitar la exploración: incluye, además, una prórroga de jurisdicción a favor de tribunales arbitrales internacionales con sede en el extranjero, es decir, la renuncia expresa a que eventuales conflictos se diriman ante la Justicia argentina.
La selección encabezó una victoria épica contra Inglaterra.
Mientras la Selección y el pueblo derrotan al Imperio en la cancha, el gobierno firmaba la entrega de otro pedazo de soberanía económica sobre el Atlántico Sur. Scalabrini Ortiz lo habría resumido en una frase: el arte de no dejarse ver sigue vivo, solo que ahora se llama Boletín Oficial.
Sigamos conectados. Recibí las notas por correo.