En la soledad de su coche blindado

El discurso de Macri no tolera el mínimo análisis político, salvo para sus seguidores y la prensa adicta. En la calle, el humor social está a punto de estallar. Nunca antes se vio, por lo menos en tiempos democráticos, el nivel de cinismo y perversidad de la Alianza Cambiemos. Los gritos del primer mandatario ponen de relieve su soledad y desesperación por saber que pierden el poder público.

Por Mariano Abrevaya Dios

Un repositor del Chino de la vuelta de mi casa, mientras le pasa un cajón de tomates a un compañero, le dice: “¿Lo viste al Gato? Dice que estamos mejor que en el 2015”. Una señora que sale del negocio, no se contiene: “Es un caradura”. Un hombre que está ingresando: “Que se vaya ese hijo de puta”. “No se puede creer”, sumo yo a la indignación comunitaria.

El discurso de apertura de las sesiones ordinarias finalizó hace solo unos minutos atrás. Estamos en Saavedra, a varios kilómetros de la zona del Congreso, blindada por las fuerzas de seguridad para que Macri encabece un acto institucional que hasta hace tres años atrás era una fiesta de la democracia, con una multitud que inundaba la zona para celebrar de modo apasionado y colorido los avances y conquistas de la época.

Ya en casa, en el puñado de programas de radio que se pueden escuchar, los conductores y columnistas, oyentes y hasta operadores, tienen serias dificultades para encontrar las palabras que condensen la consternación colectiva. Es la misma indignación que tenemos del otro lado de la línea. Cómo se hace para enfrentar a esta construcción política y cultural que desde la más alta esfera de la institucionalidad le miente en la cara a los más de 40 millones de compatriotas, sin siquiera ponerse colorados, en base a un guion que incluye, sobre el final, una sobreactuación lastimosa con gritos y gestos ampulosos. ¿Qué se hace?

Como dijeron algunos dirigentes de la oposición, a los pocos minutos de finalizada la ceremonia –que incluyó a un coro de aplaudidores en los balcones y gritos de parte del Presidente, acostumbrado a dar órdenes- se trató de un discurso provocador, de campaña, dirigido a la tropa propia. No importan las responsabilidades institucionales que les otorgó el pueblo soberano en 2015. Ni siquiera importan el límite moral o ético. Mucho menos la Constitución. Están acorralados, en retirada, dijo alguien. En esa línea, es posible que se trate del último discurso de inauguración de sesiones.

En la zona del Congreso no había un alma. O sí, solo un puñado, que se cansó de insultar al presidente cuando regresó a la Casa Rosada en la soledad de su coche blindado. Por la mañana, miles de personas no pudieron llegar a sus puestos de trabajo porque las fuerzas de seguridad zanjaron al medio todo el centro, e impidieron que se pasase de un lado al otro de la Avenida de Mayo. Un espectáculo lamentable, propio de un gobierno autoritario y cobarde, al que nunca le interesó la calle, pero sí la audiencia. Ahí siguen dirigidos sus discursos y líneas comunicacionales, como lo hizo más temprano Larreta y también, durante las primeras horas de la tarde, lo haría la contratante de actrices pobres, la gobernadora Vidal.

No existe un solo índice económico favorable. Endeudaron al país de un modo pavoroso. Montaron una estructura mafiosa con sectores del poder judicial y servicios de inteligencia para estigmatizar, perseguir y meter presos a dirigentes del gobierno anterior, aparte de empresarios. Echaron a miles de empleados públicos. Generaron que otros cientos de miles del sector privado también perdiesen su fuente de ingresos y beneficios sociales. Reprimen la protesta social y criminalizan la pobreza y a los extranjeros de los países limítrofes. Los conflictos gremiales y sociales aumentaron de modo exponencial, y se expresan a diario en todo el país. Profundizaron la grieta hasta límites intolerables, como no sucedía desde 1976.

O sea: El tendal de heridos que viene dejando Cambiemos a lo largo de su gestión es enorme, producto de una crisis que, como bien viene anunciando al politólogo Julián Zícari, nos lleva de modo inexorable a una nuevo colapso. Hay muchísima bronca en la calle, más allá de las preferencias partidarias o miradas ideológicas. Un clima similar al que se vivía en el país, en los últimos meses del 2001.

Entró a mis redes sociales. Mentiroso, cínico, sinvergüenza, psicópata, delincuente. No alcanzan los adjetivos para saludar al presidente, a la Carrió que se quedó dormida con lentes para el sol, a la dirigencia de la Alianza Cambiemos en general. Algunos sostienen que en Facebook, Twitter e Instagram nos hablamos entre nosotros. Algo de eso hay, sí. Y ellos se hablan entre ellos, por supuesto, como lo viene haciendo el oficialismo con su línea discursiva, en la que todo el tiempo el eje está puesto en la campaña, y no en la gestión de gobierno.

El Gobierno más nefasto de la historia democrática, como dicen algunos, cuenta con el apoyo clave de las grandes corporaciones mediáticas. Eso pesa mucho, sí. Incide todavía en la subjetividad de millones de compatriotas. Algunos convencidos, y otros envenenados (sobre éstos hay que tratar de persuadir para que dejen de ir en contra de sus propios intereses, como dice Pedro Saborido). Es muy poco probable que les alcance para retener el poder público en octubre. No hay posverdad que alcance para amortiguar el pésimo humor social que se respira en la calle. Tampoco causas de los cuadernos. Tanta perversidad tiene que costarles el poder público.

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