Urbanismo militante para vivir mejor

Luego de catorce años de una gestión marcada por la privatización del espacio público, una marcada diferenciación entre el norte y el sur, y el incumplimiento de la ley de comunas, ¿por qué el electorado sigue votando al macrismo? Gastón Fabián habla de una urbe con amplios sectores ciudadanos irresponsables y con falta de compromiso con lo público, repasa algunos conceptos históricos y filosóficos, y llama a transformar a la CABA en un lugar donde valga la pena vivir.

Por Gastón Fabián

Pocos son los lugares en el mundo donde existe un desfasaje tan pronunciado entre la Constitución formal y la vida material- que se supone que la primera debe regular- como en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Que el texto constitucional en cuestión defina nuestra forma de gobierno como una democracia participativa no puede más que causarnos una fugaz simpatía, que pronto se desdibuja ante la terrible y prosaica realidad.

¿Cuántos porteños y porteñas leyeron alguna vez el mencionado documento o la ya “mítica” Ley de Comunas? ¿Cuántos saben de la existencia de los Consejos Consultivos? ¿Y de la posibilidad cuasi soviética de revocar plebiscitariamente el mandato de un funcionario electo? A los ojos de la ciudadanía, la división en Comunas parece más un mero capricho administrativo que una apuesta por la descentralización que se propone movilizar el involucramiento del pueblo en la toma de decisiones.

Es una obviedad que, desde el año 2007, el macrismo ha puesto más y más trabas a la implementación de los mecanismos prescritos por la ley de leyes, empezando por el permanente bloqueo a la idea del presupuesto participativo, corazón del proyecto constitucional. El discurso vecinalista del PRO no impidió que el Gobierno de la Ciudad abordara el tema de las Comunas desde una óptica empresarial, que hace de cada Junta una gerencia que lo poco que administra es lo que desciende de las instancias verticalmente superiores.

Sin embargo, sería un craso error que los argumentos del campo popular para oponerse a este modelo se centraran únicamente en la falta de voluntad política de Macri o Rodríguez Larreta. En lo que también nos incumbe, no percibir la enorme apatía cívica del ciudadano promedio de CABA, más allá de las muchas organizaciones de base y de los núcleos de resistencia al neoliberalismo activos en el distrito, implicaría cometer una lectura sesgada, causa inevitable de una estrategia catastrófica.

Resulta indudable que la Ciudad arrastra una serie de deudas estructurales que el macrismo no ha resuelto (en muchos casos empeoró los índices) y que debemos considerar inadmisibles si partimos de los holgados recursos (de paralelo europeo) con los que cuenta el Estado porteño: acentuada desigualdad entre el norte y el sur, subejecución presupuestaria en áreas sensibles y gastos hiperbólicos en cuestiones superfluas, falta de vacantes y escuelas con graves problemas edilicios, hospitales sin insumos y barrios sin centros de salud, clubes fundidos, subtes abandonados, tarifas e impuestos desproporcionados en relación con la inversión, déficit de espacios verdes, ausencia de crédito hipotecario, dificultades para alquilar, familias desalojadas que no tienen dónde ir, villas que nunca se urbanizan, espacios culturales clausurados a mansalva, intersecciones que a partir de determinados horarios se convierten en zonas liberadas, policías que matan a pibes con gorra por la espalda, que reprimen jubilados o que golpean y detienen a vendedores ambulantes por su color de piel, etc.

Ni hablemos de las miles de personas que viven en la calle y que son sistemáticamente maltratadas por los funcionarios del Gobierno de la Ciudad. En una ocasión, Beatriz Sarlo, al expresar con desazón que las mismas se volvieron parte del paisaje urbano, escribió que lo raro sería no verlas. Tal vez, justamente porque se transformaron en parte del paisaje es la razón por la que, en rigor, no las vemos. M tuvo que ser secuestrada para que su vida cobrara relevancia pública. Solo un par de días fueron necesarios para que los grandes medios la olvidaran de nuevo.

¿Por qué el macrismo se siente hegemónico en la Ciudad? ¿Por qué Larreta nos parece blindado y, a pesar de la acumulación de escándalos, nunca paga el costo político? (quizá el desastre de la campaña de vacunación, repleta de arbitrariedades e ineficiencia, modifique la balanza) ¿Por qué el electorado sigue votando al macrismo? Sostener que esto ocurre porque, en definitiva, la mayoría no usa el hospital o la escuela pública, o porque no alquila, o porque no sufre violencia institucional, es solo una respuesta parcial, pues también quienes usan el hospital y la escuela pública, alquilan o sufren violencia institucional han elegido a menudo a los candidatos macristas.

Existen motivos más profundos que explican por qué se produce esta terrible afinidad, los cuales no se agotan en un supuesto “gorilismo sustancial” de la clase media o en el “clientelismo político” que, contra su relato oficial, el PRO viene implementando en los barrios periféricos o, tampoco, en una mayor eficacia comunicacional.

Que el PRO gobierne con comodidad la ciudad significa, básicamente, que ya no vivimos en una Ciudad. Si la Legislatura se convirtió en una alevosa inmobiliaria (donde los intereses especulativos que arrasan y destruyen el patrimonio histórico y comunitario imponen su mayoría automática) es porque algo sucedió con las subjetividades urbanas. No se puede ganar la Ciudad sin ganar antes a los “ciudadanos” (lo “convencional” se ha vuelto decirles “vecinos”). Y no podemos ganar a los “ciudadanos” queriéndonos parecer, por razones tácticas, a los que han hecho de la Ciudad lo que es: una urbe sin ciudadanos responsables y comprometidos con lo público.

Nuestra manera de pensar la naturaleza de la ciudad (la naturaleza del artificio que llamamos ciudad, oxímoron que nos tomamos el atrevimiento de formular) puede reducirse a la influencia de dos paradigmas clásicos o, mejor, a una historia de dos ciudades.

La antigua Roma.

Polis y civitas
Para el filósofo italiano Massimo Cacciari, no se trata de Londres y París, como en la célebre novela de Charles Dickens, sino de las poleis griegas (siendo la polis ateniense la más familiar para nosotros) y de la civitas romana. Nótese que en la lengua griega, la palabra ciudadano (polites) deriva de ciudad (polis), mientras que en latín es al revés: civitas viene de civis. Esto se explica por una honda diferencia conceptual en la visión que griegos y romanos tenían de la comunidad. En la Grecia Antigua, la polis es siempre la sede que nuclea a un determinado genos (clan, estirpe, género), con su propio ethos (que, antes de significar costumbre o manera de ser, es la morada). Dicho de otro modo: la polis es el lugar al que se pertenece y donde se puede cumplir el fin (telos) del zoon politikón, la vida buena. Un polites es hijo de su polis, se debe a ella y se revela a sí mismo por ella.

De ahí que Sócrates eligiera la muerte al exilio. Incluso Alcibíades, que expulsado de Atenas se radicó y complotó en Esparta (luego en Persia), se esforzó por retornar a su patria, más allá de los peligros que corría. La contracara del arraigo y la vinculación con una comunidad sustancial es que la pólis no es capaz de integrar lo distinto en su seno (hay un deber de hospitalidad para con el extranjero, pero jamás se le conceden derechos políticos). Reside allí su certificado de defunción frente a los grandes imperios multiculturales, de Alejandro a Augusto.

La perspectiva latina es bastante opuesta, lo que resulta comprensible si partimos del hecho de que el mito inmortalizado por Virgilio hace de los romanos herederos de Troya, o sea, vencidos, desterrados y errantes. Solo en la medida en que los ciudadanos se reúnen pueden fundar, organizar y dar leyes a una ciudad. Aquí la determinación étnica o religiosa (fundamental en Grecia) es irrelevante, o en todo caso secundaria. Lo primero es el acto de sancionar una Constitución que nos obligue. Luego, cualquiera puede pactar o acordar su obediencia a la misma, es decir, cualquiera puede participar de la concordia.

Ya en tiempos de la República la ciudadanía romana fue extendida a todos los habitantes de aquel gigantesco imperio. Como indica Cacciari, Roma es el centro, la Urbs por excelencia, pero como ciudad, es una ciudad en movimiento (Roma mobilis). Está presente por doquier. Pues lo que une a los ciudadanos no es un origen o una procedencia común, sino una idea. Roma es esa idea universal, la de dar leyes a todo el mundo (la Iglesia Católica, en ese sentido, es estrictamente romana: Urbi et orbi). Su principio sostiene que importa hacia dónde vamos y no de dónde venimos. Desde el punto de vista del Imperio, alguien nacido a miles y miles de kilómetros de la capital o educado con otras costumbres, no estaba impedido de entregarse a la causa de Roma, luchar por ella y vivir bajo sus leyes. Un bello cuento de Borges, titulado Historia del guerrero y la cautiva, registra mágicamente una conversión de ese estilo.

Es paradójico que para referirnos a las grandes ciudades modernas utilicemos expresiones como metrópolis o cosmópolis (en el caso de las inmensas áreas metropolitanas, como la que incluye el conurbano bonaerense, hablamos más bien de megalópolis). Una polis enorme es una contradicción en los términos. Recordemos que, para Aristóteles, Babilonia no podía ser considerada una ciudad, pues tenía “el perímetro más bien de una nación”. Con ironía, escribe el estagirita que “de Babilonia dicen que al tercer día de haber sido tomada, una parte de la ciudad no se había enterado”.

Una muestra, un botón
Ciudades multiculturales y de extensión interminable son hoy moneda corriente en el mundo. ¿Cuántos porteños y porteñas pueden afirmar que conocen toda la Ciudad de Buenos Aires? Un barrio relativamente pequeño como Boedo, que tiene a su casco histórico convertido en un pintoresco circuito gastronómico y a su zona meridional resistiendo “a la antigua” los deseos de edificación del “mercado”, se encuentra más o menos equidistante a las dos grandes villas del sur de la Ciudad, pero tiene adentro, invisibles, sus propios asentamientos, bajo la forma de casas colectivas y hoteles, desconectados los unos de los otros, donde el hacinamiento y la ausencia del Estado significan un severo problema en tiempos de Covid. Si la ciudad es per se diversa y no una, añadamos que en cada barrio tenemos muchos barrios distintos (ni hablar si pensamos la Ciudad integrada al AMBA, de donde su ego, siempre mirando a Europa, pretende sacarla).

La noción contemporánea de ciudad está más vinculada a Roma que a Grecia. Buenos Aires es el resultado de sucesivas oleadas migratorias (los que bajaron de los barcos, los que llegaron del interior argentino, los que cruzaron las fronteras con los países limítrofes), cada una con diferente impacto y diferente acogida. En la frepasista Constitución del 96, la idea de Comuna tiene menos que ver con el París revolucionario que con la vieja Atenas, polis que siempre cautivó la imaginación de los escritores e intelectuales de las principales urbes latinoamericanas. Sin embargo, la mencionada Constitución, por muy de avanzada y progresista que sea, no ha logrado despertar la unidad espiritual que en principio prometía. Quiso ella (los juristas y legisladores que la diseñaron) fabricar a los ciudadanos que faltaban, mas fueron las transformaciones materiales que entonces acontecían en la Ciudad las que produjeron un tipo subjetivo incompatible con las elevadas aspiraciones del texto en cuestión. Si la Constitución se incumple deliberadamente, es porque tampoco existe quien la cumpla. Es tan primordial reclamar que el Gobierno de la Ciudad cumpla con la ley como que haya ciudadanos que le reclamen una rendida de cuentas.

El Shopping Abasto.

Shoppings y privatizaciones
Ejemplos de estas mutaciones urbanas pueden ser el tejido de red de autopistas, la llegada de las grandes cadenas de supermercados, la construcción de imponentes templos evangelistas donde antes había cines barriales, o, por supuesto, la aparición del shopping center, que es el sello de la era posmoderna. En un texto sensacional (de aquellos que supo escribir), Beatriz Sarlo analiza casi fenomenológicamente la esencia del shopping y argumenta que dentro de los cambios espectaculares que ocurren con frecuencia en las ciudades (demoliciones mediante), hoy resulta impensable “tirar abajo” un shopping.

Su lógica demuestra la supremacía del mercado sobre el Estado, del capitalismo sobre el orden público en lo que a la planificación urbana respecta. Que lo que termine definiendo a una ciudad sea “ir de compras” o acceder a ciertos espacios exclusivos y monetizados es un síntoma epocal. “La mercancía entró en un nuevo régimen óptico”, dice Sarlo.

El shopping, catedral del siglo XXI, cumple la función de acaparar y reunir a la gente adicta al consumo (sobre el consumo gira actualmente la publicidad, o sea, la publicidad está privatizada) en el marco de un sistema que atenta contra su posibilidad (cada vez es más profunda la brecha entre expectativa y realidad). “La estética del shopping iguala no por el lado de los precios ni por el del acceso a los objetos, sino por el lado estético de su disposición escenográfica. Es un paraíso del contacto directo con la mercancía”. El shopping puede emplazarse en una ciudad, pero en realidad es indiferente a ella, como bien añade Sarlo.

La forma del shopping captura el deseo del ocio mercantilizado. Ocio, como da a entender la etimología, es lo contrario de negocio. El negotium niega el otium. No obstante, parece que hoy solo podemos imaginar el ocio bajo los parámetros del negocio.

Las privatizaciones que Larreta impulsa en Costa Salguero o en el Parque Centenario responden todas a este simple diagnóstico. El disfrute urbano se reserva a pocos porque tiende, a su vez, a caracterizarse como disfrute mercantil. Que el capitalismo abre una dinámica de desterritorialización no es ninguna novedad. De una persona que mira televisión por la noche o que, mientras espera el subte, ve noticias de otras latitudes o mensajea con un conocido que se encuentra a un océano de distancia, no es factible afirmar que “tiene los pies en la ciudad” (esto no quita que, como observa Cacciari, el aceleracionismo informático se tope con la venganza del espacio, que acaece cuando la velocidad de las ondas no anula la lentitud de los cuerpos, por ejemplo durante un embotellamiento; o cuando los estruendos, el ruido insoportable de los motores o el olor a basura nos ponen en situación y nos ayudan a recordar que no estamos navegando o flotando en una red social).

De hecho, la preponderancia del mercado inmobiliario hace cada vez más difícil que los ciudadanos tengan en la ciudad su casa (como escribe Cacciari: “para las grandes masas la ‘casa’ será el miniapartamento estandarizado”… y en Latinoamérica ni siquiera). La palabra casa, en su sentido original, como espacio que nos aloja, invoca una duración y una estabilidad que nos protege de las inclemencias del tiempo.

Tiempo libre
En los centros urbanos actuales, el tiempo es capitalista y opera con la lógica de la destrucción creativa. Pero lo que se crea hoy en día, lejos de ser creativo, responde al criterio del negocio. Mientras sea rentable, la homogeneización se halla permitida; es la norma.

La diversidad que vuelve rica a una ciudad, de repente, pierde su vigor, frente al avance imparable de aquello que interesa a los inversores. En nuestra vida cotidiana, detener el tiempo es toda una rareza, pues para eso se necesitan espacios habitables y compartidos, que no abundan. La rutina pasa a estar cronometrada: siempre vamos de un lado a otro, para llegar a tiempo. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, los “ciudadanos” circulamos como las mercancías que piden ser consumidas. Si Marx señaló a mediados del siglo XIX que el citoyen moderno es el bourgeois, hoy la figura paradigmática es la del emprendedor o empresario (explotador) de sí mismo.
El Gobierno macrista, que se cree dueño de la Ciudad, no es amigo de las consultas públicas ni de la transparencia cuando, por ejemplo, tiene que ejecutar el Plan Urbano Ambiental. Ante la desidia, sin embargo, somos los ciudadanos quienes tenemos que erigirnos como custodios del patrimonio público y del legado común que recibimos. El problema empieza aquí, en el déficit de ciudadanía. Para que la ciudadanía sea posible, debemos disponer de espacios que hagan comunidad y no la disuelvan. Si las personas solo nos reunimos, circunstancialmente, en el colectivo, el subte o el shopping, algo anda mal de raíz.

En la calle, el otro aparece como un obstáculo que interrumpe el paso, un obstáculo que necesitamos superar con apuro (si bien siempre puede surgir una conversación ocasional y de ahí algún pequeño acontecimiento imprevisto, o al revés). La conquista y recuperación del espacio público es parte fundamental de la resistencia popular contra la obscena y descarada venta de la Ciudad. Se trata de indagar sobre estos núcleos de buen sentido, organizarlos, expandirlos.

El carácter tedioso, estresante y de alienación de una urbe con millones de habitantes es inerradicable. Lo mismo ocurre con los cambios que el tiempo trae, sin los cuales no existiría el sentimiento de nostalgia, tan familiar a la condición humana. Una ciudad cambia gracias al aporte de muchas personas anónimas. Pero lo que no puede suceder es que esos cambios se vuelvan abruptos y se expliquen por la ya mencionada lógica del negocio, es decir, que todo se mida en dinero (Horacio González escribió una vez: “un barrio cambia y debe cambiar. Pero todo cambio es una operación banal si no respeta la historia y las particularidades que son el corazón secreto de lo que forma una comunidad abierta y nunca cerrada sobre sí misma”).

La lucha hoy es por más ocio (en tanto línea de fuga). Esto no implica únicamente gozar de más tiempo libre (en cantidad), para lo que se torna imprescindible reducir la desigualdad, acortar la jornada laboral y mejorar las condiciones de vida del pueblo. Es esencial también una cualificación del tiempo, para que el tiempo resulte más vivible que consumible. Uno de los roles de la militancia es dar tiempo. Tiempo para militar, para responder por la responsabilidad de los otros. Si las condiciones materiales impiden que todos militemos, es preciso modificar radicalmente esas condiciones materiales. Solo que para disponer de un tiempo político (o de un ocio y esparcimiento politizados), el espacio que se habita también debe serlo.

En occidente, el tiempo siempre ha tenido una prioridad metafísica por sobre el espacio, muy descuidado. De ahí la necesidad de pensar, proyectar y construir nuevas espacialidades. Para ganar una elección, alcanza con la lógica antagonista del populismo y la articulación de demandas insatisfechas (siempre que esas heterogéneas demandas puedan ser traccionadas por nuestro discurso: aquí una dificultad nada menor). En cambio, para transformar CABA en una Ciudad donde valga la pena vivir, donde las vidas sean más libres e iguales, resulta imperiosa la construcción de un verdadero urbanismo militante. Que nuestras energías se destinen, también, a empezar a inventarlo, desde cada experiencia y cada lucha.

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