Las dos Argentinas

Luego de cuatro años del gobierno de Cambiemos, y la pandemia, la mitad del país no trabaja en la formalidad y carece de los derechos básicos. El desafío hoy pasa por alinear precios –en especial de los alimentos- con salarios y jubilaciones, pero el gran empresariado argentino piensa con el corazón y no con el bolsillo, y su ceguera ideológica es hostil a la dura realidad que golpea a nuestro país. Un shock redistributivo, requiere de un severo disciplinamiento de las élites.

Por Gastón Fabián

En el libro VIII de su República, Platón sostiene que en los regímenes oligárquicos, donde la avaricia, la acumulación, el afán de ganancia, hacen menospreciar la virtud o la excelencia, la ciudad queda dividida en dos: la ciudad de los ricos y la ciudad de los pobres. De este antagonismo nace la democracia, cuando los pobres, que son la mayoría, toman el poder y destierran o asesinan a sus antiguos usurpadores. Pero la democracia no resuelve la lucha de clases, que continúa solapada, furtiva, en una operación permanente de desgaste. Para inmunizarse contra la restauración oligárquica, la multitud se entrega a la demagogia, mientras la paranoia y las conspiraciones se respiran en cada rincón. Existen otros desdoblamientos en los que, sin embargo, la grieta profunda no parece preparar ningún encontronazo decisivo. Ambos mundos se cruzan, se superponen, se inquietan, por momentos se confunden, mas uno está ahí y el otro allá. Esa brecha se vuelve habitual, y llegar a superarla se transforma en un desafío imposible para la política, porque se enfrenta con espacialidades distintas, con temporalidades distintas, con aspiraciones distintas, con posibilidades distintas, con miedos y prejuicios distintos. La movilidad se interrumpe y las desigualdades se estratifican o normalizan.

Desde el ala económica del gobierno del Frente de Todos, se vende como gestión exitosa el “despegue de la macro”, arguyendo que el crecimiento alcanzado superó todas las expectativas y roza las “tasas chinas”, como en la “época dorada” del kirchnerismo. No es difícil observar, sin embargo, que ese crecimiento, por la restricción externa (falta de dólares para producir), se enfrenta con un cuello de botella inevitable (las importaciones no cesan, mientras obras clave como el gasoducto “Néstor Kirchner” continúan demoradas) y, sobre todo, que se trata de un crecimiento asimétrico, inequitativo, desparejo. Porque si hay algunos sectores que están ganando demasiado y disfrutan del “boom”, hay otros, la gran mayoría de la población, que no ven reflejado el incremento de la capacidad productiva en sus estándares de vida. En el Quinto Piso se esfuerzan por hacer circular informes que dan cuenta de cifras auspiciosas y prometedoras, que explican el “buen rumbo” y nos confirman que “la economía vuela”, desde la recuperación de la industria y de la construcción (que ronda los valores del 2017); la explosión del turismo, fomentado por el PreViaje; el bajo nivel de desocupación; las exportaciones batiendo récords y el buen clima de negocios y de ventas en el mercado interno… Y, sin embargo, la insatisfacción es manifiesta, con una moneda particularmente débil frente a la inflación más alta de las últimas tres décadas y una seguidilla de años para el olvido.

La clase media sufre la inflación, que modifica hábitos de consumo y cercena su capacidad de ahorro, pero aún así puede llenar restaurantes, ir de compras al shopping, salir de vacaciones o liquidar las entradas de recitales de bandas internacionales. Lo que no se ahorra, porque los incrementos de precios dejaron de ser previsibles y estables, se destina masivamente al consumo, incluso al stock de bienes no perecederos. Del otro lado, sin embargo, los comedores populares no dan abasto y hay millones de argentinos y argentinas que no llegan a fin de mes, que se la rebuscan con changas y destinando la mayor parte de lo que tienen a la adquisición de alimentos y bebidas. Los supermercados, entre tanto, chochos.

La distancia abismal entre crecimiento y poder adquisitivo es la que separa a una Argentina, pujante y dinámica, de la otra, también pujante y dinámica, pero cuyo trabajo, socialmente infravalorado, no le reporta lo suficiente y que sobrevive como puede, con ingresos devaluados y un auxilio indispensable del Estado. Cuando los liberales despotrican contra los “planes sociales” o el déficit fiscal, omiten que la retirada estatal en favor de la autorregulación del mercado dejaría a la deriva a millones de personas, que caerían inmediatamente en la indigencia, pues el sector privado no tiene modo de contenerlas (lo contrario sucede con la economía popular, que solicita incentivos, financiamiento, microcréditos, salarios sociales complementarios o un ingreso universal, porque es la que hoy impulsa la economía desde abajo e incorpora al trabajo en los barrios). No estamos hablando ya del 25% de desempleo que regía cuando Néstor Kirchner llegó a la presidencia. Quienes están debajo de la línea de pobreza, en su mayor parte, realizan alguna actividad por la que perciben una retribución económica. El problema principal no es hoy el nivel de empleo, sino su calidad. La mitad del país, al menos, no trabaja en la formalidad y carece de los derechos básicos que están asociados a la figura del trabajador desde tiempos del peronismo (jornada laboral de 8 horas, aguinaldo, vacaciones pagas, cobertura de salud, indemnización por despido, seguridad social, representación sindical, etc.). Para estos trabajadores precarizados, que no tienen la posibilidad de negociar paritarias con sus patrones (o que, directamente, no tienen patrones), el salario mínimo es una referencia ineludible. Un salario mínimo cuyo monto será inferior, cuando termine el año, a la mitad de lo que sale la Canasta Básica.

Hoy un sueldo de más de $100.000 se halla con probabilidad en el primer o segundo decil. Pero permanece mucho más cerca de un salario promedio (varios lugares abajo en la escala) que de los ingresos más elevados. En otras palabras: la gran mayoría del país está amontonada en una masa salarial bastante postergada. Las ventajas comparativas que puede llegar a tener, en términos económicos, alguien de clase media en relación con un trabajador pobre por ingresos, puede ser la propiedad de su vivienda, un colchón de ahorros o la posibilidad de acceder a una herencia. Por más aspiracional que sea, no obstante, la clase media está a años luz del 1% más rico. El nombre de semejante distancia es desigualdad.

A este fenómeno característico de la Argentina de la post-dictadura, que dejó, incluso en los años de crecimiento con inclusión del kirchnerismo, bolsones estructurales de pobreza, con problemas de acceso a servicios públicos elementales o generaciones enteras sin haber conocido el trabajo registrado, se le agrega la novedad del trabajador pobre, con salarios que no pueden seguir el ritmo desenfrenado de los precios, que suben por ascensor, mientras ellos por escalera. Con su base social en crisis, fragmentada, diezmada, también lo está el peronismo, que ya no es imbatible, que se ha vuelto electoralmente vulnerable y mortal. Las alusiones nostálgicas a un “pasado glorioso”, con los sindicatos como columna vertebral, con el Estado manejando los resortes estratégicos de la economía, no sirven para resolver su futuro político, que es por lo menos incierto.

Sin duda, tranquilizar la economía es una meta deseable. Pero la obsesión por una economía sana y confiable no puede perder de vista que el objetivo de mínima es alinear precios con salarios y jubilaciones, es decir, recuperar, gradual pero prolongadamente, su poder adquisitivo. Es imposible ordenar el frente económico sin autoridad política. Hoy los grandes empresarios no tienen miedo de ser sancionados y pueden remarcar precios o fugar dólares con total impunidad. Nos encaminamos a un modelo neodesarrollista, con una productividad elevada, donde los números cierran con la gente afuera. Y lo peor es que no hay sobre la mesa ningún horizonte de superación del problema. Habilitar aumentos salariales o del gasto público no es una solución por sí misma, en medio de un programa acordado con el FMI (con los limitantes que conocemos) y de una economía indexada, cuyas variables principales se mueven en espejo (la audacia sin criterio o sin plan puede desatar una espiral hiperinflacionaria). Es una obviedad que el crecimiento del salario nominal no garantiza el del salario real. La gestión de Grinspun en la primera etapa del gobierno de Alfonsín es la demostración más cabal. A su vez, la puja distributiva resulta siempre favorable a las corporaciones, que no sienten el rigor de la disciplina ni la presión fiscal del Estado, por mucho que se quejen y hablen de medidas confiscatorias. La dificultad para subir retenciones, ir a buscar los dólares de los evasores o gravar la renta inesperada, revelan la impotencia del poder político democrático para torcer la falta de cooperación empresarial a la hora de repartir equitativamente las cargas de la crisis (que hoy padecen los sectores populares, mas no todo el país). Si nadie es firme con los fuertes, es inviable negociar y coordinar expectativas con ellos.

En los últimos meses, sobre todo a partir del viaje de una comitiva oficial, encabezada por Wado de Pedro, a Israel, se puso en el centro del debate el exitoso plan antiinflacionario implementado por este país durante la segunda mitad de la década del 80. Contemporáneo a él fue el Plan Austral, que resultó en un primer momento, pero el incumplimiento de metas y la falta de reservas internacionales dejaron las puertas abiertas para que, crisis de deuda y de expectativas mediante, irrumpiera lo peor. Los sociólogos y economistas han querido explicar la incapacidad argentina para ejecutar ajustes estructurales y políticas de shock colocando la memoria social peronista y su tradición sindical en el núcleo del problema. A su juicio, si no hay objetivos comunes entre los principales partidos (en Israel se logró conformar un gobierno de unidad nacional), es por culpa del peronismo, que abona a la ingobernabilidad crónica por su “hambre de poder” (¿no ha sido más bien el peronismo, históricamente, el “partido del orden”, que arregla las crisis que dejan los antiperonistas-atributo del que en la actualidad parece carecer y por eso no seduce como antaño?-), prometiendo “salariazos” y “revoluciones productivas”, y no por la lógica facciosa de la derecha, que al día de hoy ha llegado a niveles de irresponsabilidad y de demagogia descomunales, como si no recordara, lo mismo que su electorado, que gobernó-y muy mal- por cuatro tristes años.

Que en nuestro país todos los pactos sociales, del 73 a la fecha, terminaran en un rotundo fracaso, se debe menos a la insubordinación de los sindicatos y los movimientos sociales que a la voracidad empresaria. Máximo Kirchner siempre repite que en la pandemia, fueron los trabajadores quienes resignaron parte de sus ingresos, en tanto las grandes empresas eran salvadas por el Estado. Hoy, cuando las compañías presentan balances más que jugosos, se niegan a compartir porciones de la torta e invocan, muchas de ellas subsidiadas por todos los argentinos, la santa prédica de la meritocracia.

Nada de esto ocurre por una cuestión de racionalidad económica, sino por cálculo político, por sensación de poder, por hegemonía cultural. El capital no teme perder sus privilegios. Poco serviría un Perón que, en la Bolsa de Comercio, alerte a la burguesía sobre los peligros de una deriva revolucionaria en caso de profundizar una acumulación sin concesiones. La CGT, cero combativa y que hoy representa a lo que los marxistas denominaban “aristocracia obrera”, es reacia a las huelgas generales, que le incomodan. Y quienes salen a la calle a protestar, de manera extremadamente frecuente, acostumbran marchar al Ministerio de Desarrollo Social, porque su “patronal” es el Estado. A los empresarios puede inquietarles el desorden social o las complicaciones para circular en la “city”, el caos de tránsito o la presencia invasiva de los “indeseables” en su rancho financiero, pero ningún piquete mueve el amperímetro de sus decisiones insensibles. Quieren ganar más y más, sin deberle nada a nadie.

Juan Carlos Torre dijo en una entrevista reciente con Carlos Pagni, tal vez siguiendo el genio de Tocqueville, que la pasión por la igualdad es en Argentina una fuente permanente de controversias, porque nadie está satisfecho en el lugar en donde está y, por ende, se disfrutan más el nerviosismo y el estrés de las aguas turbulentas que los breves y aburridos períodos de estabilidad. La falta de paciencia, la ansiedad (piénsese en las oscilaciones extremistas de las hinchadas de fútbol, que en dos o tres partidos pasan de considerar que todo es perfecto a que todo es un desastre), el contraste entre las expectativas desmesuradas y los resultados pobres ocasionan el malestar típico de la sociedad argentina, donde todo se quiere ya mismo y los aspirantes a magos se vuelven competitivos candidatos a presidente. La psicopolítica que prima en el país es, desde el punto de vista de Torre, la de la espada de San Jorge, que, en nombre de lo nuevo, viene a cortar la cabeza del dragón y romper para siempre con todos los vicios del “subdesarrollo”. La inconformidad, sin embargo, hace que pronto cunda la decepción y entonces se active, según Torre, el fenomenal poder de veto de la sociedad argentina, capaz de bloquear todos los intentos de reforma económica que se ensayan desde arriba.

Esta interpretación es correcta, pero tiene un problema mayúsculo. ¿Por qué siempre poner el foco en la pasión por la igualdad y no en la pasión por la desigualdad? ¿No explicó Aristóteles que los conflictos políticos se desencadenan tanto por el deseo exagerado de igualdad como por la locura de algunos que se creen más desiguales que lo que en verdad son? ¿Por qué responsabilizar más, para decirlo en la jerga de Maquiavelo, a quienes no quieren ser dominados que a quienes ambicionan dominar? ¿Acaso las presiones corporativas e irracionales provienen solamente de los sindicatos, la “pobreza en movimiento” (como sociológicamente define Torre a los pobres organizados), la burocracia estable de cuadros técnicos (anquilosada en el Estado) o los políticos doctrinarios y dogmáticos, mientras se le resta importancia al lobby, el terrorismo mediático y los golpes de mercado de los grupos económicos, que se desvelan saboteando iniciativas de cambio? La pretensión insensata del juez de la Corte de convencernos de que las necesidades no otorgan derechos se corresponde con el viejo anhelo del establishment de congelar las jerarquías y mantener al pueblo en las sombras de la sumisión y el conformismo, en tanto los poderosos se regocijan en la fiesta obscena de sus privilegios incuestionables.

El “cheto infame” no quiere que el “negro de mierda” frecuente los mismos lugares, acceda a los mismos servicios, consuma las mismas cosas. El odio al peronismo se incubó menos por la redistribución de la riqueza que por la del poder social. Porque el peronismo trastornó el orden simbólico. De repente, el peón podía levantar la cabeza y mirar al patrón a los ojos. De repente, Mar del Plata se llenó de cabecitas negras. Antes, los pobres estaban escondidos en el interior, en el país profundo. De repente, se volvieron parte del paisaje urbano y los “chetos infames” empezaron a huir en manada a sus barrios cerrados. Para estos, el “negro de mierda” no es su igual, usurpa derechos que no le corresponden, vive por encima de sus posibilidades. Si el Estado gasta más de lo que recauda, para darle a los “planeros”; si los “negros de mierda” consumen más de lo que el país puede producir, la culpa es siempre de ellos, los sacrificios deben hacerlos siempre ellos. No sea cosa de que la clase media-alta vea afectado su nivel de vida. ¿Y si probamos, alguna vez, con que el equilibrio fiscal, con que las arcas públicas se financien y se nutran de los aportes de quienes obtienen ganancias extraordinarias, que no se deducen ni de su trabajo ni de su inversión, sino de la especulación y el azar, que se explican solo por facilidades que les da el mismo Estado? Los grandes empresarios dirán- hipócritas en la tierra del 21% de IVA- que son los únicos que contribuyen al tesoro, víctimas de una presión fiscal asfixiante. Planeros de traje y corbata que siempre vivieron del Estado, que alivia sistemáticamente sus cargas fiscales, que les paga las deudas, que los protege de las contingencias del mundo globalizado… Comunismo del capital, vestido de elogios al mérito y la competencia.

El gobierno del Frente de Todos se encuentra ante una terrible encrucijada, donde todos los caminos, graduales o radicales, parecen conducir al abismo. En los mercados, se especula acerca de si la intención es dejar el shock en manos de la próxima gestión, pues la economía aparece como una bomba de tiempo imposible de desactivar. La crisis de deuda, la inflación de tres dígitos y la mega devaluación que seguirá a la presión sobre el dólar están ahí, como espectros, como posibilidades inminentes. Pero, ¿cómo se puede plantear un gobierno de unidad nacional con una oposición que vive jugando con fuego y que es una amante apasionada de la pirotecnia? ¿Cómo se negocia con empresarios que, teniendo capacidad para invertir y ampliar la oferta, eligen siempre y en cualquier coyuntura, remarcar los precios, o desabastecer, mientras ven el salario como un costo? ¿Y que boicotean toda medida que busque equilibrar la balanza o traer un poco de calma a las familias argentinas?

Cualquier shock de estabilización económica, por consiguiente, estaría condenado a la ineficacia. Después de años de sacrificios, el pueblo no puede aguantar otra recesión, otra pulverización de sus ingresos con vistas a una hipotética paz futura. Existen menos chances de que se rebele a que se tiente con una salida autoritaria que ponga en jaque a una democracia que no se exhibe operativa en la resolución del malestar. De mínima, si el panorama no es alentador, es necesario que el esfuerzo recaiga sobre todos, desde los políticos alejados de la realidad (que no se toman el tren ni van al supermercado) hasta los grandes empresarios, habituados a subir precios, evadir impuestos y girar utilidades a sus casas matrices. Pero la tesitura empresarial es la de no ceder en nada. Por eso, para el Estado, ser duro con los fuertes es más una acción pragmática para entenderse con ellos que una oda a la justicia. Porque el gran empresariado argentino (ya extranjerizado), aunque resulte paradójico, piensa con el corazón y no con el bolsillo. Su ceguera ideológica es hostil a las razones. Un shock redistributivo, no exento de riesgos, requiere, inevitablemente, de un severo disciplinamiento de las élites, al estilo de lo acontecido en Corea del Sur a finales del siglo pasado.

Desde todas las perspectivas, la Argentina es presentada como una inagotable tierra de oportunidades, seductora para las inversiones pero limitada por las malas administraciones. Su abundancia de recursos naturales la convierte en una codiciada gallina de los huevos de oro para un mundo atravesado por la crisis alimentaria y la crisis energética. El capital extractivista tiene sus ojos rapaces mirando al sur. Por lo que un plan federal de desarrollo, como el que imagina y por el que trabaja el ministro del Interior, Wado de Pedro, no puede realizarse sin una serie de consensos básicos y fundamentales entre los principales bloques políticos y entre los principales factores de poder, capaces de diagramar las políticas de Estado, de largo plazo, que el país necesita (largo plazo contra el que atenta el apretado calendario electoral, ya que desincentiva la planificación y los proyectos que trascienden al propio gobierno, por miedo a que sus logros los acabe capitalizando la oposición). Hoy por hoy, se trata de metas demasiado lejanas. Que lo que se construye en una década se demuele en un par de años es el drama constante de la Argentina. Ningún Pacto de la Moncloa podrá resolverlo. Es el pueblo el que debe exigir, el que debe ordenar las cuentas, el que debe obligar a las clases dirigentes a patear para el mismo arco y, si eso no sucede, mostrar vocación de lucha, para empujar las transformaciones que la inercia de “lo que hay” frena sin pudores. Pero el pueblo desconfía, está desanimado, mastica bronca y hartazgo, aparenta haber perdido la esperanza en sus posibilidades y, extenuado, se duerme en la resignación. Cualquier desquiciado que levante un poco la voz y grite porquerías contra el “sistema” podría despertarlo a los tumbos y sacarlo de quicio, para luego frustrarlo otra vez. Por eso la tarea política del momento presente consiste en aliviar el humor social, en contagiar energías, en fortalecer el estado del alma popular, para que resurja la convicción de que se pueden cambiar las cosas, y la certeza de que sólo cambiarán si hacemos algo para cambiarlas. Nada de lo cual ocurrirá por arte de magia. Se precisan señales, se precisan ejemplos. Y contundentes.

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