Política

Correlación de debilidades

El 13 de abril de 2016 se escribió no solo una epopeya popular, sino también una enseñanza política. Por eso, advierte Rinconet, cuando escuchemos hablar de correlación de fuerzas para justificar la inacción política, hay que recordar aquella gesta para volver a transformar una derrota anunciada en un contundente lanzamiento político.

El 13 de abril de 2016, el juez Claudio Bonadío, uno de los impulsores del Derecho Procesal Creativo, citó a indagatoria a CFK en la llamada causa Dólar Futuro. La acusaba, junto al ex ministro de Economía Axel Kicillof y otros funcionarios de su gobierno, de haber propiciado la venta de contratos de dólar a futuro en perjuicio de las arcas del Estado. Una pérdida cercana a los 17.000 millones de pesos, según las estimaciones a ojo de buen cubero del juez. Como argumento probatorio, Bonadío explicó que para el mercado, el valor del dólar era superior a lo que había establecido dicho instrumento financiero.

En realidad, el objetivo de las ventas a término de dólares realizadas por el Banco Central es, justamente, incidir en el valor futuro de la divisa estadounidense para estabilizar el valor de la moneda nacional. Es un instrumento financiero utilizado con anterioridad al gobierno de CFK y que siguió utilizándose después. Lo asombroso es que, si hubo un perjuicio hacia las arcas del Estado, fue generado por la devaluación cercana al 40%, la mayor registrada desde 2002, decidida por Mauricio Macri apenas asumió. Aún más asombroso fue que varios funcionarios macristas se enriquecieron con el instrumento financiero denunciado por Bonadío, ya que apostaron con éxito a la devaluación decidida por su propio gobierno. Como tantas otras causas imaginarias contra la ex presidenta, la del Dólar Futuro terminó en el sobreseimiento definitivo de todos los acusados.

La operación de Bonadío correspondió al inicio de la etapa explícita del lawfare, es decir, de la persecución política a cielo abierto llevada a cabo por la Santísima Trinidad conformada por los medios, la Justicia Federal y los servicios de inteligencia. Apenas tres meses antes, Gerardo Morales, Visir de la Puna y gobernador recién electo de Jujuy, ordenó encarcelar a su opositora Milagro Sala por “incitación al acampe”. La líder de la Tupac Amaru cumplió en enero de este año ocho años como presa política, víctima de un sistema judicial cooptado por sus enemigos políticos, que la mantiene en una cárcel preventiva eterna por el agregado de nuevas denuncias creativas que siempre incluyen testigos oportunos. Con el mismo sistema de denuncias creativas y testigos oportunos, llegarían a partir del año siguiente las cárceles preventivas de Amado Boudou, Julio de Vido y tantos otros ex funcionarios kirchneristas.

El objetivo tanto de Bonadío como de sus mandantes era conseguir la imagen de la ex presidenta subiendo la escalinata de Comodoro Py. Representaría el fin de su carrera política y, aún más importante, la derrota definitiva de las ideas impulsadas por los tres gobiernos kirchneristas. Apenas cuatro meses antes, Mauricio Macri había asumido como presidente, luego de prometer una Revolución de la Alegría y vencer en segunda vuelta a Daniel Scioli, actual entusiasta de la motosierra y funcionario del Presidente de los Pies de Ninfa.

Como suele ocurrir en cualquier espacio político, el peronismo entró en crisis luego de la derrota del 2015. El ala “seria”, es decir, dispuesta a aportar “gobernabilidad” al nuevo gobierno, se proclamó vencedora de la batalla del sentido común. Su diagnóstico era simple: el peronismo debía volver a sus verdaderos valores, dejando de lado la etapa kirchnerista, sus excesos ideológicos y su propensión a la confrontación. Según esa candorosa visión, la confrontación sería una forma de gobierno y no el resultado de decisiones de gobierno. No hay nada nuevo en esa lectura, como escribió Nicolás Vilela: “cada que vez que triunfan gobiernos de derecha renace el mismo deseo de armar un peronismo sin Cristina y subordinado a los grupos económicos.”

Alcanza con observar un gráfico con la evolución del salario real entre 1994 y la actualidad, para comprender que el rechazo que CFK genera en nuestro establishment poco tiene que ver con sus formas supuestamente rudas. Como ocurrió con el primer peronismo o incluso con el Perón herbívoro de 1973, la clave del odio antiperonista (hoy circunstancialmente antikirchnerista) está en la mejora de la distribución del ingreso que propicia.

En todo caso, a principios del 2016, Macri parecía imbatible: los entusiastas de ambos lados de la grieta ya daban por asegurada su reelección y se ilusionaban con dos períodos presidenciales adicionales de Mariú Vidal, la por entonces Gobernadora Coraje, la heroína que le había arrebatado la provincia de Buenos Aires nada menos que al peronismo. Asistíamos a un nuevo final del kirchnerismo.

CFK transformó la escenografía de una derrota política anunciada desde los medios en un gran mitín popular y en el primer acto masivo contra el gobierno de Macri. Como si fuera hoy, cuestionó los despidos en la administración pública, los aumentos en los servicios públicos y la reducción de remedios gratuitos en el PAMI. También advirtió al Poder Judicial: “Me pueden citar veinte veces. Me pueden meter presa, pero no van a hacer que deje de decir lo que pienso”. Sin embargo, su mensaje más contundente fue concentrarse en el bienestar de las mayorías: “Conformen un frente donde no se le pregunte a nadie a quién votó, en qué sindicato está o si es trabajador o jubilado. Que sólo se le pregunte cómo le está yendo, si mejor que antes o peor. Ese es el punto de unidad de los argentinos: reclamar los derechos que les han arrebatado.”

En esas palabras ya se prefiguraba Unidad Ciudadana, espacio con el que la ex presidenta dirimiría la interna peronista en 2017, y también el Frente de Todos, con el que vencería en primera vuelta a Macri. A contracorriente del peronismo serio que planteaba una oposición constructiva, es decir, el apoyo más o menos crítico al modelo macrista a través de un acuerdo de cúpulas, Cristina puso el eje en la felicidad del pueblo: “Quiero que la gente vuelva a ser feliz en la Argentina”. Señaló de esa forma otro horizonte posible a la vez que lo construyó. Esa felicidad invocada fue la clave para ganar en 2019 pero también fue la asignatura pendiente del gobierno de Alberto Fernández. Una promesa incumplida que explica, entre otros factores, la victoria del Presidente de los Pies de Ninfa en 2023.

Cuando escuchemos hablar de correlación de fuerzas para justificar la inacción política, o nos expliquen que el electorado se corrió a la derecha y debemos adaptarnos a esa realidad, recordemos el 13 de abril del 2016 cuando CFK transformó una derrota anunciada en un contundente lanzamiento político que modificó un destino que parecía irremediable.

Quienes nos hablan de correlación de fuerzas, suelen querer imponernos su correlación de debilidades.

author: Sebastián 'Rinconet' Fernández

Sebastián 'Rinconet' Fernández

Es arquitecto (DPLG-UBA), tuitero (@rinconet), cofundador de La Mesa de Autoayuda K (@LaRadioMAK). Considera que el verdadero desafío consiste en opinar desde la más tenaz ignorancia, ya que sabiendo opina cualquiera.

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