Cultura Musikero

El valor de lo auténtico

El músico correntino Yacaré Manso elogia el paso del joven Milo J por el programa Tini Desk, en los Estados Unidos, no solo por su música, que combina los ritmos urbanos con el folclore, y en este caso también la murga uruguaya, junto a la agrupación Agarrate Catalina, sino también por no lavar su identidad, origen y gustos estéticos para caerle simpático al mercado.

4 de Mayo de 2026

Por Yacaré Manso

La participación de Milo J en Tiny Desk Concerts no fue solamente un show, fue una declaración y de esas que no necesitan explicación.

En un espacio como ese, donde muchas veces los artistas van a mostrar “lo mejor que tienen” en términos internacionales, él eligió otra cosa: mostrarse como es, con su historia, con su barrio, con sus símbolos, el banderín de Deportivo Morón, la imagen de Mercedes Sosa, la presencia de Agarrate Catalina y también ese poncho que llevó, regalo de la Sole. Nada es decorativo. Todo eso habla.

Y ahí es donde, al menos a mí, me toca de cerca.

Porque la identidad no es un accesorio, no es algo que te ponés o te sacás según el escenario, pero también es cierto que durante mucho tiempo hubo una mirada bastante limitada sobre qué es y qué no es el folclore.

Recuerdo en 2017, haciendo las fotos con Sergio Gauna para mi segundo disco AcoplandoCielo. Yo estaba con un poncho original que me había hecho Darío Deprattis especialmente para ese concepto. Y entre los comentarios apareció uno que decía: “Que te pongas un poncho no te hace folklorista”.

Esa frase, que en su momento pudo parecer menor, encierra algo más profundo. Una idea de que hay una única manera válida de pertenecer, como si el folclore tuviera dueños, como si la identidad fuera un molde rígido.

Por eso lo que pasó en ese Tiny Desk no es menor.

Porque Milo J no salió a pedir permiso, no salió a encajar. Salió a ser, con todo lo que eso implica. Y en ese ser, aparecen las raíces, también el presente, el barrio y el mundo. Aparece el folclore, pero atravesado por otros lenguajes, otras formas, otras generaciones.

Desde mi camino —después de varios discos, de andar escenarios, de compartir con referentes enormes como Teresa Parodi, León Gieco o Raly Barrionuevo— siento que esto que está pasando no es una rupture, es una continuidad viva.

A mí siempre me interesó la mixtura. El chamamé con el rock, la canción del litoral con otras sonoridades, no para “modernizar” nada, sinó porque así lo siento, porque así suena mi identidad, y ver que una generación más joven encara eso sin culpa, sin prejuicio, sin esa necesidad de validación constante, es fuerte y necesario, porque durante mucho tiempo lo nuestro fue empujado a los márgenes o encerrado en una idea de tradición que no siempre nos representaba del todo, y hoy lo que aparece es otra cosa: una identidad más abierta, más mestiza, más real.

Lo de Milo J en Tiny Desk tiene ese valor. No es solo la música. Es el gesto. Es la decisión de plantarse en un escenario global sin dejar nada afuera. Sin traducirse. Sin maquillarse para gustar.

Y ahí hay algo que, para mí, es clave: lo universal no está en parecerse a otros. Está en ser profundamente uno.

Cuando eso pasa, la música deja de ser estrategia y vuelve a ser lo que siempre fue: una forma de decir quiénes somos.

Y eso —en cualquier escenario, pero más todavía en uno como ese— pesa y se siente.

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