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Las viejas melodías que no mueren nunca

La muerte de El Indio tardará mucho en digerirse, tal como pasó con Diego Maradona. Deja un legado musical, poético y político imborrable, en especial, para los que fueron jóvenes en los 90, una década marcada por el neoliberalismo, la represión y el rock como espacio de refugio y resistencia.

Se nos murió la adolescencia, dijo una compañera de trabajo y de generación al enterarse de la noticia que enluta a todo argentino de bien. La muerte del indio Solari, esa novedad que tardará en volverse digerible. Viajar a la Escuela, y en la vereda un hombre con la remera de Oktubre, disco paradigmático con su imagen histórica agitando cadenas. Quién sabe hace cuánto dormiría en un cajón la casaca, pero hoy se la puso, en un silencioso y solemne homenaje. El octubre rojo, el octubre peronista del 17 y el Oktubre disco del Indio.

Mito, emblema, definitivamente leyenda.

El que esto escribe no es ricotero de la primera hora, pero basta ser argentino para reconocer el sismo de lo que significó en el rock nacional, en la cultura con un legado imborrable. Después, te puede gustar más o menos. Pero el Indio es el Indio. Y lo que significó para la juventud de los 90. Que, en medio del pensamiento único, del fin de las ideologías que soñaba terroríficamente Fukuyama, cantaban sus seguidores: una bandera que diga Che Guevara, un par de rockanroles, un porro pa fumar. Matar un rati para vengar a Walter, y en toda la Argentina comienza el carnaval. Podés participar de esa misa o podés mirar desde afuera, pero la voz y las melodías se incrustan hermosamente en la memoria colectiva.

Héroe mítico, reacio a las estrategias de márketing, no daba entrevistas, ninguneaba a la televisión, que la TV era todo cuando no existían estos aparatitos que nos enferman la cabeza y las redes sociales. Se difundía por supuesto, pero sin alcanzar el manoseo de los otros artistas sobreexpuestos a la máquina publicitaria y los discos de platino. Pero el Indio estaba, no sabíamos dónde pero estaba. Como un runrún permanente, como un mensaje que se esparce boca a boca, como música irradiándose en los boliches y en las radios. Pero envuelto en un halo de misterio de lo que no se sobreexpone, que sabe medirse, que no todo lo que abunda es oro y el lujo es vulgaridad dijo, y nos conquistó.

Letras un poco elípticas, metáforas populares, inventó su propio lenguaje, su propia estética, pero el Indio no cultivó el deseo de distinción de un Jorge Luis Borges, porque fue popular. Si le hubieran pretendido dar una especia de Nobel de la música, probablemente se hubiera reído de eso. No tenía ego de figuración, sabía que su fama estaba más en el boca a boca, que sus canciones se impusieron casi sin querer, por ósmosis como un sentido común del rebelde argentino.

También tuvo el Indio la gallardía de embarrarse en la historia y tomar partido. No fue una rebeldía nihilista, autocentrada, se embarró en la historia y hablaba mucho rato de las coyunturas, sobre todo cuando el retiro de los escenarios ya le quitó la posibilidad de acudir a la metáfora. Casi como el Diego, que cuando las piernas ya no le respondieron siguió esquivando ingleses desde su lengua filosa y su compromiso con lo nacional y popular. Tomó partido por el kirchnerismo, abogó por la liberación de Cristina casi como en la encarnación de su tema Todo preso es político. Esa opción lo humaniza más, saltando el trampolín desde un pedestal impoluto para mezclarse en el barro de la historia recibiendo elogios, críticas, pero jamás indiferencia.

Ciertos reyes no viajan en camellos, ellos andan al tranco del amor. Después de todo, se va un 5 de junio envuelto en reconocimiento, amor e incluso una misa ricotera en la Plaza de Mayo.

Mejor acudir más que nunca un día como hoy a sus palabras, cuando respondió en una de sus últimas entrevistas que sólo aspiraba a que la muerte lo encontrara vivo. Y que le gustaría irse de este mundo como Leonard Cohen, uno de los artistas en que se referenciaba:

“Levantándome en la mitad de una partida de póker sin llamar la atención, dejando las cartas sobre la mesa, sin interrumpir el juego y con la confianza de que mis compañeros no darán vuelta los naipes para adivinar qué me traía entre manos”.

Ese desenlace épico, final abierto hasta en la última escena. Apostar a la sorpresa, a cierto hermetismo dulce y rebelde que juega con imposibles. Lo que se muestra y la magia de lo que se oculta. Un acorde que suena tirado al viento y que remite a viejas melodías. Que no mueren nunca.

author: Sebastián Giménez

Sebastián Giménez

Escritor y trabajador social. Autor del libro Victoria siempre (Editorial Sudestada), y de relatos cuervos y otros libros setentistas.

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