6 de Junio de 2026
Por Gabriela Juvenal (periodista). Fotos: Revista Cítrica.
La Plaza de Mayo está llena y no parece ser una despedida. Parece una misa, un amague al pogo, un ritual, un dolor, una lealtad. Todo junto. Hay banderas rojas, banderas negras, remeras de Oktubre, Luzbelito, Bang Bang. Y ahora cuentan, entre la multitud, que el Indio será despedido en el Cilindro de Avellaneda. Mientras el poder político impone formalidades (excusas) para impedir un velorio en el Congreso, el fenómeno ricotero siempre parece ir por más: llenar una cancha; y no cualquiera.
En la calle, sobran las pibas y pibes que nacieron cuando Los Redondos ya no existían cantando canciones escritas antes de que nacieran.
Murió el indio, pero hay olor a pueblo.
A violencia es mentir.
A todo preso es político.
A vencedores vencidos.
Al tesoro de los inocentes.
Desde las 8 y media de la mañana que suena el Indio como loco. En autos particulares, colectivos, ventanas abiertas, celulares sin conexión bluetooth. En Plaza de Mayo aparecen grupos improvisados. Militantes ricoteros, ricoteros “a secas”, familias, viejos punks, mujeres abrazadas, muchas de las cuales estuvieron ayer, también, marchando en el Congreso.
Queda un lenguaje.
Una forma de reconocerse.
Una posición.
Identidad.
Ser.
Juguetes perdidos
Como pasó con Diego, como pasa con Cristina. Fenómenos emocionales imposibles de medir solamente desde la lógica de la popularidad. La pertenencia y la representación afectiva musical. La “misa ricotera” nunca funcionó - solamente - como metáfora periodística. El ritual donde miles y miles viajaban a dedo desde distintos puntos del país sin saber exactamente dónde iban a dormir, cómo volverían o cuánta gente habría realmente, era y es un sello.
“Nadie sabía cuánta gente había ahí”, dicen todavía quienes estuvieron en Tandil o en Olavarría. La experiencia ricotera nunca fue cómoda porque es también física. Casi sanguínea y demasiado popular.

Las y los ricoteros cantan las canciones como sobrevivientes, aun cuando sus letras resistieron durante décadas - según los que lo estudiaron como fenómeno - cualquier intento de traducción literal. Se volvieron frases tatuadas, banderas, grafitis, conversaciones políticas, libros, documentales televisivos, rituales infaltables y reels.
Violencia es mentir
Mientras gran parte del rock argentino de los años ochenta y noventa soñaba con llegar a todo con altísimo nivel, el mundo ricotero construía algo raro: una épica zarpadamente argentina, barrial, emocional. Algo que podía convivir con el peronismo, con la izquierda, con el under, con la universidad pública, con el conurbano, con lo federal.
En los noventa - cuando el neoliberalismo masacraba con el individualismo como moral de época - Los Redondos construyeron otra pasión posible. Una identidad colectiva que no es solo el pogo más grande del mundo, como una postal de rock. Se sabe que el Indio jamás pareció estar cómodo con su propia masividad. Desconfiaba de los medios, evitaba la sobreexposición, rechazaba la lógica tradicional del rock star. Mientras la industria creaba gigantes del rock argentino, el tipo sembraba misterio, distancia y contradicción.
Tandil, marzo de 2016; más de 200 mil personas. El recital pago más zarpado de la historia argentina. Esa noche anuncia públicamente que tiene Parkinson. “Mr. Parkinson me pisa los talones”. La enfermedad empieza a transformar su cuerpo, pero el mito se agranda.

El Indio nunca dejó de producir identificación. Ni siquiera después de la separación de Los Redondos. Las canciones siguieron como patrimonio emocional colectivo, como si hubieran dejado de pertenecerle del todo a alguien o, más bien, a una religión musical.
Hoy Lalo Mir lo definió y, en un momento, tiró: “no tiene categoría”.
Banderas, peregrinaciones, tribus, fidelidad.
Sensibilidad política de cara a lo injusto
A la represión.
A los márgenes.
Al poder.
En un programa de radio especial, donde pasaron varios referentes del mundo del rock, se recordó al indio sobre el caso Cromañón. Mientras gran parte del ambiente artístico prefirió callarse o buscar culpables rápidos, el tipo salió a decir algo así como que el rock entero había convivido durante años con prácticas naturalizadas alrededor de la precariedad y el descontrol. No defendió a Omar Chabán, pero tampoco aceptó la hipocresía retrospectiva.
Eso era (es) el Indio.
Salir del lugar común.
Lidear con eso.
Salir del disfraz de la posta.
En septiembre de 2013, en el recital en Mendoza frente a unas 120 mil personas, recomendó públicamente el libro Masacre en el Pabellón Séptimo, de la abogada y criminóloga Claudia Cesaroni, sobre el asesinato de 65 presos en Devoto durante la última dictadura cívico - militar, el 14 de marzo de 1978. De ese crimen, salieron canciones como Pabellón Séptimo.

Su respeto a Cristina nunca fue secreto. Se sabe, la apoyó públicamente- en distintos momentos y ella, a su vez, lanzó frases ricoteras a su propio lenguaje público. “Vivir solo cuesta vida”, por caso. No es solo una cita musical: es reconocimiento de una sensibilidad común alrededor de la política, la memoria y lo popular.
La despedida del Indio se da en una Argentina golpeada por el ajuste, la precarización, la bronca social y la intemperie. Recién llegada a Plaza de Mayo,
Griselda Rodríguez, kinesióloga y militante popular, resume la mística así: “El Indio es leyenda en vida, como Diego. Estoy triste, era algo que iba a pasar pero nos queda la historia popular y musical. Cada comunión, cada misa, piel de gallina con cada tema. No se puede explicar lo que se siente”.
Probablemente no se pueda.
Tal vez por eso Plaza de Mayo sigue llena.
Por eso, casi en todas las ciudades y pueblos del país.
Las banderas siguen y seguirán ahí.

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