Entrevistas Cultura

"Lo que hace el peronismo es democratizar el goce"

A mediados de 2015 Daniel Santoro nos recibió en su taller. Rodeados de telas, pinceles, aceites, muñecos y libros, entre otros tesoros, el mítico artista plástico conversó con nosotros sobre la ideología política de una obra –suya, o de otro -, el poder, la relación entre el arte y un Estado protector, el kirchnerismo, y el tema que lo desvelará por siempre: el peronismo.

7 de Septiembre de 2015

Por Verónica Rodríguez. Fotos: Natalia Ventura. Ilustraciones: Daniel Santoro.

“En un mundo donde los placeres son de juguetería, los dolores no pueden ser de herrería”. Esta frase de Macedonio Fernández viene a la memoria al ingresar al taller del artista plástico Daniel Santoro. La atmosfera de desván de libro de cuentos evoca inmediatamente los placeres de la juguetería, ya que maquetas, libros y juguetes se alinean en estantes y vitrinas. Entre ellos hay varios muñecos, perfectas réplicas a escala de personajes que van del fantástico Darth Vader al inmortal “Che” Guevara.

Santoro muestra sus tesoros y se entusiasma como si los viera por primera vez. Pero en medio de este sitio pequeño y encantado aparece de pronto lo siniestro: la recreación de una “Dama de Hierro” medieval, que observada de cerca resulta tener los rasgos de Isabel Perón. Parecería que aquí, donde el artista crea, también hay lugar para los dolores de herrería de los que hablaba Macedonio.

Daniel Santoro nació en 1954 en la Ciudad de Buenos Aires. Se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y comenzó exponer su obra en 1987. Fueron dos exposiciones –Un mundo peronista (2001) y Leyenda del bosque justicialista (2004)- y un libro -Manual del niño peronista (2003)-, las responsables de que el artista sea para muchos -palabras más o menos- "El pintor peronista”. Él no reniega de eso, aunque se desmarca rápidamente de cualquier encasillamiento:

La obra de arte no tiene una ideología política. El arte tiene su propia dimensión. El peronismo para mí es una excusa, me gusta la mitología que tiene y poder generar fantasías en torno a eso, pero yo no hago una celebración del peronismo. Lo que me interesa son sus puntos oscuros, los que no están descifrados políticamente”.



La vuelta del malón
Si una ideología política aparecida hace 70 años puede aún hoy despertar tamañas fantasías se debe, según el artista, “a que el peronismo operó como un trauma. Es un trauma, si queremos verlo psicológicamente. No es un partido de la Libertad y la Democracia. Es el partido de la Justicia Social. Y justicia social quiere decir quilombo, quiere decir: larguen un pedazo”.

Santoro lo dice y se ríe, como se ríe casi siempre. Pero él sabe –y su obra lo muestra sutilmente, dolorosamente- que no hay nada de gracioso en todo esto. “Lo fundamental que hace el peronismo es democratizar el goce. Si quieren gozar todos, es un quilombo. Y eso enciende las alarmas, ahí se producen todos los fantasmas. ‘Estos negros resentidos quién sabe qué cosa nos van a hacer’, ¿no? Es esa idea de la patria fortinera, de que en cualquier momento viene un malón que nos agrede”.



En ese pueblo que atraviesa la frontera para ocupar su lugar en la historia –alguna vez definido también como “aluvión zoológico”- se inspiró Santoro para crear, junto al escultor Alejandro Marmo y a trabajadores de fábricas recuperadas, al imponente Coloso de Avellaneda: una escultura de 15 metros de alto, emplazada en el año 2013 junto al viejo Puente Pueyrredón, que representa un descamisado en el acto de cruzar el Riachuelo, cargando en sus manos una imagen de Evita.

Ese obrero quiere venir a gozar. Y eso se traduce en dar un paseo, en ir al cine. Nada más. Pero eso en su momento fue muy traumático para las clases medias. Eva Perón fue la primera que dijo: ‘Pasen’. Esa es la democracia real. El peronismo no quiere hacer la revolución. Es mucho más modesto… y al mismo tiempo mucho más molesto para el capitalismo. Porque no quiere cambiar el sistema, lo único que quiere es democratizar eso que vos tenés. Y la comprensión que se tiene para con un revolucionario que quiere cambiar el mundo no se tiene para con un negro que quiere venir a gozar al lado tuyo”.



Esa es la razón por la que, según Santoro, el peronismo resulta tan revulsivo, y no sólo en la arena política. En un texto introductorio a su muestra Leyenda del bosque justicialista, el artista escribió: “El arte argentino excluyó de su canon al peronismo. Es interesante que Juanito Laguna, con cinco o seis años de edad, haya aparecido en 1960 abandonado en un basural, un lugar donde pocos años antes el peronismo había conocido los fusilamientos sumarios. Y también que Antonio Berni haya elegido borrar los rastros de aquel movimiento de masas, rastros con los que seguramente se cruzó buscando por el conurbano bonaerense chapas y residuos para sus excelentes obras de montaje”.

La protagonista de la serie Leyenda del bosque justicialista es, justamente, la mamá de Juanito Laguna. Una madre-niña que recibe todos los beneficios de un Estado protector. Un Estado fuerte sobre el cual se ciernen, sin embargo, oscuras amenazas: el bosque justicialista oculta sus propios monstruos, como todo bosque de cuento de hadas. Sólo que en este cuento no hay príncipe que valga. Tras el bombardeo a la Plaza de Mayo, en el invierno de 1955, también la mamá de Juanito encontrará la muerte.



Santoro muestra una y otra vez la plaza, los aviones y las bombas de 1955, como punto de inflexión en la historia de una niña y de todo un pueblo. Sobre el paisaje de la ciudad pintada por Santoro cae lentamente la nieve. Como en el Eternauta, de Héctor Oesterheld, la nieve no puede funcionar sino como símbolo de un futuro funesto.

“Todas las construcciones de la memoria colectiva –dice ahora en el cálido refugio de su taller- son apropiaciones. No hay un arte que sea estrictamente nacional y popular. El arte es un misterio porque viene del núcleo duro del ser humano, y lo que te plantea es que no estás a salvo de nada. Que los hombres no evolucionamos. Siempre somos los mismos y estamos dando vueltas siempre por los mismos lugares”.

En agosto de 2015, la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner se refirió a la emblemática serie de Santoro, mientras inauguraba la ampliación del Museo Nacional de Bellas Artes desde el Salón Antonio Berni. Dijo: “No puedo olvidarme de Juanito Laguna y de su madre, en la obra de Daniel Santoro, donde la mamá de Juanito es una alumna de guardapolvo blanco que va cruzando el río a los hombros de un descamisado”. En las primeras filas, con su sonrisa de (casi) siempre, aplaudía Santoro.

Recuerdos del futuro
“El Estado le puede facilitar la vida al artista si tiene una política cultural hacia el arte, por ejemplo para la circulación de las obras. El Centro Cultural Kirchner, que es bárbaro, tiene que ver con una política cultural. Y va a ser mejor y más interesante si ahí hay artistas. Pero más allá de eso el arte no es un lugar en el que el Estado pueda intervenir. Si tiene unos mangos y los pone, tiene que ser para todos por igual. Si no, siempre se va a estar equivocando”, opina Santoro.

“No podés esperar que el artista responda a los intereses del poder. El artista siempre cuestiona al poder. Por eso los íconos políticos no tienen un sentido artístico”, considera. Es por esto que él no cuenta dentro de su obra aquella que, paradójicamente, le ha dado mayor visibilidad pública en los últimos años: los retratos de Evita instalados en las fachadas norte y sur del Ministerio de Desarrollo Social, sobre la porteñísima Avenida 9 de Julio. “Esa no fue una idea mía, fue una idea de Alejandro (Marmo), que a Cristina le encantó. Yo participé nada más que del diseño, es todo lo que hice”.

“No lo tengo como parte de mi obra, aunque es lindo haberlo hecho”, reconoce, “pero es un ícono, y la subjetividad del artista no tiene nada que hacer ahí. Yo no soy productor de íconos, ni siquiera soy realista. Hacer retratos me hincha las pelotas”, dice. Y remata la confesión con una frase que podría parecer inocente dicha por otra persona, pero no de parte de él: “Yo hago cosas que me salen”.

Tras la muerte de Néstor Kirchner, Santoro publicó en la revista platense Dosmildiez una obra en la que el ex presidente aparece abrazado por Perón y Evita frente a la imagen de uno de esos “chalecitos californianos” con techos de teja que representaron todas las ilusiones de ascenso social de una época. Es una imagen casi familiar, donde los tres parecen reír mientras comparten un secreto. O un acuerdo.



“¿Qué es el kirchnerismo?, se pregunta el artista. “Es una novedad y también es una tradición. Está dentro del núcleo duro del peronismo, porque levanta sus mismas banderas. Pero tiene un matiz que no es menor, que son los derechos humanos. Esa es una consecuencia de la historia, porque al principio del peronismo no había motivos para pensar a los derechos humanos como algo central. El kirchnerismo incorpora esa cuestión y con eso no se queda fuera del peronismo. Al contrario, lo que hace es ampliar su pertenencia”. Por eso considera que “el Nestornauta es un ícono y funciona. Es un logro que conceptualmente cierra bien”.

¿Existirá en el futuro un artista del que reinterprete los logros, las emociones, las transformaciones de esta década en la clave que hoy lo hace Santoro? Él considera que es posible, pero hoy no podemos saber qué forma tomarán esas representaciones. “Uno puede intuir que algo va a pasar, pero no se puede saber qué. Nadie sabe cómo circulan esas cosas. Hay que dejar pasar 40 años”.

El futuro inmediato, sin embargo, no parece generarle tantas dudas. “Hay una especie de llamado ancestral que contiene el peronismo y soslaya cualquier diferencia. El desprecio al peronismo siempre va por este lado: que no tiene pensamiento, que se maneja por puro interés y manipulación. Pero resulta que no es tan así. Tiene su propia inteligencia, sabe manejarse. Y cuando esa lógica interna aparece los deja a todos un poco perplejos. Como diciendo: upa, al final estos negros… lo van a hacer otra vez”.

Detalle obras
Ave. Carbón sobre papel de 80 x 60 cm. (2011)
El descamisado gigante expulsado de la ciudad. Óleo de 140 x 90 cm. (2008)
El descamisado gigante ayuda a cruzar el riachuelo a la mamá de Juanito Laguna. Óleo de 170 x 140 cm. (2006)

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