Mucho más que una elección
25 de Septiembre de 2026
Por Víctor Sudamérica
El 4 de octubre los brasileños eligen presidente en medio de una crisis en el Supremo Tribunal Federal que ningún manual de ciencia política había previsto. Sesiones canceladas, jueces acusándose entre sí de corrupción, un banco quebrado que salpica a magistrados y a un candidato presidencial: todo eso ocurre a pocas semanas de una elección que Datafolha, en su primer sondeo tras el arranque formal de campaña, ubicó con Lula da Silva al frente por 39% frente al 33% de Flávio Bolsonaro.
Otros institutos, como Quaest, muestran una ventaja más ancha en primera vuelta pero un empate rotundo en balotaje: 41 a 41. AtlasIntel, en cambio, le da al hijo del expresidente una leve ventaja de 47,2 contra 46,8. Ningún número es una promesa. Lo único firme es el diagnóstico que comparten todos los institutos: Brasil vuelve a jugarse su presidencia en un margen que no llega a los cinco puntos, entre dos polos que concentran casi todo el voto y un tercio del electorado que todavía no decidió a quién castigar más. Otra vez un país de América Latina ante un escenario de polarización.
Reducir esa elección a un pulso entre un expresidente que vuelve a intentarlo y un hijo que hereda el apellido sería quedarse con la superficie. Jair Bolsonaro, condenado -hace un año- a 27 años y tres meses de prisión por liderar una organización golpista, cumple su pena en arresto domiciliario, inhabilitado hasta 2060, sin poder tocar redes sociales ni recibir visitas sin autorización judicial. Su hijo Flávio hereda no solo el capital político del apellido, sino también las sombras: quedó salpicado por vínculos con el banquero preso Daniel Vorcaro, cuyo colapso financiero terminó por incendiar al propio Supremo, con el juez Alexandre de Moraes bajo sospecha de vínculos con el mismo entramado. Nada de esto es anécdota judicial. Es el síntoma de un país cuyas instituciones están tensadas al límite en el momento exacto en que decide su rumbo en el mundo. Nuevamente la expresión de una sociedad polarizada.
Porque de eso se trata, en rigor, esta elección. No solamente del triunfo de la izquierda o la derecha, sino de qué proyecto de inserción internacional tendrá la nación que concentra casi la mitad del territorio, la población y el producto de Suramérica (como les gustaba nominar a nuestro continente a Hugo Chávez). Un país estado continente como mencionaba Methol Ferré, no puede votar solo para adentro.
Lula realizó en las últimas horas un masivo acto de campaña en Recife, en el norte del país.
Cuando Brasil se mueve, genera un desplazamiento en el tablero regional, de esto tomó nota Jorge Abelardo Ramos, quien entendió antes que casi nadie la izquierda nacional latinoamericana de su tiempo: la fragmentación de América Latina en veinte repúblicas es algo que excede el accidente geográfico, es el resultado deliberado de un siglo de intervención de las potencias –sobre todo Gran Bretaña- que necesitaba naciones chicas y débiles para negociar con las jóvenes naciones.
Ramos hablaba de una nación latinoamericana inconclusa, cortada en pedazos por burguesías locales que prefirieron el vínculo directo con Londres o Washington antes que la construcción de una escala propia, una mirada atlántica. Brasil, en esa lectura, ocupa un lugar central, es la pieza que, por tamaño, podría romper la dinámica balcanizadora pero también podría convertirse en el socio bilateral favorito de la potencia de turno. Y esto se juega en la próxima elección.
La elección pone en tensión el Brasil potencia continental o el Brasil socio bilateral de Washington, y con Argentina disputará el lugar de satélite imperial en el caso de que triunfe Bolsonaro.
Desde julio de 2025 Donald Trump castigó las exportaciones brasileñas con un arancel del 50%, argumentando entre otras cosas la persecución judicial a Bolsonaro, y desde entonces la relación entró en una espiral de tensión que no se cerró del todo. En agosto pasado Lula y Trump acordaron por teléfono seguir negociando una rebaja al 37,5%, en una charla que el propio Planalto calificó de cordial, pero eso convive con sanciones de estilo Magnitsky contra jueces del Supremo y sus familias, con presión estadounidense sobre el combate al crimen organizado brasileño, y con denuncias del propio gobierno de Lula de que Washington intenta condicionar el proceso electoral. La semana pasada Lula anunció que viaja a la Asamblea de la ONU para decirle a Trump, en sus palabras, que no se meta en las elecciones de Brasil, aunque su discurso, según trascendió en Brasilia, evitará nombrarlo de forma directa y hablará en cambio de soberanía y de democracia como principios generales, sin convertir el atril de la ONU en una respuesta puntual a la Casa Blanca. Todo un gesto de soberanía para los tiempos que corren en el continente.
Ahí aparece la contradicción que cualquier análisis serio tiene que sostener sin resolverla con un eslogan. Brasil necesita a Estados Unidos como mercado y como socio de seguridad. Estados Unidos necesita a Brasil, sobre todo, por las tierras raras: el país sudamericano guarda la segunda reserva mundial del planeta, detrás de China, y Washington acaba de meter 2.800 millones de dólares en la compra de la minera Serra Verde, en Goiás, para asegurarse una fuente de neodimio y disprosio fuera del monopolio chino.
Pero mientras Estados Unidos compra minas, China sostiene con Lula la relación bilateral más sólida de los últimos años, y Brasilia responde con su propia jugada: en mayo el Congreso sancionó una Política Nacional de Minerales Críticos y en septiembre el Senado avanzó con reglas para forzar mayor valor agregado local, de manera que la riqueza geológica no se vaya en bruto ni hacia Washington ni hacia Pekín. No hay heroísmo antiimperialista puro en esa jugada, ni entrega lisa y llana. Hay lo que hubo siempre en la historia de las potencias medianas: el intento de negociar margen propio entre dos gigantes que no van a dejar de disputarse sus recursos.
El argentino oriental Alberto Methol Ferré, que pensó estas cuestiones desde otro ángulo, quizá el más útil para leer el momento actual, sostenía algo que hoy suena casi profético: ningún país sudamericano por separado, ni siquiera Brasil, tiene escala para negociar de igual a igual con Estados Unidos o con China. Solo una construcción continental, con Brasil y Argentina como núcleo, podía aspirar a ese lugar. Viéndolo con los ojos de la actualidad es lo que más esté doliendo en este presente imperial. Por eso Methol Ferré miraba el Mercosur como mucho más que bloque comercial, la organización suramericana podría ser el embrión de algo mayor: la posibilidad de que la región dejara de negociar fragmentada, país por país, y empezara a hacerlo como unidad geopolítica. Desde esa mirada, la crisis actual entre Argentina y Brasil no es un capítulo menor de la campaña electoral.
Javier Milei acusó a Lula, en un acto junto a Flávio Bolsonaro en julio, de 'presidiario' y 'ladrón', y volvió a la carga semanas después sugiriendo que Argentina intervino en la elección brasileña. Brasil respondió bajando el nivel de su representación diplomática en Buenos Aires al de encargado de negocios, y dejó de representar los intereses argentinos ante Venezuela, un gesto técnico pero cargado de sentido político (lo contamos acá).

Todo esto ocurre mientras las dos economías siguen unidas por 31.000 millones de dólares en comercio anual y mientras el propio Mercosur, tras firmar en enero su histórico acuerdo con la Unión Europea, atraviesa un proceso de ratificación que necesita cohesión política, justo cuando esa cohesión escasea.
La pregunta que dejó planteada Methol Ferré sigue de pie: ¿puede existir una estrategia sudamericana de autonomía sin una relación estratégica entre Argentina y Brasil? La actual, marcada por insultos personales y bloqueos diplomáticos, sugiere que no, al menos no en las condiciones presentes. Y esa fractura, más que cualquier arancel de Trump, es la que debilita el margen de negociación de la región entera frente a las grandes potencias.
Nada de esto lo decide una boleta. Lo decide, en todo caso, qué política exterior gobierne Brasilia a partir de enero. Un segundo mandato de Lula, con todo el desgaste que muestran las encuestas, probablemente sostenga la apuesta por los BRICS, por el vínculo con China y por un perfil de autonomía frente a Washington, aunque sea una autonomía negociada y no una ruptura.
Una presidencia de Flávio Bolsonaro, heredero de un padre que gobernó alineado casi sin matices con la Casa Blanca, abriría en cambio la puerta a un realineamiento bilateral con Estados Unidos que dejaría al Mercosur, y con él a la posibilidad de una escala sudamericana propia, en un lugar bastante más secundario.
La nación latinoamericana inconclusa que describía Ramos sigue, en 2026, sin terminar de construirse. Brasil puede empujarla un poco más cerca, como potencia que arrastra a la región hacia una negociación con escala propia frente a las grandes potencias, o puede, al revés, resolver su propio interés nacional por la vía bilateral y dejar que el resto de Sudamérica se las arregle como pueda.
Esa es la pregunta que de verdad organiza esta elección, más allá de quién gane en octubre, y es también la pregunta que Argentina, embarcada en su propia pelea con Brasilia, tendría que hacerse antes de sumar un capítulo más a una historia de fragmentación que, empezada hace dos siglos, todavía no encontró la forma de cerrarse.

Lula es uno de los cuadros políticos más influyentes de la Patria Grande.
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