Fotos: Cortesía Max Czajkowski.
Con dramaturgia de Patricia Suárez, dirección de Mariano Dossena y un elenco integrado por Daniela Catz, Félix Menicocci, Daniel Toppino y Cristian Thorsen, “Emilio” se presenta en la Sala Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación como una profunda reflexión sobre la identidad, el paso del tiempo y aquello que permanece cuando los recuerdos comienzan a desvanecerse.
Emilio, un escritor anciano, atraviesa el deterioro de su memoria mientras su hija intenta acompañarlo en un presente marcado por el cuidado y un pasado cargado de culpas. Entre momentos de lucidez y confusión surge un misterioso interlocutor que parece encarnar su mundo interior, una presencia que apela al concepto de dualidad como forma de comprenderse a sí mismo. La gran pregunta que instala la obra es tan sencilla como devastadora: ¿quiénes somos cuando dejamos de recordar quiénes fuimos?
A partir de dicha premisa, la pieza recorre los laberintos de la memoria y los territorios cognitivos, donde realidad e imaginación conviven hasta desdibujar las líneas cronológicas. Las certezas, poco a poco, se desvanecen y el pensamiento se convierte en un arma implacable que obliga a revisar aquello que parecía definitivamente asumido. Cada diálogo insinúa la pérdida de equilibrio -de la salud mental y emocional-, pero también de oportunidades irrepetibles. El espectador es invitado a transitar un universo donde recordar y olvidar dejan de ser acciones opuestas para convertirse en una misma experiencia.
La puesta nos sitúa en un contexto muy preciso: aborda creencias religiosas, vínculos afectivos sometidos al desgaste, dolores del alma y las heridas que impone la vejez. Los recuerdos, los trastornos y los anhelos de antaño aparecen inevitablemente atravesados por la realidad política y social del país, recordándonos que ninguna memoria individual se construye al margen de la historia colectiva.

La obra se puede ver en el Centro Cultural de la Cooperación.
El tiempo, como un alud, cae sobre los personajes sin pedir permiso. Frente a ese avance inexorable surge otra inquietud: ¿qué es lo que verdaderamente festejamos a cierta edad? Tal vez el simple hecho de seguir habitando un cuerpo capaz de rescatar, entre los escombros del olvido, algún instante de felicidad.
“Emilio” parece insinuar que, llegado cierto momento, la vida puede convertirse en una enfermedad mortal, una afirmación tan extrema como profundamente humana. En ese recorrido, la obra propone un espejo en el que el espectador también termina enfrentándose a sí mismo. Porque hay personas que nunca llegan a saber quiénes son, incluso cuando conservan intacta la memoria. La identidad, entonces, deja de depender exclusivamente del recuerdo para convertirse en una construcción frágil, siempre incompleta y en permanente transformación.
El dispositivo escenográfico reproduce un entorno doméstico que potencia la intimidad del relato y convierte la casa en un espacio mental, donde cada objeto parece conservar una huella del pasado. Ese diseño dialoga con el trabajo actoral, decisivo para construir un universo en el que las emociones, los silencios y las vacilaciones dicen tanto como las palabras. Las sobresalientes interpretaciones sostienen con sensibilidad ese delicado equilibrio entre la realidad objetiva y la subjetividad del protagonista, privilegiando la humanidad de los personajes.
Dossena conduce con precisión una puesta que no busca respuestas concluyentes. Por el contrario, deja abiertos interrogantes esenciales sobre la identidad, la memoria y el sentido de la existencia, confirmando que olvidar, también, implica volver a preguntarse quiénes somos cuando ya no podemos reconocernos en el reflejo de nuestra propia historia.
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Emilo se puede ver los domingos 15, 22 y 29 de agosto a las 20:00 horas en la Sala Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543, CABA.
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