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Todo el mundo me llama “La One”

Para la diva Moria Casan, la distancia entre la mujer y el personaje siempre fue difusa, porque no se limitó a construir una carrera, sino que hizo de sí misma una obra en permanente expansión. Nétflix subió una biopic sobre su vida, y Sofía Gala, su hija, es una de las mujeres que la interpretan.

La de Moria Casán es una existencia que pareciera escrita de antemano para convertirse en materia de ficción: una vida atravesada por episodios extraordinarios, contradicciones, escándalos, amores y reinvenciones. Dueña de una personalidad capaz de hacer de cada circunstancia un espectáculo, para la diva, la distancia entre la mujer y el personaje siempre fue difusa, porque Moria no se limitó a construir una carrera: hizo de sí misma una obra en permanente expansión.

La serie biopic de Netflix, dirigida por Javier Van de Couter, sale airosa de su principal desafío: encontrar una forma narrativa capaz de estar a la altura de una figura cuya vida pública parece haber sido concebida, desde el comienzo, como un relato. A lo largo de ocho capítulos, la producción coloca en el centro de la escena a una figura que hizo del deseo su motor de transformación. Desde sus comienzos hasta la actualidad, conoceremos a Moria y su intimidad expuesta, sus vínculos tormentosos, sus escándalos mediáticos y los obstáculos que debió atravesar para llegar a ser la mujer que hoy conocemos. La ficción entiende, sin embargo, que su protagonista es mucho más que una sucesión de episodios traumáticos o una colección de titulares. Lo decisivo está en su capacidad de reinventarse.

El relato cronológico se remonta a su crecimiento junto a figuras insoslayables de nuestro espectáculo, como Susana, Gerardo, Olmedo y Porcel, y utiliza el colorido recorrido de la diva para ofrecer también una semblanza de la Buenos Aires teatral de los años ‘60 y ’70: una ciudad atravesada por las marquesinas, el teatro de revista, los camarines y una industria del entretenimiento con reglas propias. Van de Couter consigue captar el encanto de esos años sin convertirlo en una postal nostálgica. La lograda recreación constituye uno de los grandes atractivos de la producción, contribuyendo a ilustrar el universo en el que empieza a forjarse la leyenda.

Son los ocho los capítulos en los que se narra la biopic de Moria.


Moria aparece como una estrella cuya identidad parece inseparable de la escena: sus rasgos exacerbados, su sexualidad y una presencia avasallante terminan consagrándola como un ícono. Pero hay una dimensión política en esa trayectoria: la serie vuelve sobre una época en la que la mujer era frecuentemente cosificada y donde la belleza podía funcionar como una medida de valor. La protagonista inicia su trayecto profesional dentro de ese sistema y, al mismo tiempo, consigue utilizarlo en beneficio propio. Allí reside una de las claves de su carácter precursor: Moria puede ser leída como una pionera feminista, precisamente, porque supo apropiarse de una mirada que pretendía convertirla en objeto y transformarla en herramienta de poder.

En palabras de la convocante figura, fácilmente puede identificarse lo marciano de su filosofía. Porque, tal vez, exista algo deliberadamente fuera de norma en esa manera de plantarse frente al mundo. No por vanidad, sino por ambición. Y esa distinción resulta fundamental para entender la singularidad de alguien que, desde sus primeros pasos, parece haber comprendido que en el mundo del espectáculo había que inventar una personalidad, un lenguaje, una forma de estar en escena y, finalmente, un mito.

La gestación de Moria bajo sus términos explica buena parte de su carácter excepcional: alguien que supo sobreponerse a las dificultades con valentía y perseverancia. La ficción no necesita ensalzarla para reconocer dichos valores; por el contrario, parte de lo banal y lo superficial para exhibir el costado más rimbombante de una diva no idealizada. Su extravagancia forma parte del personaje tanto como sus vulnerabilidades. Lejos de debilitar esa construcción, sus contradicciones constituyen el combustible de su leyenda. En ese sentido, uno de los grandes aciertos de la producción es su decisión de no retratar a Moria desde una distancia reverencial.

La serie fue dirigida por JavierVan de Couter.


La ex vedette y conductora de TV participa con su voz en off y aparece, además, como una presencia satelital a lo largo del relato. Su intervención modifica el lugar que ocupa dentro de la historia: se convierte en narradora, comentarista y, de algún modo, artífice de su propia representación. Ese juego entre su yo pasado, presente y futuro constituye una parte esencial del dispositivo y un enorme acierto por parte de Van de Couter.

Uno de los grandes aciertos de la serie está en la elección de Sofía Gala Castiglione y Griselda Siciliani para interpretar dos etapas claves de la vida de la diva. La decisión de repartir instancias del personaje entre ambas actrices evita la reproducción mecánica de una imagen conocida y permite concentrarse en las distintas versiones de esa mujer en permanente transformación. Mientras Gala Castiglione carga con la particularidad de interpretar a su propia madre, Siciliani aborda el momento de mayor esplendor de la protagonista.

La propuesta entiende que, contar a Moria, exige una puesta en escena a la altura de su protagonista: vestidos, peinados, teatros y programas de televisión pueden reconstruir un período, pero capturar la dimensión del fenómeno exige algo más. Y allí, el flamante estreno de Netflix -cuyo elenco reúne a consagrados intérpretes de la talla de Marco Antonio Caponi, Luis Machín, Micaela Riera, Leticia Brédice, Rafael Ferro y Olivia Nuss- encuentra algunos de sus mejores recursos visuales: Van de Couter consigue desplegar su inagotable creatividad y su notable vuelo estético.

Otro sello de uno de los lanzamientos en plataformas más anticipados del año resulta en su alta carga de voltaje sexual. Aquí, el erotismo no funciona como adorno hot ni como concesión al personaje, sino como expresión de la manera en que la protagonista se relacionó con el mundo, con los hombres, con el escenario y con su imagen. La sexualidad, en Moria, nunca está completamente separada de la voluntad de poder, y esa combinación ayuda a explicar por qué su figura pudo trascender las barreras propias de la época: una personalidad que excedió el espectáculo y se instaló en la cultura popular. Porque la identidad también puede ser una puesta en escena, y quien domina esa representación puede, hasta cierto punto, decidir cómo será mirada.

Griselda Siciliani y Sofía Gala Castiglione interpretan a Moria.


Tratándose de Moria Casán, la separación entre persona y personaje siempre fue problemática. ¿Dónde termina la mujer y dónde empieza la diva? La serie no necesariamente resuelve esas preguntas: las convierte en parte de su atractivo. En buena medida, allí se vislumbra el corazón de la propuesta: mostrar cómo nace el mito, cómo se sostiene y también cómo puede desarmarse. Sin embargo, dilapida parte de su potencial con un desenlace desparejo que pierde fuerza y singularidad en su par de capítulos finales. Allí, cuando el trayecto personal y profesional de Moria se encuentra recreado por Cecilia Roth, el dispositivo que había encontrado una combinación tan estimulante entre biopic, ficción, memoria, reality y autoparodia comienza a perder precisión. El relato se vuelve más convencional justamente cuando más convicción se requiere.

Resulta una pena porque, hasta entonces, había conseguido ir mucho más allá de una biografía convencional, al comprender que, contar a Moria Casán, implica contar también la historia de una mujer que hizo de la reinvención una forma de supervivencia, de la exposición un instrumento y de su personalidad avasallante una marca inimitable.

author: Maximiliano Curcio

Maximiliano Curcio

Nació en la ciudad de La Plata, Argentina en 1983. Es escritor, docente y comunicador, egresado de la Escuela Superior de Cinematografía

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