León XIV en la Argentina

Una bienvenida con todo y con todos

Luego de casi cuarenta años, un Papa vuelve a pisar suelo argentino, y la expectativa es enorme, acorde al acontecimiento histórico que se produce con un gobierno libertario que hasta hace unos meses hablaba pestes de Francisco y sigue sosteniendo que la justicia social es una aberración. Reaparece el Grupo de Watsap de los amigos futboleros del escriba y trabajador social Sebastián Giménez.

Se viene el Papa León XIV nomás. Ya se están ensayando hasta cortes de calle, se deben estar preparando agasajos, acomodando discursos que dejen de lado por un momento la ideología cavernícola y pasada de rosca del gobierno para no desentonar al tener que besarle la mano. Lo aguardan los que viven en el Cotolengo Don Orione, los olvidados de siempre, acaso los que más conmueven con sus preparativos, hechos de corazón, sin los dobleces de otros, aprovechando que por una vez los enfocarán las cámaras, los mirará el mundo.

Se prepara también, como en cada acontecimiento que se precie, el Grupo de Amigos del Whatsapp que se ocupó en el invierno de comentar las alternativas del Mundial de fútbol. Cualquier suceso que lo amerite cae en la lupa irredimible de los energúmenos que componemos el grupo de cuatro amigos para compartir reflexiones chabacanas, de coherencia bien relativa, juicios parciales, elementos presuntamente objetivos que no se someten a comprobación de método científico alguno. 

Los cuatro somos ex alumnos del glorioso colegio San Antonio, donde nació San Lorenzo de Almagro. La última vez que vino un Papa, en abril de 1987, estábamos en tercer grado y la maestra María Elena nos hizo hacer una carpeta de cartón blanca y amarilla, como si fuera de plástica, para intentar dibujar algo y volcar nuestras impresiones las blancas e inocentes palomitas sobre el magno acontecimiento que se desarrollaba. Que te visite el Papa Juan Pablo II fue ir con mis viejos, hermanas y algunos compañeros al parque Rivadavia y apostarnos ahí aguardando el paso del Papa Móvil. Estuvimos horas ahí parados, en el mismo lugar donde el viejo nos llevaba a jugar al fútbol las jornadas normales, ese día invadidas nuestras canchas por una multitud de gente bastante entusiasta. Pasó el Papa móvil que fue una exhalación, recuerdo que le tiramos una nube de papelitos que habíamos hecho trozando diarios viejos. Fue un segundo en que Juan Pablo miró, pongámosle hacia nosotros y siguió, su cuerpo protegido por un cristal antibalas, que unos años antes lo habían querido liquidar al pobre. 

Recuerdos del paso de Juan Pablo II por la Argentina.

Un segundo, una fugacidad que queda igual marcado con cariño, como las fotos que mi vieja le sacó al televisor blanco y negro que proyectaba su imagen. Un instante, un acontecimiento que merecía ser retratado. Imágenes y músicas, sonidos, canciones de bienvenida medio de cancha, como fuimos siempre los argentinos: lo que no puede cantarse en una cancha de fútbol no es genuinamente popular. Gracias, Juan Pablo, bienvenido a nuestro hogar. Dios te bendiga, mensajero de la paz. Toda la patria renacerá. Argentina, Argentina, junto a ti siempre estará. 

Uno escribe y la vas cantando, sin esfuerzo, guardada en el disco rígido del alma y la desenpolvás treinta y nueve años después, cuando viene otro Papa. 

- A la próxima visita papal no creo que lleguemos - apunta el contador con sus inefables matemáticas y poniéndonos en la realidad de que sumar treinta y nueve años a nuestras osamentas no sería nada sencillo -. Habría que brindar con Gatorade si llegamos, juntarse en la puerta del San Antonio, algo.

- Y…, complejo llegar - enarca acaso las cejas el profesor patagónico, que recibió indicación de un facultativo de adscribir a una vida saludable y acudir al gimnasio y las ganas de seguir sus consejos le duraron tres semanas. 

- Es una vara alta, casi estratosférica treinta y nueve años más - certificó el falso ingeniero como calculando proporciones.

El grupo de amigos sufrió en las últimas semanas una especie de angustia existencial cuando se conoció de la cirugía a la que tuvo que someterse el benemérito León XIV, que puso en suspenso por unos días la visita a la Argentina. Por supuesto, expresábamos la misma solidaridad que nos merece la salud de cualquier otro mortal, pero la preocupación iba un poco más allá porque ya imaginábamos los feriados, indispensable remanso a estas alturas cansadoras del año. 

Recibimos con doble beneplácito entonces la confirmación de su visita, una alegría casi pagana. Y comenzamos a palpitar las situaciones de contexto y el profesor patagónico tiró la canción de bienvenida oficial en el Grupo de Whatsapp. A ninguno le gustó, y lo digo con respeto por los que la elaboraron, nuestra visión es completamente parcial, para nosotros la única y última canción del Mundial que hubo fue la del 90 y la única bienvenida posible a un Papa es entonar: Gracias Juan Pablo, bienvenido a nuestro hogar. Si quieren un poco más de solemnidad, también teníamos en el 87 la inolvidable canción Un nuevo sol, que se levanta, sobre la nueva civilización que nace hoy. Una cadena más fuerte, que el odio y que la muerte. Lo sabemos, el camino es el amor. 

Una actualidad de esas palabras que eriza la piel, las viejas canciones siguen interpelando hoy más que nunca, en ese apapucharse ante la política de tierra arrasada del neoliberalismo pasado de rosca que de libertario no tiene nada. 

No importa si la canción actual de la bienvenida oficial es formalmente mejor, acorde la composición, fantásticas y afinadas las voces que la entonan, nosotros retrocedemos treinta y nueve años para encontrarnos en el espejo siendo pibes, correteando en el San Antonio, tirando papelitos al paso del Papa móvil, sacándole fotos al televisor con la imagen del Papa proyectada, y volvemos a estar con la maestra María Elena, que revoleaba en los recreos caramelos sugus para los pibes.  Como no nos gustó la canción oficial, toreamos al profesor patagónico, que algo de música sabe:

- Inventate algo mejor que esto, loco, dale.

- Yo hubiera compuesto: Gracias, Leoncito, bienvenido a nuestro hogar - tiró sin imaginación -. Es que somos así, tenemos la tara de la nostalgia, somos duros.

- ¡Conservadurismo! ¡Aguante el statu quo! - se enfervorizó el falso ingeniero. 

Siguió delirando el profesor patagónico, tirando: León, León, qué grande sos. 

Dedos en V en el Grupo de Whatsapp. Paganos, retrógrados, cavernícolas, presos de una nostalgia irredenta y peronistas consuetudinarios. 

Vuelven los Amigos del Grupo de Whatsapp

El Contador suele llamarse a silencio cuando el grupo se va de quicio, derrapa hacia subjetividades políticas. Además, tiene una visión completamente negativa de la religión y de la iglesia católica en general. Para él, todos los sacerdotes son homosexuales reprimidos o pervertidos. Y, nos suele decir, en el banco del Vaticano lavan guita los peores hijos de puta del Planeta Tierra. Como toda visión sesgada, algo de razón tiene, no se la vamos a negar. Puede moderarse un poco con los amigos, pero la mátrix de lo que piensa es un poco esa, mira desde ese prisma condenatorio.

En eso es casi maradoniano el contador, como cuando el Diego impugnó que todo en el Vaticano relucía oro. Oro de opulencia, de saqueos, de inquisiciones y de Papas que hacían guerras en el medioevo. Los tiempos cambiaron, nos visitará el mensajero de la paz del siglo XXI, que se pelea con Donald Trump, derrotado en las elecciones norteamericanas.

El Falso Ingeniero tiene una visión más mesurada, de centro, un observador que intenta ser objetivo, manda a la hija a un colegio católico, al hijo a uno pagano, un ecléctico, pone un huevo en cada canasta. 

El Profesor Patagónico manda al pibe a la universidad pública, como Dios manda. Dice que en esa vieja tierra de mapuches y tehuelches hay un clero de unos curas medio polacos, gringos, que si fuera por ellos seguirían rezando la misa de espaldas y hablando en latín, sacerdotes esencialmente antipopulares, mucha solemnidad, incienso, sin olor a choripán, casi considerado un aroma sacrílego, diabólico. 

Ninguno va a misa todos los domingos, pero tenemos cierta sensibilidad a las movilizaciones y a la acción social de la Iglesia. Es un poco como me dijo un día mi hija Guadalupe: Papá, lo de Jesús no creo nada. Pero me gusta cuando la Iglesia hace cosas para ayudar a los que necesitan. 

Y eso es lo que despierta la visita de León XIV. Es la Iglesia abriéndose, moviendo multitudes, congregando a miles, a millones, a todos esos que no van a misa pero se juntan a buscar algo, una palabra, una fe, una esperanza. La Iglesia convive en esa dualidad de la aparente apatía diaria de templos semi vacíos alternando al mismo tiempo con mucho laburo constante de asistencia, con colegios, comedores, hogares, ayuda social y eventos multitudinarios en distintas provincias que se organizan en procesiones que desbordan ampliamente las paredes de un templo como la peregrinación a la virgen de Luján, esas grandes juntadas que incluyen a todos: laicos, curas, consagrados, ateos, el Opus Dei, sacerdotes en opción por los pobres y paganos de toda laya. ¿Cuántas personas van a esos eventos? Miles, millones. ¿Cuántos de los que van a Luján van a misa todos los domingos? Caben en los dedos de una mano. 

Eso es la visita del Papa, un acontecimiento casi transversal. Hasta los agnósticos irredentos miran curiosos, hasta un Presidente que considera a la justicia social una aberración, un concepto casi comunista, pasará a besarle la mano al sucesor de León XIII, el instaurador de la doctrina social de la Iglesia, el que hablaba de la función social de la propiedad, madre de Dios. Ya pasó con el querido Papa Francisco, los que le rezongaban o abominaban del arzobispo Jorge Mario Bergoglio depusieron rápidamente cualquier animadversión y corrieron presurosos a besarle la mano, arriba y abajo, a izquierda y derecha del espectro político. 

Eso va a estar buenísimo, la gimnasia que va a tener que ensayar el gobierno para aparecer en el mismo barco que el Santo Padre cuando los que pregonan ideas afines a la doctrina social de la Iglesia son abominados y cualquier mínimo signo de sensibilidad humana es asimilada al supuesto comunismo de los portadores de esos valores. 

No vino el Papa Francisco, el Papa que sentimos cuervo y peronista. Acaso no quiso volver a su país para ahorrarse la herida de ser tironeado por una polarización bastante enfermiza, cuestión difícil de superar para un líder que quiere ser transversal, nacional, universal. Viene Robert Prevost, el sucesor, peruano por adopción y también un norteamericano que le tiró de las orejas a Donald Trump, padrino de este gobierno argentino que reedita un nuevo capítulo de las humillantes relaciones carnales. 

Viene el Papa y habrá que estar atentos a lo que implican las palabras y gestos explícitos, pero también las sutilezas donde se desenvuelve la diplomacia vaticana. Gestos cargados de mensajes, la agenda también habla, el recibimiento protocolar que corresponde a un jefe de estado, la visita al cotolengo Don Orione de Claypole, pisar el conurbano para visitar a los más débiles de los débiles, acto de masas en el monumento a los españoles, la espada y la cruz. Viaje a Córdoba, acercamiento con los jóvenes, visita a villa Devoto antes de venirse abajo el penal, que todo preso es político, y cierre en la basílica de Luján, sede de una de las más impresionantes peregrinaciones de cada octubre todos los años. Estado, discapacitados, los más débiles de los débiles, actos de masas, llamado a jóvenes a los que la Iglesia quiere convocar, visita a hombres privados de su libertad, Luján, y después. La agenda sola provocaría la urticaria de la gestión actual.  

El Papa pisará el barro de los desposeídos que hoy protestan, desesperados, por el cruel ajuste de los hermanos Milei.

No va a la Sociedad Rural, al hockey club, a un coloquio de Idea, a la Fundación Mediterránea ni a ver (o, por lo menos, no tanto) al círculo rojo. Un círculo que, por el contrario, busca ampliarse, hacerse comunidad, nación, Estado, mundo. El Papa viene al tercer mundo, a mancharse los pies en el barro de los desposeídos.

Agendas en suspenso de todos, feriados por necesidad, es imposible no hablar de lo que todos hablan, sustraerse a las congregaciones masivas del pueblo argentino. Se viene el Papa, eso. El pueblo de la patria toda se alborota. No sabemos por qué, porque los tipos no son practicantes, pero estas visitas generan una memoria popular, un reencuentro con la trascendencia del encontrarse con otros. Y la Argentina será, por un rato, el centro del mundo. Casi como cuando el Diego y Messi gambeteaban a los jugadores del norte poderoso o en el norte del mundo hace poco. ¿Argentina? Maradooona. Y el Papa, ¿dónde estará del 8 al 11 de noviembre? En Argentina, carajo, en Argentina. Lo recibiremos con todo, con la cara y ceca de nuestras grandezas y miserias, con la derecha, con la izquierda, con el peronismo, el radicalismo, los populistas, los liberales, con los sanos, con los enfermos, con los prudentes, los exuberantes, los humildes, los exagerados, los creyentes, los agnósticos, los ricos, los pobres, los ateos, los de todas las religiones, con las mayorías y las minorías. Vamos con todo lo que tenemos dentro y con todos, para que por una vez más podamos soñar con que nadie se quede afuera. Bienvenido, León XIV, si su venida genera todo esto. Que así sea.

author: Sebastián Giménez

Sebastián Giménez

Escritor y trabajador social. Autor del libro Victoria siempre (Editorial Sudestada), y de relatos cuervos y otros libros setentistas.

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