Política

Vivir solo cuesta vida

“Vivir solo cuesta vida”. A un año de la detención de Cristina Fernández de Kirchner, aquella frase resuena como una definición de época: sobre qué implica asumir riesgos, entregarse a una causa colectiva, y enfrentar a los poderes fácticos que buscan correrla de la historia. No vivir entre algodones.

Vivir solo cuesta vida. Eso decía el mensaje que Cristina Fernández de Kirchner publicó en sus redes sociales a propósito del fallecimiento del Indio Solari. 

Por estos días circuló el fragmento de una entrevista en el que el Indio nos hablaba de esa frase: “La vida para mí no es una cosa que se deba proteger entre algodones. El algodón está haciendo daño a la vida, la vida tiene que ser expuesta. Desgraciadamente entiendo que en este caos que hay se corre peligro, pero también aprendí (..) que parte de vivir, y casi una cosa fundamental, es el riesgo. La vida es decidir estar vivo, es decidir no estar solo.” 

Cristina no la elige por casualidad o por descuido. Decide deliberadamente recordarlo así porque así es también como ella vive. Y es por eso que también está presa. Porque jugó, porque tomó riesgos, porque le gatillaron una pistola en la cabeza y siguió y siguió. Porque así fue además cómo vivió y murió Néstor Kirchner. 

Toda la experiencia vital al servicio del arte, o de la política, de alimentar y fortalecer esa pulsión que se lleva puesto todo, incluso la misma vida. 

Y el hecho de que Cristina defina despedir así al Indio y lo haga estando presa, le da un giro poético y de una densidad mucho más contundente. 

Lo recuerda honrando esa convicción que compartían. Y es precisamente por haber hecho carne esa convicción que al Indio lo despidieron más de un millón de personas, que hicieron fila durante horas, debajo de la lluvia, que construyeron un duelo colectivo cargado de palabras poéticas, encarnadas, viscerales. Que lo lloraron, porque como dijeron varios por ahí, también estaban velando a una parte de sí mismos.  Y de esa forma se fueron Néstor, el Diego, Evita, Perón. 

Y también es por eso que reclamamos y nos organizamos para terminar con la injusta y arbitraria detención de Cristina, que está presa porque vivir le está costando la vida y la libertad. La meten presa por sus aciertos, no por sus errores. Aciertos que nosotros interpretamos como tales porque de ahí nacieron derechos, victorias, reparaciones. De esos aciertos, millones de argentinas y argentinos pudieron edificar sus vidas, darle de comer a sus hijos, tener un trabajo digno, una casa, vacaciones. Porque no le perdonan su lealtad con nuestra felicidad. Con la felicidad del pueblo. Porque odian y desprecian lo popular, porque el fin de semana no pudieron hacer otra cosa que maravillarse con disimulo por el espectáculo imponente, infinito e inapelable que fue Villa Domínico, y los cientos de miles que pidieron por la libertad de Cristina frente a los móviles de televisión. No es casual, hay un puente que conecta estos puntos, que les da carnadura, que les da sustento conceptual. Es la defensa de dos líderes, aunque pertenecientes a universos distintos, que nunca nos subestimaron, que siempre nos ponderaron, que elevaron la vara de la poesía, de la política, de la comunicación con su pueblo o su público. Que se entregaron. El Indio entendió eso mejor que muchos, y por eso la acompañó y habló de su estatura como dirigente. 

Hace un año la mafia judicial dictaba una condena viciada en todas las aristas posibles, no fue suficiente, y en los últimos meses impusieron condiciones de detención más duras que a los genocidas acusados por delitos de lesa humanidad. Algunos datos: de los 2513 detenidos con prisión domiciliaria, el 76% no usa tobillera electrónica. Solo el 1.76% tiene restricciones en las visitas. Cristina está autorizada a recibir dos visitas generales por semana, con un máximo de duración de dos horas, y con no más de tres personas en simultáneo. Esto denota que hay un ensañamiento feroz y un nivel obsceno de persecución política que solo se explica por la necesidad de coartar su participación e involucramiento en la arena política de nuestro país, vulnerando así las garantías más fundamentales. Porque Cristina es una dirigente que representa a las mayorías, y la quieren fuera de juego, le escapan a las vías democráticas porque saben que sino en ese marco no pueden pararla. Ya trastabillaron en 2019, después de la derrota de Mauricio Macri. La derecha y la oligarquia aprenden de sus errores. Lo mismo había pasado con Peron en el ´55,  y eso da cuenta de un hilo conductor en la saña que desata el antiperonismo y su revanchismo. 

Hoy la libertad es fiebre. La libertad de Cristina es el grito de una democracia desesperada. Hoy todas las fuerzas políticas tienen que entender que esa demanda debe constituirse de forma transversal y unánime. Porque no se trata de nombres propios, ni de lealtades románticas o nostálgicas, sino de comprensión del contexto histórico actual, y de nuestra historia en general. De lo que se trata es de identificar a quienes digitan y mueven los hilos verdaderos del poder en la Argentina. De darle a esta situación la dimensión real que tiene: lo que están buscando es disciplinar a la clase política. El mensaje es claro y conciso. Quien quiera oír que oiga. 

author: Celeste Abrevaya

Celeste Abrevaya

Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires, especialista en Políticas del Cuidado con perspectiva de género por CLACSO y Diplomada en Género y Movimientos feministas (FFyL).

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