Romper el patriarcado desde el consultorio

Tres jóvenes profesionales dicen que “el ejercicio de la psicología no puede eludir lo que implica la vida en un sistema aún patriarcal, entretejido con lo colonial, neoliberal y capitalista”. Aportan ideas y definiciones, y aseguran que “la perspectiva feminista implica un posicionamiento ético y político”.

Por Ana Hasson, Jesica Kamer y Carola Tache, licenciadas en Psicología, feministas. Composición portada: Ramiro Abrevaya.

Sabemos que nuestra práctica como profesionales de la salud mental en el ámbito privado, y desde el consultorio, está atravesada por los cambios sociales y los movimientos que estos imprimen. Hecha esta aclaración, podemos pensar que la perspectiva feminista tiene que ver con la conciencia de que el ejercicio de la psicología no puede eludir lo que implica la vida en un sistema aún patriarcal, y como tal, totalmente entretejido con lo colonial, neoliberal y capitalista.

En otras palabras, los colectivos feministas actuales visibilizan que el patriarcado es el sistema de todas las explotaciones y opresiones de género, de raza y de clase, que se entremezclan con el mismo objetivo: disciplinar los cuerpos y explotar la tierra.

De acuerdo a los parámetros de “normalidad” de cada época, se producen activamente ideales que van marcando el camino de “lo esperado” y van ejerciendo un control más o menos explícito sobre nuestros modos de estar en el mundo, es decir, nuestra formas de pensar, sentir y actuar.

Todas las personas nos vemos absolutamente influenciadas por crecer y vivir en un mundo que nos cataloga según binarios hetero-cis-normados, machistas, con roles que se espera que cumplamos. En nuestro caso podríamos pensarnos como psicólogas con una manera de lucir (formal, de traje, en zapatos, etc) y recibiendo a lxs consultantes en un consultorio impersonal y “neutro”, ubicandonos y otorgandonos un lugar de saber absoluto y supremo.

También podemos imaginar, a modo de ejemplo, qué pasa con una persona que no se identifica con el ideal normativo de la hetero-cis-sexualidad. Más allá de que en nuestro país contamos con una Ley de Identidad de Género que es ejemplo en todo el mundo, no hace falta explicar lo difícil que es que la ley se haga efectiva en las prácticas, tanto en lo que refiere al sistema médico como a los reconocimientos de estos derechos a nivel social.

¿Qué sucede, entonces, si estos parámetros de normalidad no se cumplen? Que dicho sea de paso, en todos los casos, lo que caracteriza a los ideales es que son imposibles de cumplir. Se despliegan aún con más fuerza los malestares en la cultura que hace tiempo Freud empezó a esbozar. Lo que trabaja Freud en dicha obra es el choque entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas socialmente, transformándose una parte de esas pulsiones en sentimientos de culpa. A nuestro modo de ver, la culpa es el elemento que hace que lo que circula como violencia a nivel social, se introyecte como una falta a nivel individual.

En caso de que la fábrica de normalidades no funcione, o se desvíe más de la cuenta, siempre queda la opción de la represión o de la violencia más explícita, pero ésta no es la única faceta del poder.

Podemos decir también que la psicología en sus diferentes escuelas se encuentra en deconstrucción de sus preceptos históricos, porque ésta se construyó y se ha sostenido sobre pilares altamente patriarcales, que han reforzado estereotipos desde los espacios terapéuticos. También la medicina tuvo y tiene un lugar fundamental en todo esto.

Así es como nos encontramos con consultantes que llegan en la búsqueda de espacios más seguros, en los que puedan desplegar lo que les sucede en la vida sin el temor de ser juzgadxs o violentadxs, debido a que en más de una oportunidad pasaron por ello y muchxs han renunciado a la posibilidad de acceder a un espacio terapéutico por miedo a que esto se repita.

La perspectiva feminista implica un otro modo de ver y actuar, un posicionamiento ético político en el compromiso de la transformación de aquellas condiciones que nos someten a violencias varias cotidianamente. Nombrarnos como parte de lxs sometidxs es una apuesta a la horizontalidad dentro de los espacios clínicos y de los encuentros de formación. Todo saber es construido, incluso ese saber no sabido del inconsciente es necesariamente social.

Entonces, un encuentro terapéutico es en conjunto con aquella persona que llega a consultar, y por lo tanto decidimos corrernos de la herencia de terapias en las que le psicólogx se ubica en un lugar diferencial de poder, con una ortodoxia que borra la humanidad de lx trabajadorx de la salud mental. No negamos que se trata de un rol distinto, pero sí elegimos priorizar el trato humano, el acercamiento a esx otrx que llega a abrirse con nosotrxs desde un profundo respeto para la deconstrucción de prejuicios de todo tipo.

Un espacio terapéutico con perspectiva feminista implica desanudar esa forma patriarcal de ver el mundo, esto es, encontrar un tiempo y un espacio para visibilizar las violencias naturalizadas y organizar formas de resistencia a ellas. Ganar espacios de soberanía, construir nuevas conexiones con la vida, inventar otros modos de estar en comunidad. 

Si esto no es salud, ¿qué es?

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