La redención colombiana

Como el coronel Aureliano Buendía, muchos años después, el pueblo colombiano habrá de recordar la jornada del domingo 19/06 en la que hizo historia. El Pacto Histórico se impuso en el balotaje y llega al Palacio de Nariño como resultado de un arduo proceso de construcción política en un país agotado del modelo excluyente que, a través de la violencia, obturó desde siempre la posibilidad de un cambio real, el mismo del que habló Gustavo Petro en su primer discurso como presidente ante una sociedad colombiana que empieza por fin a aceptarse a sí misma.

Por Fernando Collizzolli (*)

El binomio del Pacto Histórico (PH) integrado por Gustavo Petro y Francia Márquez se impuso en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales colombianas con el 50,4% de los votos, superando a la dupla de Rodolfo Hernández y Marelene Castillo por más del 3% de los votos. Entre la colectividad colombiana en la Argentina las preferencias por la dupla del PH superaron el 70% de los sufragios.

De cara al balotaje, el Pacto Histórico logró sumar así más de 2 millones y medio de votos, en parte, sustentados en la más alta participación electoral en lo que va del siglo (superada apenas por las elecciones de 1974 y el balotaje de 1998). Petro pudo consolidar su triunfo en la periferia, en cuatro de las cinco grandes ciudades colombianas e incrementar sus apoyos en el resto del país.

Hernández, por su parte, se impuso en el interior conservador, repitiendo el mapa bicolor que viene caracterizando el devenir de las últimas elecciones colombianas. Al candidato santandereano -que aparecía como una amenaza capaz de acaparar el descontento social y la estigmatización histórica de la izquierda colombiana-, no le alcanzó el apoyo explícito de un uribismo otrora hegemónico.

Colombia tendrá así un gobierno primerizo. El primero liderado por un presidente proveniente de los sectores nacionales y populares, que es el primero en superar los 11 millones de votos, acompañado por la primera vicepresidenta afrodescendiente de su historia. Demasiadas novedades para un país acostumbrado al peso de sus estructuras. No obstante, en Colombia hace tiempo que se venían resquebrajando.

Al calor del “giro a la izquierda” latinoamericano de inicios de siglo, los sectores populares colombianos experimentaron un proceso de creciente movilización social (impulsado por estudiantes, campesinos, indígenas, trabajadores y el movimiento de mujeres), construcción de liderazgos y experiencias de gobierno a nivel local en un marco de negociación y posterior acuerdo del gobierno de Juan Manuel Santos con las FARC que la región y los gobiernos argentinos acompañaron. Recordemos: Néstor Kirchner intervino como Secretario General de la UNASUR para destrabar el conflicto entre Colombia y Venezuela y Cristina Fernández viajó en 2013 a Bogotá para respaldar las negociaciones en marcha.

Estos elementos fueron determinantes para que la denominada “democracia más antigua” de América Latina -de acuerdo con la remanida e ilusoria definición utilizada por analistas conservadores-, experimentara recién en los últimos dos comicios presidenciales una elección entre proyectos de país antagónicos y no una mera disputa entre facciones al interior de sus tradicionales elites gobernantes.

Petro logró articular, conducir y ampliar aquella acumulación popular de cara a este 2022, incorporando a dirigentes liberales, conservadores y del Partido de la U a la coalición, y sumando el apoyo de sectores académicos, mediáticos y empresariales. Lo hizo modificando formas, lenguajes y derribando miedos con persistencia y sin perder identidad, esa que lleva más temprano que tarde al éxito electoral. La dupla con la muy potente Francia Márquez le permitió equilibrar esta amplitud y consolidar su llegada a los y las “nadies” de Colombia, como señala la lideresa caucana.

Petro pudo consolidar su triunfo en la periferia, en cuatro de las cinco grandes ciudades colombianas e incrementar sus apoyos en el resto del país.

El paro y la violenta represión ejercida por el gobierno de Iván Duque sobre las movilizaciones de abril y mayo de 2021 le asestaron un golpe de nockaut a un uribismo en crisis (que venía retrocediendo en las calles, en las urnas y en el poder judicial desde el inicio del mandato del delfín de Uribe) pero también a las opciones tradicionales y de “centro”.

Por aquellos días tuve la oportunidad de viajar a Bogotá junto a una delegación legislativa argentina y advertir que ya nada sería igual para Colombia por la significancia de los acontecimientos. Participar de aquella comitiva que buscaba promover el diálogo entre las partes fue motivo suficiente para que el gobierno de Duque me negara de manera arbitraria e injustificada el ingreso a Colombia en la primera vuelta electoral de este 2022.

Alguna vez, Petro señaló que las elites colombianas no habían sido constructoras de nación. La Constitución Nacional de 1991 y, de manera más decidida, el Acuerdo de Paz con las FARC, son las notables excepciones en este derrotero histórico, cuya aplicación todavía inconclusa deberá ser ahora una tarea a encarar por el nuevo gobierno para que el país cafetero cuente por fin con un escenario común donde tramitar sus conflictos.

De algún modo de eso se trata el “gobierno de la vida” anunciado por Petro desde el estrado tras conocerse los resultados. Paz, justicia social y justicia ambiental como ejes prioritarios de una acción gubernamental atravesada por una agenda soberana (Petro ha marcado la necesidad de rediscutir los Tratados de Libre Comercio, la política de drogas y de extradición con Estados Unidos) que puede ser un espaldarazo decisivo para la todavía tímida “segunda oleada progresista latinoamericana” como la llama Álvaro García Linera.

El domingo Colombia no solo derrotó en las urnas al neoliberalismo sino a una larga historia de dominación oligárquica mantenida a través de la violencia en un país que es aliado histórico de Estados Unidos en la región, acreedor de una importante biodiversidad, origen de la mayor parte de la coca que circula a nivel global y poseedor de una extensa y porosa frontera con Venezuela. De allí el significado del resultado de esta elección, quizás el más notable de los que se han producido en el último tiempo en nuestra región.

Por supuesto que los desafíos son ingentes. A la irresoluta crisis internacional del 2008 y el generalizado desgaste de la institucionalidad política, Colombia le suma importantes dramas nacionales para un gobierno de cambio.

Pero esa es hoy otra historia. En memoria de Pizarro, de Galán, de Gaitán, de los militantes de la Unión Patriótica y los líderes sociales masacrados, bien vale decir que quizás por fin a partir de ahora en Colombia las aguas empiecen a encontrar su cauce y su pueblo un poco de paz y redención.

(*) Politólogo y docente universitario (UBA y UNAB). Director de Relaciones Internacionales de la Municipalidad de Quilmes.

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