Despojo, resistencia y marcha peronista
Caído el gobierno peronista en septiembre de 1955, por la fuerza y violencia de las armas, en manos de los sectores oligárquicos e imperialistas de nuestro país, el paso siguiente fue destruir los beneficios sociales y económicos del pueblo y transferir la renta a los sectores minoritarios y concentrados del poder.
Cualquier semejanza con lo que ocurre ahora con este gobierno corrupto no es casualidad. A la distancia, son los mismos actores de entonces; las mismas víctimas y los mismos victimarios.
Plan Prebisch: retorno al coloniaje
El 26 de octubre de 1955 se da a conocer la edición oficial del “Informe preliminar acerca de la situación económica” que el asesor económico Raúl Prebisch –contratado- hiciera por encargo de la autodenominada Revolución Libertadora. Para ese entonces se desempeñaba como secretario ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).
Dicho informe comienza afirmando que “La Argentina atraviesa por la crisis más aguda de su desarrollo económico”, una frase que haría historia porque sería caballito de batalla de todos los ministros de hacienda o economía que se sucedieron en el cargo de ahí en más. Les faltaba reconocer que precisamente se estaba cada vez peor, porque aplicaban a rajatabla las recetas económicas del Fondo Monetario Internacional (FMI) al costo político y social que fuese necesario.
Para la realización de su informe, Prebisch contó con el asesoramiento (el zorro cuidando las gallinas adentro del gallinero) de economistas liberales tales como Solá, Brignone, Folcini, Alizón García, Verrier y Krieger Vasena, muchos de ellos luego funcionarios económicos de turno en los gobiernos dictatoriales que se sucedieron.
Se devaluó el peso, lo que encareció el costo de la vida en forma exponencial y se desnacionalizaron los depósitos bancarios, quitándose a su vez todo tipo de control estatal sobre el comercio. Es decir, en este caso y otros, se desmantelaron todas las organizaciones defensivas de la economía nacional que el país había dado forma en años del peronismo (IAPI; Banco Central, Banco de Crédito Industrial, etc.) modificando sus objetivos y desnacionalizándolas o liquidándolas sin más.
Como otra pata de la misma política económica a implementarse se volvió a una economía agropecuaria de neto corte liberal que beneficiaba a la Sociedad Rural y a otros sectores patronales del campo. Se esperaba un aumento de las exportaciones que no se llevó a la práctica y la declinación de los precios internacionales redujo aún más las ganancias que se preveían.
Aquella falta de controles que mencioné anteriormente, hizo aumentar las importaciones de bienes de consumo con el consiguiente drenaje de reservas genuinas y los precios internacionales se dispararon. El resultado general fue una drástica redistribución del ingreso que se desplazó de los asalariados hacia los sectores de mayores recursos.
Es interesante destacar que varios años después, Raúl Prebisch reconoció que su trabajo de 1955 fue redactado en base a la información y a las sugerencias de aquellos colaboradores, reconociendo así –nada menos- que sus datos no eran ni verdaderos ni reales, sino que habían sido bastante tendenciosos, razón por la cual, él tenía la convicción de haber realizado y apoyado sugerencias que no fueron favorables al país. Ni más ni menos. Ya sería tarde para solucionar el desastre que dejaron.
Un patriota que se les planta
Quien en soledad denunció aquel informe, que entusiastamente aplicaba la restauración del liberalismo económico y la entrega de la Nación, fue Arturo Jauretche, desde las páginas de un pequeño diario que se llamaba “El Líder”. Años después dicha denuncia tomaría forma de libro bajo el título de “Plan Prebisch. Retorno al coloniaje”. Del mismo extraigo:
“El Plan Prebisch significará la transferencia de una parte substancial de nuestra riqueza y de nuestra renta hacia las tierras de ultramar. Los argentinos reduciremos el consumo, en virtud de la elevación del costo de vida y del auge de la desocupación. De esta manera no solo aumentarán nuestros saldos exportables, sino que serán más baratos, lo que será aprovechado por el consumidor inglés que ensanchará su cinturón a medida que nosotros lo vayamos achicando.
Jauretche y Perón.
La mayor parte de nuestra industria, que se sustentaba en el fuerte poder de compra de las masas populares, no tardará en entrar en liquidación. Los argentinos apenas tendremos para pagarnos la comida de todos los días. Y cuando las industrias se liquiden y comience la desocupación, entonces habrá muchos que no tendrán ni para pagarse esa comida. Será el momento de la crisis deliberada y conscientemente provocada.
Poco a poco se irá reconstruyendo el estatuto del coloniaje, reduciendo a nuestro pueblo a la miseria, frustrando los grandes ideales nacionales y humillándonos en las condiciones de país satélite (…) Mientras tanto nos iremos hipotecando con el fin de permitir que falsos inversores de capital puedan remitir sus beneficios al exterior. Y como nuestra balanza de pagos será deficitaria, en razón de la caída de nuestros precios y de las cargas de las remesas al exterior, no habrá más remedio que contraer nuevas deudas e hipotecar definitivamente nuestro porvenir. Llegará entonces el momento de afrontar las dificultades mediante la enajenación de nuestros propios bienes, como los ferrocarriles, la flota (mercante) o las usinas”.
Y así pasó y pasa exactamente, Don Arturo, tenía usted toda la razón del mundo.
Comienza la Resistencia Peronista
En las casas también se planificaba y se resistía. Contaba César Marcos, uno de los primeros en organizar la Resistencia Peronista, que los compañeros más decididos, los más resueltos a la acción, para volver a organizarse, recorrían los barrios de Capital Federal y Gran Buenos Aires y se sentían lógicamente como “pez en el agua”.
No era para menos, asevera Marcos: “Allí siempre había una cocina amiga donde tomar unos mates y un sitio seguro donde poder aguantarse si era necesario ¡Las cocinas que hemos conocido! En esos años, el que más o el que menos, los trabajadores ya tenían su casita y su cocina hospitalaria, abrigada en invierno y fresca en verano. Cocinas alegres, limpitas, con su heladera en un rincón, la mesa con el hule, las sillas acogedoras. Y el mate o una cervecita helada, y a veces, en ese entonces, claro, la carne para el asadito en el fondo. No sé hacer poemas –aclara- pero sugiero ese pequeño homenaje que todavía no se ha rendido a las cocinas humildes de nuestras barriadas, que fueron verdaderos fortines del Movimiento Peronista.
Allí se realizaban las reuniones con los compañeros barriales, se distribuía la propaganda, se establecían enlaces, se programaban las pintadas, se planeaba la acción. Allí nos reuníamos en el ámbito mimético de las cocinas, donde todos son iguales y se confunden, donde nadie llama la atención, como en una gran familia”.
Y otro viejo resistente peronista, Enrique Oliva, también tiene que decir algo al respecto. “Era enorme la colaboración de la gente que quería hacer cosas. Recuerdo un caso, cerca del Puente de la Noria, donde teníamos una reunión en una casa muy humilde abarrotada de gente trabajadora. Yo estaba hablando y la dueña de casa nos servía mate. No sabía ya que hacer para ofrecernos cosas, o comida. Todo eran atenciones. En un momento en que ya no sabía que más ofrecernos, me dice: ‘Compañero, ¿quiere que mientras usted habla yo le lave la camisa?’. No podía rechazarle eso. Me saqué la camisa, me la lavó, la secó cerca del fuego y la planchó luego. Nunca vi una camisa mejor planchada…”
Hay un escrito que circuló en Rosario, bajo el título de “Juancito” (Por Perón, obvio) y que, en una de sus notas, titulada “Todo el mundo debe tener uno”, alienta a los peronistas a elegir a su propio “gorila”. Dice así: “Elíjalo en su club o dondequiera. Cuídelo. Pero sea un poco perverso, haga su vida divertida. Cualquier cosa servirá: rompa sus ventanas, haga pis en su jardín, mándela notas anónimas, haga sonar su timbre a las 3 de la mañana. Cuando llegue la hora indicada el hijo de puta sabrá que es un hombre marcado”.
Nuestra marcha peronista; himno de resistencia
Juan Cruz Taborda Varela nos relata una situación represiva con final feliz que acaeció en Córdoba y que volcó en su libro “La Ley de la Revolución”:
“Corría 1956 y regía, en todo el país el Decreto 4.161 que penalizaba la utilización del nombre del líder depuesto. Todo lo que oliera a peronismo era perseguido por el gobierno comandado por el dictador Pedro Eugenio Aramburu.
A comienzo de aquel año, un grupo de amigos de San Francisco, al Este de la provincia, en el límite con Santa Fe, se reunieron en un local céntrico en tren de festejos de cumpleaños. Después del extendido brindis, entrada la noche, cuando cada uno comenzaba a retornar a sus hogares, la despedida, en la vereda, todos juntos, la hicieron al son de la temible marcha ‘Los Muchachos Peronistas todos unidos triunfaremos’, que cantaban abrazados los hombres envueltos en las penas nostálgicas del ayer inmediato, en aquel entonces penuria y dolor.
La marcha mantiene una vigencia notable.
Un policía que oficiaba de guardia en la noche esteña, no pudo evitar la tentación de ser, nuevamente, el brazo de la represión y los detuvo.
Tras el traslado al calabozo, en los inicios de una práctica persecutoria que encontraría su punto extremo en los fusilamientos de José León Suárez, el policía dio aviso al Juez de Instrucción de la ciudad: Héctor Gilly, el amigo de Gustavo Roca. Cuentan las crónicas de la época que Gilly recibió el informe policial y en la misma madrugada llegó a la comisaría, entrevistó y tomó declaración a los amigos cantores. Menos de doce horas después, ‘La Cabra’, como solían decirle al juez por cierto ímpetu que algunos identificaban como locura, decretó la libertad de los reos. Y no solo eso: dictaminó la inconstitucionalidad del decreto que había elaborado el PEN.
El dictador de entonces no temió: suspendió a Gilly de sus funciones y conformó un jury de enjuiciamiento por mal desempeño de sus funciones. Gilly necesitaba defensa. Y ese defensor se llamó Gustavo Roca.
‘Gustavo hizo de la defensa una de sus más hermosas joyas jurídicas y de estilo. Hablaba con elocuencia y con buenas razones jurídicas’, recuerda hoy el abogado Raúl Faure, viejo compañero de ruta del hijo de Deodoro. Aquella defensa de Roca frente al jury de enjuiciamiento se realizó en prolongadas sesiones en la Sala de Audiencias del Tribunal Superior de Justicia de la capital provincial, inundada de dirigentes políticos, abogados y estudiantes.
El asunto logró una popularidad masiva: alguien, un juez, desafiaba a la dictadura; otro, un abogado, lo defendía desde el argumento político. Argumento político, el de Roca, que logró evitar la destitución de Gilly y que, tras el triunfo legal, generó casi una fiesta popular en Córdoba, con un Gilly ovacionado y envuelto en lágrimas.
‘Tanta conmoción se produjo –recuerda Faure- que el gobierno no pudo resistirse al clamor para que se trasladara a Gilly a Córdoba’ algo que ocurrió a los pocos meses, cuando se convirtió en Juez en esta ciudad, ratificado por el senado de la democracia de 1958.
Pocos años después, Gilly llegaría nuevamente a la tapa de los diarios. Pero mientras duró la dictadura, hubo quienes se animaron a cantar la marcha peronista. Tenían quien los defendiera”.
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