“El honor es el único regalo que un hombre puede hacerse así mismo”
Foto portada: Sara Facio.
Comienzo este relato, con un texto que escribió el abogado y periodista Pablo Llonto, un referente de los Derechos Humanos.
“Quiero hacer mención a un grande del Ejército, a un capitán que investigó los casos de los ‘colimbas’ secuestrados-desaparecidos y los plasmó en un libro “El escuadrón perdido”. Un capitán que cuando era cadete le ordenaron arrastrarse, a lo que se negó diciendo: ‘Yo no soy un gusano’. Años más tarde se siguió negando a disolver manifestaciones, a reprimir a secuestrados. Él sostenía que el honor es el único regalo que un hombre puede hacerse así mismo. Un capitán que dijo públicamente: ‘Entre las Madres de Plaza de Mayo y mis camaradas me quedo con las madres’. Esto va dedicado a ese grande, a José Luis D’Andrea Mohr”.
Y el mismo LLonto recordó parte de una charla de D’Andrea Mohr en una universidad a la que fue invitado, donde dijo: “Luego de producido el golpe en 1976 fui convocado a participar de un ‘grupo de tareas’ que tenía la clara misión de detectar, detener, interrogar y eventualmente, eliminar blancos. Los blancos eran personas. Me negué de manera violenta, con armas, y nadie me molestó nunca más. Digo esto para aquellos militares que hablan de haber tenido que cumplir compulsivamente ordenes indignas”.
D’Andrea Mohr fue pasado a retiro con el grado de Capitán del Ejército por una decisión de un tribunal militar en el aciago 1976. Por poner en evidencia a los genocidas fue sancionado en reiteradas oportunidades con arrestos, hasta que, en 1985, fue dispuesta su destitución de la fuerza por un Consejo de Guerra. Supo decir en su defensa:
“¿Qué clase de Reorganización del país requería atacar al colectivismo marxista, en defensa del Occidental Cristianismo, cuando la realidad demuestra que nos embarcaron en la caricatura del liberal-capitalismo, con más pobres, menos ricos, menos producción y sobre todo más muertos y desaparecidos, para los que se pretendió el olvido por ‘documento final’ mezclado con ley de amnistía (…) A esta altura de la historia nacional es inaceptable concebir siquiera como defendibles los actos planeados en la clandestinidad, forzados con las armas y la mentira y ejecutados con la incapacidad e ilegalidad infatuada y sin méritos, acordes con la mediocridad del villano que comulga a Cristo y adora al demonio”.
Con el regreso de la democracia, D’Andrea Mohr se sumó al CEMIDA (Centro de Militares para la Democracia Argentina) y también a la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos). Y tuvo tiempo para recibirse de periodista en el ISER (Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica) lo que le permitió dar a conocer sus notas en diarios y revistas progresistas.

“Su primer libro antes mencionado, ‘El escuadrón perdido’, publicado en 1998 es un minucioso trabajo llevado a cabo a través de años de investigación hurgando en archivos públicos y privados, recogiendo testimonios y cotejando expedientes administrativos y judiciales. Allí daba cuenta del secuestro y la desaparición de 129 soldados del Ejército Argentino, durante los años ‘70” (Eduardo Tabeni. Página 12. 7-3-2014).
D’Andrea Mohr solía decir a quien quería escucharlo que la idea era estar “Todos juntos con un mismo proyecto” como concepto de patria a realizar, a llevar adelante. En un nuevo aniversario del golpe militar, en marzo de 2002 se descubrió una placa conmemorativa en Plaza Flores de esta capital en su nombre y a su memoria, impulsada por los vecinos con anuencia de la legislatura porteña, ya que José Luis era vecino de ese barrio porteño. Fallecido, su féretro fue cubierto con un pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo.
Aporto, además, a esta reseña, un testimonio del propio capitán D’Andrea Mohr, que muestra en esencia como son los sentimientos de un soldado del pueblo en una situación límite: la acción se desarrolla en aquel lluvioso 17 de noviembre de 1972 cuando Perón regresaba a la Argentina:
“Ese día andábamos de patrullaje por las calles de Buenos Aires, con la orden de disolver los contingentes que se preparaban para ir a esperar a Perón. Desde la mañana. En una de las salidas venía al frente de la compañía con su jeep, el capitán segundo jefe de la compañía, Robede (…) Él iba adelante, yo en el jeep mío, y atrás los tres camiones con los soldados de mi sección. Llegamos a Guatemala y Canning, hoy Scalabrini Ortiz. Para ahí. Me llama por radio. Voy. ‘Mire allá’. Miro allá y había unas mil quinientas, dos mil personas en cuatro esquinas. Y me dice este hombre: ‘Vaya, e intime a que se disuelvan’.
No sé, si es la orden más ridícula que recibí en mi vida, pero está en el ranking. Volví al jeep. Me saqué el casco, dejé el fusil, me saqué el cinturón con la pistola y me fui, por Guatemala, caminando hacia la gente. Sin armas, naturalmente. Y mientras caminaba pensaba: ‘¿qué tengo que hacer yo?’. No tenía resuelto el qué. Sí tenía la sensación de absurdo y del ridículo que estaba haciendo, que se acentuaba por el silencio de esa gente, que se puso en silencio absoluto. Yo me oía el ruido de la cabeza.
Cuando voy llegando a toda esa gente, de ahí sale una señora, chiquita, bajita, con un pañuelo en la cabeza, un piloto medio violáceo y raído, un mechoncito blanco. Y se me va acercando, acercando, y se me para adelante. Y la miro así, para abajo, porque era muy bajita. Unos ojos de un celeste que eran…, que me hizo acordar a los ojos de mi abuela que había muerto hacía mucho (y que yo la quería mucho, además). Y me tomó de los brazos, y me dijo: ‘Señor, ¿no nos va a matar, no? Si a mí, me preguntan en qué momento se me acabó la carrera militar, yo no tengo la menor duda que fue en ese, exactamente en ese. Porque esa vieja… viejita, era la Patria. Esa fue la sensación mía. ¿Cómo mierda me va a preguntar la Patria si yo la voy a matar? esa fue mi sensación. Se me puso la garganta gruesa, no podía ni hablar, y me empezaron a caer las lágrimas. Hice lo que me salió. La abracé a la señora y me fui caminando hacia la gente. Y se empezó a abrir un pasillo, y entramos con la viejita. Entramos hasta el medio, no sé hasta dónde. Y entonces la señora se soltó de mí, me volvió a tomar y me dice: ‘Señor, hace dieciocho años que esperamos para ir a verlo al General’.
D’Andrea Mohr en Comodoro Py.
Y ahí se me prendió la luz. Saqué del bolsillo del pantalón el plano de Buenos Aires. 'Ténganmelo' pedí, y les mostré mi sector, donde estábamos, y les dije: ‘estamos acá. En vez de ser todos los que son, divídanse en ocho columnas, y cuando lleguen al borde de este sector, donde yo no tengo nada que ver (y donde no va a pasar nada), divídanse en dieciséis. En vez de ser cada vez más sean menos en muchas columnas, que es así imposible que les disparen’. Empezaron a aplaudir. La viejita me daba besos. Yo lloraba. Era una cosa fantástica…”.
(Tomado de “Soldados de Perón. Los jóvenes oficiales del Ejército y el peronismo durante la Revolución Argentina”. Daniel H. Mazzei. 2015).
Placa de homenaje en la Mansión Seré, Morón.
El 5 de abril de 2023, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y la Dirección de Derechos Humanos del Municipio de Morón, encabezaron un acto en la Casa de la Memoria y Vida de Castelar, en el predio Quinta Seré, en el que descubrieron una placa en memoria y homenaje de José Luis, integrante del Ejército Argentino, y luego activista y periodista, que documentaría las violaciones de derechos humanos perpetradas por la dictadura cívico-militar.
* Este texto de mi autoría es parte de un libro que aparecerá en el curso del año 2026, con el título de “El Ejército Sanmartiniano del Siglo XX”).
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