Cultura Cine

Homo Argentum: un pastiche gorila en clave TikTok

En tiempos de ataques al cine argentino, la película con Francella llega como un tiro en el pie: ridiculiza lo nacional, banaliza los debates y celebra los lugares comunes de la derecha más ignorante.

Desde la primera viñeta queda clara la propuesta de Homo Argentum: un pastiche indigesto y agresivo que condensa las fantasías paranoides de la derecha más rancia de nuestro país. No es una exageración ni una lectura antojadiza: basta con la primera escena para comprobarlo.

En una fiesta de clase media, unos amigos charlan sobre los hijos de una pareja que decidieron emigrar. El diálogo parece sacado de cualquier sobremesa cipaya, ese discurso simplista que asegura que “la salida es Ezeiza” y que alimenta las notas “periodísticas” que celebran lo bien que se vive barriendo calles en Alemania o limpiando baños en Australia. El personaje que interpreta Guillermo Francella intenta matizar esa idealización de lo extranjero, pero pronto cae en una torpe defensa de los valores argentinos frente a España. Y para que no queden dudas de la intención miserable y efectista de la película, la escena se remata con un accidente que parece costarle la vida a otra persona, mientras el protagonista sonríe y baila como si nada hubiera ocurrido. Lo complejo se aplana, lo incómodo se silencia. No hay matices: solo un golpe bajo, rápido, diseñado para ridiculizar incluso a quien osa defender lo propio.

Ese es el corazón de la película. No se trata de generar reflexión o abrir preguntas, sino de clausurarlas. Todo está reducido a pequeñas viñetas que buscan el impacto inmediato, como si fueran videos de TikTok en clave conservadora. Lo que en otras obras de mayor vuelo de la dupla Cohn–Duprat aparecía sugerido, aquí se despliega sin tapujos ni matices. La metáfora ha muerto. Los debates se han cerrado. Y los directores parecen disfrutarlo.

En esta lógica se encadenan las viñetas, todas con Guillermo Francella como centro absoluto. Lo vemos como un empresario que compra unas zapatillas a un pibe humilde. Como guardia que pasa la noche con una chica rica y joven. Como abuelo que trae un regalo de Miami. Como caricatura de “arbolito” de la city porteña. Como cura villero objeto de burla. Como cineasta progresista que maltrata a los indígenas que filma para luego posar de héroe social. Y hasta como varón que evita compartir un ascensor con una mujer por miedo a una denuncia falsa de violación. Una y otra vez, Francella cambia de disfraz pero nunca de registro: siempre es él mismo, multiplicado en versiones superficiales que reducen la realidad a estereotipos fáciles y crueles.Tampoco hay lugar para las risas. En Homo Argentum, hasta Francella parece aburrido de hacer de Francella.

La acumulación de personajes no aporta variedad ni profundidad. Al contrario, refuerza la sensación de monotonía. No incomoda, da vergüenza ajena. El recurso del “múltiple Francella” no se vive como un despliegue actoral, sino como un mecanismo de repetición ambicioso. Es como si se hubiera confiado en la pura presencia del actor, en sus gestos ya conocidos, para disimular la ausencia de guion, de tensión dramática o de verdadera sátira. Una operación de desgaste que termina hundiendo incluso al propio protagonista.

Y aquí aparece la pregunta inevitable: ¿qué pasa con Guillermo Francella? No estamos hablando de un improvisado. Francella demostró su talento en papeles dramáticos como El secreto de sus ojos o El clan, y su carisma popular volvió a quedar claro en El encargado. Incluso en comedias discutibles como Extermineitors III o Papá se volvió loco logró imponerse pese a los lugares comunes. Tiene oficio, timing y versatilidad. Pero en Homo Argentum su talento queda reducido a repetir caricaturas de sí mismo, atrapado en un guion que le niega la posibilidad de complejizar cualquiera de sus personajes. El resultado es una actuación cómoda, previsible, que termina siendo frustrante para el espectador.

El problema no es solo cinematográfico. La película aparece en un contexto donde el cine argentino está bajo ataque, con discursos que buscan desfinanciarlo y desprestigiarlo. En ese marco, Homo Argentum funciona casi como un panfleto en contra de sí mismo: en lugar de defender la complejidad de lo nacional, lo caricaturiza, lo ridiculiza y lo entrega servido a quienes sostienen que la cultura argentina no vale nada. Donde podría haber habido ironía, aparece burla; donde podría haber sátira, hay desprecio.

El grotesco tiene una larga tradición en nuestro cine y nuestro teatro. Puede ser liberador, catártico, incluso profundamente popular. Salvando las distancias —que son muchas— basta recordar Esperando la carroza o, más cerca en el tiempo, Relatos salvajes: ambas obras se ríen de nosotros, sí, pero hay un debate que se abre. La diferencia es crucial. En Homo Argentum solo hay impacto.

Quizás la película sea un éxito de taquilla. Francella sigue siendo una marca fuerte y la maquinaria publicitaria hará lo suyo. Pero el éxito económico no borra el fracaso artístico. Homo Argentum no es una radiografía de la Argentina, sino un espejo deformado fabricado para que odiemos lo que vemos. Una caricatura cruel, clasista y conservadora que no suma nada al cine nacional. En tiempos en que la cultura está bajo ataque, la película no incomoda al poder: lo celebra. Y ahí radica su verdadero fracaso.

author: Juan Pablo Cantini

Juan Pablo Cantini

Nació en 1976 en la Ciudad de Buenos Aires. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UBA, escritor, redactor y tallerista. Fue periodista gastronómico en medios especializados y publicó notas en Tiempo Argentino y Clarín. Su primera novela, Mordiendo en el vacío, fue editada por Notanpuan en 2022. Actualmente coordina talleres de lectura y escritura y trabaja en su segunda novela.

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