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'Me gustan los sonetos que se desvían hacia palabras y lugares inesperados'

Andrea Kobilsky publicó un libro de sonetos con el que homenajea a las selecciones campeonas del mundo de Bilardo y Scaloni. Se llama Futbolsonetos y aparte de haber poemas para Messi y Maradona, El Dibu o Burruchaga, los partidos, imborrables en la memoria colectiva también tienen su lugar. Solo alguien que tiene una relación estrecha y lúdica con el lenguaje puede concebir un trabajo tan rico.

Es muy tierno que los poemas de Fútbolsonetos (Halley Ediciones, 2026), el primer libro de Andrea Kobilsky, estén encabezados con una declaración de amor. Es tierno y comprensible, teniendo en cuenta quiénes son los destinatarios. De ese modo, desde el vestuario, uno se vuelca a la lectura mediado por ese tono, que será una constante a lo largo de los más de cincuenta sonetos que la autora les dedica a los campeones del mundo de 1986 y 2022, tanto a los jugadores que tuvieron minutos de juego en el campo, como a los partidos de ambas competencias, porque no fue lo mismo el partido del debut, en Qatar, contra Arabia Saudita, que la batalla contra Holanda en cuartos de final, o el partido del siglo, en México, por supuesto.

Se trata de un trabajo minucioso, no solo en cuanto a su planificación y estructura, sino en especial, en relación a su escritura, ensamblada en la forma breve de poesía que ofrece el soneto, y más aún, el haiku japonés.

Andrea es politóloga y hace más de veinte años que se dedica a la evaluación de políticas públicas. “Tengo un trabajo en el que investigo y escribo mucho, pero a veces un poco en chiste digo que son temas aburridos y difíciles, como el valor agregado de un programa de aduanas o el impacto de una regulación pesquera en el Mar del Norte”, cuenta.

Por eso, en algún momento ella empezó a escribir, como si fuese un juego, sobre asuntos mucho más informales y descontracturados: los paseos con su perra, la compra en la verdulería, un diálogo que escuchaba en el subte, detalles de los partidos de fútbol de sus hijos, o la pasión desbordada de su esposo, hincha de Temperley, también en relación al fútbol -del ascenso-.

“Siempre me gustó escribir. Creo que arranqué a los cuatro o cinco años. Con mi familia nos habíamos mudado de Buenos Aires a Caracas y los domingos a la tarde mi mamá se sentaba en la mesa del comedor con el block de hojas de papel avión, un lápiz negro, y una lapicera, y escribía cartas largas para mis abuelos, tíos y primos. Yo me acomodaba al lado suyo. Al principio hacía dibujos, después copiaba letras y palabras, más tarde empecé a escribir cartas e incluso cuentos. El ritual de las cartas de los domingos era una manera de llenar un vacío. Escribir nos hacía estar más cerca de la familia”.

Transitó la adolescencia, la juventud, estudió una carrera, conformó una familia, y recién hace cinco años decidió anotarse en un taller de escritura. “Hice de narrativa, poesía y guion, participé en mundiales de escritura y lectura, y también en residencias literarias con Alejandro Zambra, Santiago Llach y Rafael Otegui”, cuenta. En el último tiempo publicó un puñado de críticas de cine, notas periodísticas y hasta relatos cortos, pero el gol de mitad de cancha lo metió en el último año, al escribir los cincuenta sonetos y treinta haikus que conforman su primer libro: Fútbolsonetos.

La primera pregunta que uno se hace como lector es con quién compartiste esos ocho pisos por ascensor, en qué circunstancias, y si le hiciste llegar tu producción poética (¡vaya que te inspiró!).

En realidad, lo de los ocho pisos por ascensor surgió a partir de una consigna en un taller de escritura en la que había que escribir un relato que transcurriera en un ascensor. La premisa del poemario nace de una pregunta. ¿Qué pasaría si tuviera ocho pisos a solas en un ascensor con cualquiera de mis ídolos? ¿Qué le diría a cada uno de ellos? Sospecho que, si me pasara en la vida real, me pondría roja y me daría mucha vergüenza y no me saldría decir una palabra. De hecho, cuando tenía dieciséis o diecisiete, un par de años después del Mundial de Italia, me lo crucé a Caniggia en la calle. Íbamos con mi hermano, que le gritó ‘¡Grande, Claudio Paul!’ y yo quise que el asfalto se abriera y me tragara. Lo lindo de la escritura es la posibilidad de decir lo que uno no se anima a decir en otras circunstancias.

¿Cómo y cuándo se te ocurrió realizar este homenaje? 

El primer soneto que escribí fue el de Di María. Había visto un posteo en redes del Fideo con sus hijas, que se llaman Mía y Pía Di María. En ese momento hacía taller con Loyds, que nos insistía en que tuviéramos cuidado con la rima involuntaria en nuestros textos. Se me ocurrió que el soneto a Di María tenía que ser una crítica literaria. En el poema le digo que es el rey de la rima involuntaria, y que sus hijas van a putearlo en la secundaria, aunque también le reconozco que tiene una gambeta extraordinaria.

Cuando terminé el de Di María, seguí con el del Dibu Martínez, el Cuti Romero, Nahuel y Tagliafico, y completé sonetos para los todos jugadores que entraron como titulares o suplentes en la final contra Francia. También le escribí uno a Scaloni, y estaba tan entusiasmada que seguí con sonetos por cada partido que jugamos en Qatar, y después quise hacer el mismo homenaje para los campeones de México 86, porque fue el primer Mundial del que tengo memoria deportiva de chica, y qué Mundial hermoso. Me queda como asignatura pendiente el Mundial del 78.

El libro fue editado y publicado por Halley Ediciones.


¿Los pornosonetos de Mairal fungieron como fuente de inspiración?

Fueron una fuente de inspiración, sí, y el título del poemario busca ser una suerte de homenaje a sus sonetos. También lo menciono en el segundo poema, donde reconozco que a partir de los pornosonetos de Mairal dedicados al cuerpo femenino, yo miro al universo masculino y le declaro mi amor y mis respetos.

¿Por qué decidiste realizar tu homenaje o reconocimiento con esta forma breve de la poesía?

Hace un tiempo me encontré con una entrevista a Mairal en la que contaba que la métrica y la rima del soneto le habían dado más libertad para crear. Decía que la forma rigurosa del soneto le susurraba la elección de las palabras. Me sentí muy identificada con esta idea. Las reglas del soneto, en lugar de limitarme, me impulsaron a jugar con las palabras y a combinar e inventar cosas a las que por ahí no me hubiese animado con otro formato. Me dieron la posibilidad de bifurcarme. Por ejemplo, en el soneto a Pezzella, le digo:

con barba tenés perfil de prohombre
alguno con estatua en pueblo anejo
o con nombre de calle en barrio viejo
o con cartel de chapa color cobre

En el soneto de la semifinal contra Bélgica en el 86, en la que Diego mete dos goles de otro planeta, lo cargo siempre con cariño al arquero belga:

el arquero juró por su mamá Helga que a Diego le iba a pedir la chamarra
el diez le iba a clavar dos de pizarra
lo convirtió en buñuelito de acelga

Dalma Maradona ya tiene su ejemplar de Futbosonetos.


¿Utilizaste algún método para escribir los cincuenta sonetos (y los treinta y ocho haikus)? No es tarea sencilla hacer rimar tantos versos, y que aparte sean endecasílabos. 

Usé mucho los dedos de las manos. Me la pasaba contando sílabas. Escribía en todo momento. Iba caminando por la calle o me levantaba de noche con alguna idea o frase y contaba las sílabas e iba modificando detalles hasta que llegaba al verso endecasílabo. Usaba el teléfono para ir anotando o me mandaba audios con los versos que se me ocurrían. También volví a ver goles y pedazos de partidos, leí entrevistas a jugadores y a entrenadores, busqué datos que fueran más allá del fútbol, como el lugar en el que habían nacido, segundos nombres, apodos, tatuajes, cábalas, hobbies, anécdotas. Me dejé llevar. Tenía una idea de cómo empezaban los sonetos, pero no sabía dónde terminaban. Los que más me gustan son los que juegan con elementos fantásticos. Los que se desvían hacia palabras y lugares inesperados.

¿Ya habías escrito sonetos?

Había escrito algunos sonetos y haikus como ejercicios en talleres. Pero fueron intentos o ejercicios sueltos. Antes de los sonetos a los campeones de Qatar y México, les dediqué sonetos a algunos actores y directores de cine. Arranqué defendiendo a comediantes de la nueva comedia norteamericana que me gustan mucho y que alguna gente critica, como Adam Sandler, Owen Wilson y Ben Stiller, y le dediqué uno a Martin Piroyanski también, y otro a Nanni Moretti, un director italiano del que soy muy fanática.

Más arriba mencionas una mudanza a Venezuela. ¿Cuándo y por qué se fueron? 

Nos fuimos del país en el 78. Mi papá se había recibido de ingeniero y trabajaba con su papá. Era jóven, tenía dos hijos chicos, y quería independizarse del mandato familiar. Tenía la fantasía de que iba a encontrar un trabajo en la industria del petróleo en pleno boom de Venezuela. Y de paso, vivir en un país donde hiciera calor todo el año y hubiera mar cerca. También tenían amigos y primos que se habían exiliado en Venezuela. Había una comunidad grande de argentinos allá.

Y mencionaste el ritual de las cartas de los domingos como “una manera de llenar un vacío”. ¿A qué tipo de vacío te referís? 

A la distancia con la familia. En Buenos Aires, los domingos había almuerzos familiares en lo de mis abuelos que duraban toda la tarde. Hasta que el cielo se ponía azul con rayas naranjas y había que volver porque el lunes arrancaba la semana. El ritual de las cartas nos acercaba a los abuelos, tíos y primos que estaban tan lejos. Era lindo escribirlas y por supuesto también recibirlas.

¿Te gusta el fútbol? ¿Sos hincha de qué club? ¿Vas o has ido a la cancha?

Me encanta el fútbol. En realidad, me gusta el deporte en general. Soy deportista desde chica, jugué muchos años al hockey, y ahora me dedico al tenis. Me gusta practicarlo. Cuando entro a una cancha, me pasa algo parecido a cuando me siento a escribir. Siento una libertad enorme y libero tensiones y canalizo conflictos. También me encanta ver deporte. Nada que me guste más que ir a ver a mis hijos cuando juegan al fútbol.

Soy hincha de Boca, pero vivo a diez cuadras del Monumental y mi hijo menor juega al fútbol en River. Por otro lado, mi marido es fanático de Temperley. Cuando el Cele ascendió a primera hace unos años, nos asoció a todos y fuimos a la cancha religiosamente a ver todos los partidos cada vez que jugaban de local. En casa se ve fútbol a toda hora. Y ahora que se viene el Mundial, más todavía.

Si en un mes levantamos la cuarta copa, ¿alcanzará la brevedad y síntesis de los sonetos para expresar semejante euforia colectiva?

Si en un mes salimos campeones, renuncio a mi profesión y me vuelvo sonetista.

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Andrea presentará el libro hoy martes 9 de junio en El rincón de Loyds, Parera 50, CABA, a las 18 horas, junto al escritor Loyds.

author: Mariano Abrevaya Dios

Mariano Abrevaya Dios

Director de Kranear. Escritor.

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