Abel Alexander, uno de los hombres que más sabe sobre la técnica y la historia de la fotografía en Argentina y con quien tuve la fortuna de compartir trabajos y muestras en la Biblioteca Nacional, nos recuerda, los nombres de los fotógrafos Christiano Junior, Tomas Bradley, Félix Corte, los hermanos Samuel y Arthur Boote, Ernesto Schlie, Federico Kohlmann, que figuran entre los precursores que registran el progreso del país a través del mundo del trabajo y la producción entre 1860 y 1940.
Debe decirse que el retrato ocupacional es un género fotográfico que se generalizó a partir de 1860 a través de las denominadas “carte-de-visite” donde los retratados posaban con sus elementos de trabajo en los primeros estudios fotográficos.
Es la época en la que actividades primarias de la economía comienzan a ser documentadas como “oficios populares”.
Poco después y gracias al surgimiento de innovaciones en la técnica fotográfica (procedimiento negativo-positivo y copias en papel albuminado) los fotógrafos salen de sus estudios y trasladan sus equipos al exterior.
Se documentan así las actividades de las estancias (yerra, rodeo, esquila, cosechas, ingenios azucareros) en distintas provincias y las actividades en las calles de las ciudades (pescadores, vendedores, obreros, operarios, imprentas, las primeras industrias con sus maquinarias y escuelas).
Pero ese universo de fotografías estáticas y mudas donde muchos de los retratados, nos interpelan ya sea desde una pose o desde una mirada, esconde otro mundo en permanente conflicto.
Esa realidad oculta la exponen doce años antes, en 1848, Carlos Marx y Federico Engels en su “Manifiesto Comunista”. Y en su introducción el Manifiesto asevera que: “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases”.

Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras, franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes.
En los tiempos históricos encontramos a la sociedad dividida casi por doquier en una serie de estamentos, dentro de cada uno de los cuales reina, a su vez, una nueva jerarquía social de grados y posiciones.
En la Roma antigua son los patricios, los équites, los plebeyos, los esclavos; en la Edad Media, los señores feudales, los vasallos, los maestros y los oficiales de los gremios, los siervos de la gleba, y dentro de cada una de esas clases todavía nos encontramos con nuevos matices y gradaciones.
La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.
Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase.
Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado.

¿Y en nuestro país qué ocurre?
Debemos remitirnos a dos sucesos ocurridos durante la segunda presidencia de Julio Argentino Roca, en un segmento de tiempo muy corto.
1. La Ley 4.031, de servicio militar obligatorio, impulsada por el ministro Pablo Ricchieri, buscó la incorporación de jóvenes de 20 años para la instrucción militar. La primera convocatoria fue en 1902 y mostró la precaria situación sanitaria de la población joven: el 46% de los convocados no reunía las condiciones de talla y peso mínimo para su incorporación. El estado general de los convocados evidenciaba síntomas de desnutrición y huellas de enfermedades evitables. Y todos esos muchachos en su gran mayoría, debe recordarse, eran trabajadores.
2. Informe sobre “El Estado de las Clases Obreras en el Interior de la República”.
Editado en 1904. A principios del siglo XX, el ministro del Interior, Joaquín Víctor González, encomendó al Dr. Juan Bialet Massé, médico, abogado y profesor, elaborar un informe sobre las condiciones de vida de la población obrera en todo el país.
Bialet Massé era un español perseguido por sus ideas republicanas que arribó a nuestras tierras.
Como resultado surgió el Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República.
Obra de gran relevancia histórica, dada que fue la primera en plantear cuestiones como el trabajo de mujeres y niños, la inspección del trabajo, los trabajos prohibidos, los primeros contratos, los salarios, el descanso semanal, los contratos de aprendizaje, los conflictos entre la patronal y los incipientes sindicatos, entre otros temas.
El informe da cuenta de la inserción en el mercado laboral de inmigrantes, criollos e indígenas. Describió atrocidades patronales que observó “in situ” y recomendó soluciones.
A quienes le encargaron el informe, les explicó cómo fue su metodología de trabajo:
“Donde he podido y mis fuerzas o mis conocimientos han alcanzado, he tomado las herramientas y hecho el trabajo por mí mismo, para sentir las fatigas; así he entrado a las bodegas de los buques y he tomado la guadaña para cortar la alfalfa y he hecho medio jornal sentado en la segadera, al rayo del sol, en mangas de camisa…
… Al hacer esto he procurado, y creo haberlo conseguido, prescindir de toda teoría o sistema, y aun de mis propias ideas socialistas y de los recuerdos de mis libros y estadísticas, para atenerme puramente a la apreciación de los detalles de los hechos”.
Podemos decir, sin temor a equivocarnos que Bialet Massé ha sido un precursor de la justicia social en nuestra patria.
Cuando en el informe citado, deja por escrito y asentado que “la primera y más grande afirmación que creo poder hacer es que he encontrado en toda la República una asombrosa ignorancia técnica, más en los patrones que en los obreros”.
Para continuar diciendo:
“La codicia no deja ver que el obrero no es un instrumento de trabajo indefinido, sino que es un ser capaz de un esfuerzo máximo, en un tiempo dado, si tiene el alimento y el cuidado suficientes”.
Deberían pasar 45 años para que esa justicia social anhelada fuese una realidad vigente.
La moderna reforma constitucional peronista de 1949 incorpora con fuerza de ley los derechos del peón de campo y los derechos del trabajador.
Estatuto del peón de campo
El decreto-ley de 1944 estableció por primera vez derechos fundamentales para los trabajadores del campo: salarios mínimos, estabilidad laboral, descanso semanal, vacaciones pagas, vivienda digna, provisión de alimentos y ropa de trabajo, asistencia social y pago en moneda nacional. Se impulsó además la creación de los Tribunales del Trabajo y se fortaleció la intervención estatal en defensa de los sectores más postergados.

Los derechos del trabajador
Fueron proclamados en acto público el 24 de febrero de 1947.
Por una cuestión de tiempo enunciaré los diez, pero solamente desarrollaré el concepto de los dos primeros.
Derecho a trabajar. El trabajo es el medio indispensable para satisfacer las necesidades espirituales y materiales del individuo y de la comunidad., la causa de todas las conquistas de la civilización y el fundamento de la prosperidad nacional, de ahí que, el derecho de trabajar, debe ser protegido por la sociedad considerándolo con la dignidad que merece y proveyendo ocupación a quien la necesite.
Derecho a una retribución justa. Siendo la riqueza, la renta y el interés del capital frutos exclusivos del trabajo humano, la comunidad debe organizar y reactivar las fuentes de producción en forma de posibilitar y garantizar al trabajador una retribución moral y material que satisfaga sus necesidades vitales y sea compensatoria del rendimiento obtenido y del esfuerzo realizado.
Derecho a la capacitación.
Derecho a condiciones dignas de trabajo.
Derecho a la preservación de la salud.
Derecho al bienestar.
Derecho a la seguridad social.
Derecho a la protección de su familia.
Derecho al mejoramiento económico.
Derecho a la defensa de los intereses profesionales.
Esta reforma de la Constitución tuvo por objeto, dijo el presidente Juan Domingo Perón, instaurar un régimen justo y humano, sin privilegios y sin lucha de clases “donde la fraternidad y el amor presidan las relaciones entre todos los argentinos”.
Nada más por el momento. Muchas gracias por escucharme.

Palazzo, Baschetti y dos autoridades: uno de la Bancaria y otro de la Biblioteca Nacional.
Sigamos conectados. Recibí las notas por correo.