Venezuela: ¿Lucha contra el narcotráfico o geopolítica del petróleo?
Los últimos hechos de la administración Trump dan cuenta del despliegue de destructores, submarinos y aeronaves en el Caribe venezolano, reavivando nuevamente el fantasma de una intervención militar directa en la Patria de Bolívar. Desde Washington argumentan que el motivo de tal movilización es la lucha contra el narcotráfico y señalan al presidente Nicolás Maduro como principal líder de una organización delictiva representada en el denominado “Cartel de los Soles”, estructura supuestamente ligada al narcotráfico. Ante esta interpretación —hegemónica desde la perspectiva del poder— vamos a profundizar en lecturas más elaboradas, que asocian esta nueva aventura imperial con una lógica de rapiña escondida en la reedición de la geopolítica del petróleo, y en paralelo con la necesidad de la administración Trump de reafirmarse en el viejo mandato de los Estados Unidos como gendarme de América.
El relato imperial
Si nos atenemos a las informaciones periodísticas de medios nacionales con inclinaciones cipayas en política internacional, o a medios estadounidenses que históricamente oficiaron como secuaces ideológicos de las aventuras militares de Estados Unidos en la región, observamos cierta expectativa en torno a un desembarco norteamericano en la tierra de Bolívar.
Sin embargo, hasta ahora los analistas coinciden en que se trata de una diatriba belicista tanto por parte de Donald Trump como de Nicolás Maduro, señalando que hasta el momento la disputa se limita a una guerra retórica. A pesar de ello, en las últimas horas Estados Unidos corrió el límite de las palabras hacia los hechos al derribar un barco venezolano.
De a poco, la presión y el espectáculo político parecen transitar hacia la posibilidad de una invasión.
Desde el punto de vista militar, asombra la velocidad del despliegue naval imperial, que da muestras de un accionar no inocente. Especialistas advierten que no se trataría de una invasión frontal (Estados Unidos no emplea esa estrategia desde hace mucho tiempo y, cuando lo hace, suele ser a través de sus satélites al igual que el Estado de Israel). En Venezuela, en cambio, se percibe una estrategia de presión multilateral que combina acciones psicológicas, bloqueos económicos y logísticos, y la posibilidad de levantamientos internos, episodios a los que el pueblo venezolano se ha acostumbrado desde el arribo de Hugo Chávez al poder.
Un patrón que se repite…pero, ¿hay algo nuevo?
Si analizamos otros medios más vinculados a la causa de la Patria Grande, los hechos se enmarcan en el patrón histórico de las intervenciones norteamericanas en la región.
Esta vez, bajo la excusa del narcotráfico, se encubren los verdaderos intereses asociados a los recursos energéticos, fundamentalmente las reservas de petróleo.
Esa línea responde a una continuidad de la Doctrina Monroe. Manuel Ugarte, extraordinario pensador latinoamericano, sostenía que dicha doctrina, formulada en 1820, otorgaba a Estados Unidos el rol de fiscal en la vida económica, social y política de América del Sur. La Doctrina Monroe era en realidad una cortina para esconder la política colonial: el inicio de un ciclo de injerencia, bajo la excusa de imponer la civilización sobre la barbarie de los nuestros países.
Si actualizamos esta síntesis, podemos decir que se intenta vincular a Maduro con la idea de caudillo incivilizado: donde antes se decía “barbarie”, hoy se invoca al “narcotráfico”. La lucha contra esta modalidad delictiva se presenta como la llegada de la civilización; todo lo que queda fuera de esa categoría es sospechoso de ser bárbaro, es decir, narcotraficante.
Sin caer en lecturas lineales que asimilen el pasado con el presente, conviene preguntarnos: ¿qué tiene de nuevo, y qué de viejo, esta avanzada imperial? ¿Cuál es la forma de enfrentarla? ¿Cuál es el riesgo de hacerse el distraído?
Juan Bosch y las guerras de América
Juan Bosch, principal teórico y político de República Dominicana, sostenía que los hijos de América conocimos cuatro tipos de guerra: coloniales, de independencia, internacionales y civiles. Esta clasificación le permitía tener un nomenclador de las guerras en un continente que, en su tiempo, aún luchaba por conquistar la independencia definitiva.
Para Bosch, las guerras de independencia se concentraron en los primeros años del siglo XIX; las internacionales surgieron de conflictos de límites; las civiles fueron las más prolongadas y, en muchos casos, derivaron en guerras sociales. Bosch nunca llegó a presenciar un escenario que combinara los cuatro tipos de guerras. Hoy, sin embargo, esa situación parece posible en Venezuela:
- El pueblo lucharía por su independencia.
- Se enfrentaría a una invasión extranjera.
-Una parte de la población podría iniciar una guerra civil apoyando al invasor, en un acto de traición a la Patria de Bolívar.
-Todo ello obligaría al pueblo venezolano a librar una guerra de carácter social para ser dueño de su destino.
Lo interesante es que Bosch señalaba al Caribe como primera y última frontera contra el imperialismo, lo que muestra que el accionar estadounidense tiene poco de novedoso. La posición geográfica lo convirtió históricamente en frontera del imperio y reservorio de patria. Esto es lo que está en juego: hasta qué punto Estados Unidos se anima a correr una frontera que conoce, pero que en otras ocasiones se le volvió resbaladiza.
Ya en la década de 1950, Bosch advertía que el Caribe se había convertido en escenario de disputa por sus recursos, especialmente metales preciosos, y aun antes de que el petróleo se volviera el gran botín. En definitiva, la historia del Caribe siempre fue la lucha de los imperios contra los pueblos, y éstos conservan en su memoria histórica los genes de la resistencia.
Una amenaza regional
Seríamos ingenuos y egoístas si consideráramos que la avanzada imperial es un problema exclusivo de los venezolanos y que terminará en la tierra de Bolívar. Hugo Chávez, como pensador y estratega, sostenía en 2009 que América Latina aún no había completado su independencia: faltaba fortalecer los lazos de unidad. De allí su impulso a la construcción de UNASUR.
El discípulo de Bolívar advertía que la división continental favoreció históricamente el accionar imperial. En Chávez se percibía un guiño a la lectura de Jorge Abelardo Ramos, quien afirmó: “América Latina no está dividida porque sea subdesarrollada, sino que es subdesarrollada porque está dividida”. La unidad era, para Chávez y para los hombres de su generación, el camino para superar el subdesarrollo. Éste último se sostuvo en Nuestra América como consecuencia de la dependencia, la extranjerización de la economía y las estructuras productivas orientadas a la monoproducción: continuidades que el imperio pretende reactivar.
Hoy Venezuela vuelve a ser campo de disputa en el tablero energético mundial. Con esto se descarta la falacia imperial de la lucha contra el narcotráfico. Queda por ver hasta qué punto la apuesta militar busca condicionar al gobierno de Maduro: ¿se pasará de los gestos a la acción?
Para la vicepresidenta Delcy Rodríguez estamos ante una nueva mentira geopolítica. En esa línea, Nicolás Maduro agradeció la “solidaridad impresionante” recibida desde distintos rincones del mundo frente al despliegue militar. Por su parte, Diosdado Cabello, destacó la inscripción masiva de miles de venezolanos en la milicia, preparándose para un eventual ataque.
En Venezuela empieza a vislumbrarse un pueblo en armas en lucha por su soberanía. Pero será cuestión de América Latina advertir y condenar la mentira imperial: la amenaza no es solo contra los herederos de Chávez, sino contra todos los países del Sur.
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