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Apuntes sobre el streaming y la construcción política

Que la dirigencia no está a la altura de la circunstancias es una de las frases más escuchadas en los canales de streaming del ecosistema digital progresista. Las plataformas crecieron mucho en audiencia por el avance tecnológico y también por la falta de representatividad del último tiempo, pero Bandieri, autor de la nota, defiende el rol de la dirigencia y las organizaciones populares y se pregunta cuáles son las motivaciones de estos actores del mundo digital.

29 de Agosto de 2025

Por Diego Bandieri

“Si yo fuese dirigente no lo llenaría”, responde Pedro Rosemblat cuando Ernesto Tenembaum, apenas comenzada la entrevista, afirma que ningún dirigente peronista llenaría un estadio. Se refieren al evento que organiza el canal de estrimin Gelatina en el estadio de Argentinos Juniors, el próximo diciembre.

Uno no es consumidor asiduo de estos formatos, pero por recortes o comentarios, le llegan algunos rebotes de lo que sucede allí (sobre todo algún fragmento de Rebord o algún jingle de Gelatina). Como son “populares”, trata de prestarles atención a ver qué pasa ahí.

En esa tarea es frecuente encontrarse con afirmaciones del tipo “la dirigencia no está a la altura”, “hay que dar las discusiones”, “sólo les importa la interna”, “hay que encontrar nuevas formas de hacer política”, “las listas están armadas de espaldas a la gente”, etc. Esas sentencias reaparecen en conversaciones en todos los ámbitos donde, gracias a Dios, todavía se discute política.

El tema es que después de horas de intentar comprender qué significaría “estar a la altura”, qué discusiones son las que no se dan o cuáles son las “nuevas formas de hacer política” que los estrimers sugieren, resulta muy difícil sacar algo en limpio.

No está claro si se le demanda a la dirigencia construir un aparato comunicacional como el que diseñó Santiago Caputo (con una línea elaborada en la cúpula que repiten los voceros en Twitter, voceros que, una vez retuiteados por el presidente, adquieren muchos seguidores y generan la sensación de que el mensaje viene “desde abajo”), si la propuesta es que la dirigencia replique el esquema de los estrimins, donde después de un rato de discusión entre los conductores se leen aleatoriamente algunos chats o se escuchan audios de Whatsapp de la audiencia, o si sencillamente quieren influencers en las boletas y les da vergüenza decirlo.

Tomas Rebord, otro de los grandes actores del mundo streaming.

De más está decir que no todos los programas son iguales, ni las líneas políticas que expresan son compartidas. Hay gente más conservadora, gente más progre, gente que hace todo lo posible por evitar ser encasillada (y que, en esa búsqueda, dice una cosa un día y la contraria al día siguiente). Sin embargo, lo que sí parece ser compartido es el sentimiento de frustración, desánimo o bronca contra una dirigencia que no le encuentra el agujero al mate.

Esa crítica presupone que ese agujero es gigante y está a la vista, y que los dirigentes, por cómodos o carentes de voluntad, evitan verlo. Así como Milei aprovechó y fogoneó la frustración general (con un Capitalismo que ya no caretea rostro humano) y encontró en la casta un chivo expiatorio responsable de todos los males de la Patria, de este lado, a veces, hacemos lo mismo con la dirigencia.

Ahora bien, cuando nos detenemos a evaluar dónde encontró Milei más obstáculos para llevar adelante su “Plan de Gobierno”, no parecieran ser las acciones de la sociedad civil o las movilizaciones populares las que se destaquen (más allá de las multitudinarias pero aisladas marchas que no arrojaron resultados concretos). Las características del mundo actual (la atomización extrema de las experiencias de vida y la consecuente dificultad para construir relatos que apliquen a esa heterogeneidad, la caducidad de estructuras de representación como los sindicatos cuando el trabajo formal es cada vez más excepcional, la angustia mezclada con ansiedad multiplicadas por horas diarias de pantallas) lo explican. Paradójicamente, donde sí encontró el gobierno libertario mayor oposición fue en el Congreso, donde reside la dirigencia.

Cabe aclarar que si hablamos de dirigencia es porque a alguien dirigen: organizaciones políticas, gremiales, sociales y culturales que son, cuando la cosa funciona, ojos, oídos, voces y manos de los dirigentes en los territorios. Sin ese laburo silencioso, anónimo, colectivo y coordinado, los dirigentes no tienen fuerza.

Si coincidimos en eso, resultan más chocantes aún los discursos que responsabilizan a nuestra casta del estado de situación. Muy probablemente no sea adrede o consciente ese contraste entre “una dirigencia aislada y falta de voluntad” y “las nuevas formas de hacer política” que proponen desde los estudios, pero en la práctica retroalimentan la frustración.

El santafesino Germán Martínez conduce el bloque de Unión por la Patria en la Cámara de Diputados.

No pareciera que el saldo de transmisiones para 30 o 50 mil personas donde se critica a “los dirigentes”, entre jingles y edibordiales, sean nuevas formas de organización. Más bien parecieran obrar como espacios de catarsis y entretenimiento que generan la sensación de estar “participando de la discusión” mientras viajamos en subte entre cuatro trabajos o preparamos la comida.

Como me hacen notar algunos lectores preliminares, el problema es que de alguna manera los estrimers representan (de hecho, hoy nos preside un espécimen de esa familia, y la coyuntura se está encargando de demostrar las debilidades de una construcción de ese tipo).

Sería interesante, entonces, que esa representación no se alimentara del desánimo general ni lo reforzara, y que pudiera ponerse al servicio de alguna forma de organización (o crear una nueva) que trascienda los fines de lucro.

Porque, en una de esas, sí existe algún dirigente capaz de llenar estadios y no es condición para hacerlo “no ser dirigente”.

Porque, quizás, “no hicimos nuestro 17 de octubre cuando metieron presa a Cristina, sino que marchamos unas horas y después nos fuimos a casa” (como sugirió Rosemblat) justamente porque la característica de estos tiempos es la dificultad para comprometerse con algo que demande tiempo real y presencia física, y arroje frutos en el largo plazo.

Tal vez no debamos pedir a los estrimins más que momentos de ocio y desdramatización híper necesarios en esta época gris. Porque hay algo ahí, pero no una comunidad (pese a lo que sostiene el marketing para fidelizar audiencia) que permita participación real, más que como espectadores o replicadores.

Los espacios analógicos que construyen comunidades reales todavía existen y es imprescindible crear nuevos. Participar de ellos es nadar contra una corriente que nos lleva a la diferenciación y la vanidad, los fueguitos y la “satisfacción” inmediata. Pero si esta distopía tecnoporonga e inhumana tiene salida, quizás la encontremos en lugares donde el otro tiene cara, nombre, olor, lagañas, muletillas, angustias y nervios.

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