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Rentas: homenaje a cuatro trabajadores desaparecidos

Por iniciativa del gremio de los municipales, el acompañamiento del organismo tributario de la Ciudad, y las baldosas de Barrios por la Memoria, el martes 2 de septiembre se realizó un emotivo acto, bajo una persistente llovizna. La palabra de Ricardo Dios, familiar de uno de los homenajeados, y hermano del cronista de esta nota.

Fotos: Prensa de la AGIP.

Desde el 2 de septiembre de 2025, quienes ingresen o salgan del edificio de la AGIP (Administración Gubernamental de Ingresos Públicos), en Viamonte y Suipacha, verán dos baldosas que recuerdan a cuatro trabajadores de la casa que fueron víctimas del terrorismo de Estado.

Lo dijo con claridad Ricardo Dios, sobrino de Eduardo Said, unos de los homenajeados, al hablar frente a los trabajadores que participaron de la actividad: el gesto institucional de reconocer a un desaparecido, en el contexto político actual, es casi un acto de heroísmo.

La idea de homenajear a los trabajadores desaparecidos del organismo provino de SUTECBA, el gremio de los municipales. Las autoridades políticas de la casa acompañaron la iniciativa y pusieron a disposición los recursos para la realización del acto. La tercera pata del homenaje correspondió a Barrios por la Memoria, un espacio de militancia que se dedica a confeccionar y colocar baldosas conmemorativas de las víctimas del Terrorismo de Estado en sus lugares de trabajo, viviendas o el espacio público donde los secuestraron.

Comenzaron a caer del cielo encapotado gruesas gotas de lluvia justo en el momento que la locutora se paraba detrás del atril, lista para dar comienzo al acto. El director del organismo, sus asesores, y también el ministro de Justicia de la Ciudad, hombre de Mauricio Macri, cruzaron miradas y algún cabeceo. Se decidió esperar unos minutos.

El acto fue tan emotivo como necesario.

Fue ahí que mi hermano Ricardo me comentó que los familiares iban a hablar en el acto, y que él lo haría en nombre de Eduardo, el tío de él y de su hermana María. Unos minutos antes los había recibido el director de la AGIP, y la reunión, para su sorpresa, había sido muy buena.

Ya paró, vamos, vamos: el personal a cargo de la organización del acto llamó a todos los que estábamos resguardados en un hall lateral, a que volvamos a la plaza seca, porque el evento, ahora sí, iba a comenzar. Un minuto después, la locutora dio las palabras de bienvenida, hizo las presentaciones protocolares y se metió de lleno en el homenaje al leer las historias de vida y el paso por el organismo de los cuatro trabajadores desaparecidos: Armando Oscar Amadio, Hernán Jorge Henríquez, Alberto Senar y Jaime Eduardo Said, el tío de mi hermano y de María, hermano de la madre de ambos, Judith, una abuela para mí.

Primero se proyectó un video con el trabajo previo de confección de las baldosas, de parte de los integrantes de Barrios por la Memoria. Mientras trabajaban con cemento, arena, tejido de alambre y venecitas, contaban la finalidad de su trabajo militante: preservar la memoria. Y una de ellas, presente ahora en la plaza seca con una remera del Nunca Más, celebraba que el gremio haya avanzado con la iniciativa del homenaje.

Luego habló uno de dos familiares de los homenajeados: el hermano de Alberto Senar, y su intervención fue cortita y al pie: luego de celebrar la iniciativa, y recordar a su ser querido, contó que militaba en una agrupación socialista y que esa fue la razón por la que lo secuestraron y desaparecieron: su militancia política y gremial.

Y llegó el momento de que hable Ricardo. Mientras caminaba los cinco pasos que lo separaban de la tarima, su corazón debía ser una pelota número cinco  rebotando dentro de su pecho. Su madre, Judith, una peronista que milita la causa de la justicia social desde cincuenta años, se quedó de pie al costado del atril.

“Somos una familia que sufrió una tragedia, pero somos una más de otras miles de familias que sufrieron la dictadura. Tenemos desaparecida al ochenta por ciento de la familia (y enumeró: mi papá, el papá de mi hermana, mis dos tíos, sus parejas, la hermana de una de esas parejas), y por suerte –señaló a su madre - crecimos siempre con la verdad sobre nuestra historia, y todo eso lo convertimos en militancia y acción política. Nuestros familiares –y toda aquella generación diezmada, como dijo Néstor Kirchner- tenía una muy fuerte pulsión de vida, tan fuerte que los acercaba, quizá, a la muerte. Y nosotros nos quedamos con su pulsión de vida. Vivimos de manera muy intensa nuestras vidas, y eso es lo que quiero reivindicar de nuestros familiares desaparecidos”.

En algunos pasajes del relato, mi hermano se atragantaba por la emoción y la angustia. Incluso se disculpó, porque es una persona muy correcta. Y volvía a las palabras, frente a un micrófono que las amplificaba en la plaza seca y alrededores.

Ricardo Dios y su madre, Judith Said.

Empezó a gotear otra vez. Ricardo contó que decidió ser abogado –se recibió a los 24 años-, por influencia de su tío Eduardo, el único abogado de la familia, que ejercía el derecho en defensa de los presos políticos de aquellos años (finales de los 60, comienzos de los 70).

“Comencé a leer los libros de mi tío en la casa de mi madre, y también mi abuela”, dijo. Le ofrecieron un paraguas, y desistió. Insistieron, y aceptó. Ahora tenía el galope de un caballo en el corazón, lágrimas contenidas en los ojos, las dos manos ocupadas, y la fuerza de la palabra.

“Eduardo, además, tenía una vocación por lo estatal”, recordó Ricardo, y subrayó que “nosotros en la familia fuimos funcionarios –en los gobiernos kirchneristas- y con mucho orgullo reivindicamos la función pública como un modo de apostar al bienestar de la ciudadanía. Eso también lo legamos de él”.

Al costado del escenario, y sobre cuatro sillas vacías, se habían dispuesto los carteles con la historia de vida y militancia de los cuatro trabajadores. El impacto de la ausencia en esas sillas vacías era un grito en la plaza seca.

Entre los trabajadores de la casa que escuchaban atentamente las palabras de Ricardo, estaba Natalia, hija mayor de María, y nieta de Judith. Todos hijos e hijas de una misma historia. La personal y la colectiva.

Y ahora Ricardo ponía un pie en el presente oprobioso que transita nuestro país. Dijo: “Nosotros hace mucho que venimos diciendo Nunca Más: nunca más a la persecución política, a las torturas, a los secuestros, violaciones, asesinatos, robo de bebés, nunca más a los golpes de Estado, nunca más a un genocidio,  y entonces creo que no se puede banalizar esa consigna”.

Un aplauso cerrado ganó la placita. Trabajadores conciencia de clase, y también histórica.

Familiares y trabajadores participaron del acto.

“Yo tengo una pertenencia política que no es la misma que tiene el gobierno -de la Ciudad-, y esto es un acto democrático, porque me invitan a habla acá, y eso también hay que reivindicarlo, porque estamos transitando un momento muy crítico, de muy poca empatía por lo que le sucede al de al lado, y este es un acto que en el que se está pensando en el otro”, resaltó.

Otro aplauso bajo la llovizna.

En el cierre, visiblemente quebrado por la emoción que le ganaba el cuerpo entero, lamentó que su abuela –Linda, Madre de Plaza de Mayo- haya fallecido joven y se haya perdido parte de su crecimiento, y de la de su hermana, sobrina, e incluso sus propios tres hijos, y le agradeció a la madre, siempre de pie, y a su lado, por todo lo que le dio.

Más aplausos, durante varios segundos, y luego abrazos que interrumpieron el trayecto de mi hermano hasta el lugar que ocupaba en el comienzo del acto, entre los trabajadores, familiares y autoridades. Luego de una pausa que denotó que la emoción nos había embargado a todos, la locutora convocó a acompañar el emplazamiento de las baldosas en el ingreso al organismo.

Barrios por la Memoria y la Justicia viene realizando un trabajo fundamental para preservar la memoria del Nunca Más.

Fue ahí que le pregunté a una trabajadora de la casa por qué se había tardado tanto con el homenaje, siendo que muchos otros organismos públicos habían realizado el suyo durante los últimos años. “Este año hubo elecciones en el gremio y asumió una nueva conducción interna”, explicó.

Con los baldes, las espátulas y el cemento, la ceremonia de colocación de las baldosas, terminadas en su frente por una laca brillante, llevó unos minutos, y estuvo a cargo de los militantes de Barrios por la Memoria. Luego llegó el turno de las fotos de los familiares, los trabajadores, e incluso alguno que pasaba por ahí. Se gritó fuerte el Ahora y siempre, por la memoria de los 30 mil desaparecidos, y las lágrimas volvieron a rodar por unas cuantas mejillas. La llovizna, persistente, caía suave sobre pilotos y paraguas.

La foto familiar en el cierre de la actividad, y con los dedos en V.

Antes de partir hacia nuestros trabajos, hogares, u otras obligaciones, con la familia nos sacamos una última foto, al lado de las baldosas, garantía y custodia de la memoria del pueblo argentino para los miles de compatriotas que pasan por esa esquina a diario, haga calor, o llueva, gobierne el peronismo, el PRO, o los negacionistas, crueles y coimeros de los libertarios.

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Texto biográfico que preparó la familia sobre Eduardo y que leyó la locutora en el acto:

Jaime Eduardo Said

Nacido el 21 de noviembre de 1948 en la Ciudad de Buenos Aires. Hermano de Alberto y Judith, era el mayor de los tres, con quienes compartió un ambiente familiar muy solidario, en el que se discutía de política. Los unía un gran compañerismo: les gustaba la misma música y compartían la pasión por el fútbol y por River Plate. Crecieron en el barrio porteño de Flores. Le gustaba leer novelas y libros de historia. Estudio Derecho en la UBA. Militó en la Juventud Peronista (JP).

“Era un tipo conceptual, estudioso, con un gran sentido del humor” resalta su hermana. En 1975, se casó con Claudia Yankilevich. Desde la Gremial de Abogados Peronistas, asistió a presos políticos y a militantes de la UES, detenidos antes del golpe de estado de 1976. Trabajaba en la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires como Director de Sumarios y abogado asesor de la Dirección de Rentas. A su vez daba clases en el colegio Carlos Pellegrini y era profesor adjunto de la Facultad de Derecho. Tenía un excelente trato con sus alumnos, quienes recuerdan que era “muy riguroso, pero muy compañero”.

Secuestrado-desaparecido el 24 de noviembre de 1976 a las 19,45 hs., cuando salía de la Sociedad Hebraica, fue metido a la fuerza en un Ford Falcon tripulado por cuatro hombres armados. Tenía 28 años. Fue visto en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). En octubre de 1978 fueron secuestradas su compañera Claudia y su cuñada Andrea Yankilevich. Los tres permanecen desaparecidos al día de hoy.

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La intervención completa de Ricardo Dios.

author: Mariano Abrevaya Dios

Mariano Abrevaya Dios

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