Musikero

Las canciones que duraron para siempre

El género musical derivado de la samba e influenciado por el jazz nació hace casi sesenta años en Río Janeiro de la mano de artistas brasileños como Tom Jobim, Vinicius de Moraes, Joao Gilberto, Gilberto Gil y Caetano Veloso. Desde aquellos años cincuenta, la bossa nova fue exportada hacia todos los rincones del mundo. Escribe Carlos Polimeni.

Por Carlos Polimeni

Un sábado del segundo semestre de 1958, el joven estudiante universitario Caetano Veloso golpeó la puerta de la casa de su amigo negro Gilberto Gil. Estaba levemente alterado, de alegría. Gil era por entonces la máxima autoridad musical al alcance de aquel flaquito que estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras y cuyo gusto había sido formado por las canciones que escuchaba su mamá en la radio, en el pueblo de Santo Amaro do Purificacao, en el interior de Salvador Bahía. Caetano venía del centro, de su visita más o menos habitual a una disquería en la que contaba con un cómplice: un empleado que le permitía escuchar gratis las novedades de la semana. Lo que había perturbado a la futura estrella de la canción brasileña era la audición de un disco de pasta de 78 rpm, que marcaba la presentación en sociedad un tal Joao Gilberto, hasta entonces un guitarrista bahiano radicado en Río de Janeiro, que casi anónimamente acompañaba a figuras de mayor predicamento. La canción del lado “A” se llamaba “Chega de saudade” y estaba firmada por Tom Jobin-Vinicius de Moraes.

Caetano le había pedido al muchacho de la tienda de la capital de Bahía que pusiera otra vez la canción, casi molesto por un detalle que parecía enturbiarle la recepción artística de la novedad. Es que Joao Gilberto cantaba una melodía hermosa, pero la guitarra parecía ir para otro lado, como si el intérprete intentara distraer el oyente. Caetano intentó decirle a su amigo Gil que le parecía un error que algo así se hubiese hubiera sido publicado. El futuro ministro de Cultura durante los dos períodos de gobierno de Lula lo paró en seco, diciéndole que ya había escuchado la canción, y que le parecía una genialidad. Aquellos jóvenes prospectos de estrellas globales de la música del Tercer Mundo habían representado, sin saberlo, las dos posturas que enmarcaron el comienzo de la explosión de la bossa nova: de un lado la fascinación, del otro el repudio.

A casi sesenta años de aquellos momentos iniciales, el planeta completo le rinde tributo hoy a un género qué, como el tango o el reggae, nació en el Tercer Mundo para convertirse en el centro de una enorme movida internacional. Gil y Caetano acaban de pasar por Buenos Aires celebrando en un espectáculo sus cincuenta años de relación sobre los escenarios, tomando como fecha de partida de sus carreras el Tropicalismo, aquel movimiento en que inyectaron The Beatles y The Rolling Stones, pero también Roberto Carlos, en el sorprendido ADN de la bossa nova, que primero se les resistió y luego terminó adorándolos, tras adoptarlos.

Para la historia de la bossa nova, Gilberto, Jobin y Vinicius representan la Santísima Trinidad. Gilberto, el intérprete, tiene ahora 84 años y sigue siendo un artista único e imprescindible, reverenciado en donde quiera que se presente. El compositor Jobim murió en 1994 y su nombre bautiza el aeropuerto internacional de Río de Janeiro. El poeta Vinicius se fue de este mundo en 1980, y el encanto de sus textos permanece inalterable. La bossa nova pasó por muchos períodos diferentes: resultó una revolución estética de indudable buen gusto al combinar el mundo del samba tradicional con el universo armónico del cool jazz a fines de los 50, fue tomada casi como rehén en los 60 por la industria estadounidense, que la difundió al mundo pero pasteurizándola, se convirtió más tarde en una música casi inocua, por su repetición sin sentido durante los 70 y 80, y más tarde renació de sus supuestas cenizas cuando las nuevas generaciones la descubrieron como un manantial posible de bellezas sin tiempo.

En la Argentina, la bossa nova tuvo siempre una aceptación notable, y un público fiel. La música de “La balsa”, el tema que disparó en 1967 una parte de la historia del rock nacional fue compuesta por Litto Nebbia con una fuerte influencia del estilo que Brasil había exportado ya al mundo entero. Vinicius jugó aquí de local durante muchos años (de hecho grabó en Buenos Aires dos discos de colección, concretando un “falso vivo” que recreaba el clima de sus shows en el café concert La Fusa).

Desde entonces hasta ahora, numerosos artistas de Brasil se han topado en esta ciudad con cariños incondicionales, mucho más allá de su militancia, o no, en el género musical. De hecho, para el difícil de Joao Gilberto, que en su vida jamás concedió un reportaje más o menos serio y vive aislado del mundo en un departamento de Leblón, Buenos Aires es la ciudad por la que mayor cariño ha sentido a la lo largo de sus ya casi 70 años en el mundillo de la música profesional.

En su libro Verdad tropical, Caetano Veloso, que por edad es de la generación siguiente de aquella que “inventó” un movimiento sin límites, analiza la paradoja cultural que plantea el hecho de que en los años 50 y 60 el primer mundo exportara hacia el incipiente mercado global el rock, que expresaba salvajismo y desaliño, mientras del subdesarrollado Brasil surgía un género sofisticado y poético como la bossa nova. Pero a diferencia del tango y el reggae, la bossa no fue un producto cultural surgido de la marginalidad social, sino que fue parida por la clase media blanca acomodada de Río, aquella que tenía acceso al jazz, seguía los pasos de Chet Baker y Miles Davis, y pensaba poco, muy poco, en desfilar para carnaval con una Escola do Samba o en los problemas del proletariado suburbano.

El debut como solista de Joao Gilberto, que hasta entonces se desempeñaba como guitarrista de Elizete Cardoso, empezaba a dejar en el pasado las voces exuberantes y el baile como obligación, pero no significaba una revolución en el sentido más político del término, aunque con el correr de los años aparecerían una serie de intérpretes que utilizaron su marco para hacer “bossa nova de protesta”, como Geraldo Vandré e incluso Nara Leao.

El hombre que se convertiría en la estrella menos sociable del planeta cantaba, para sorpresa de la cátedra, como susurrando, con las notas justas, sin vibrato, con muy poco énfasis y su técnica con la guitarra (la famosa batida) incluía un inédito juego con el pulgar derecho que pervertía los ritmos. Esa era la disonancia que tanto había molestado a Caetano, antes de que Gil le cambiara para siempre la idea sobre el valor de aquel truco patentado par siempre por Joao. Pero Caetano, está claro, no era el único sorprendido en el país. Eran millones. La leyenda cuenta que Álvaro Ramos, gerente de una cadena de disquerías de Sao Paulo, es decir un hombre con un gran olfato para lo que va a ser exitoso, partió un ejemplar de “Chega de saudade” en el borde de una mesa al tiempo que profería una frase histórica: “¿Así que esta es la mierda que nos llega desde Río?”. Un crítico escribió por entonces en un diario de circulación nacional que el problema era que Joao cantaba como si estuviera resfriado.

Cinco años después de aquel desconcierto –y aquellas sorderas profesionales de los que quieren siempre más de lo mismo—la usina creativa que resultaron Gilberto, Jobim y De Moraes pariría el súper éxito Garota de Ipanema. Inspirado en el dulce andar del trasero de una adolescente que solía pasar, rumbo a una de las playas más famosas de Rio, por la puerta de un café donde el poeta y el compositor mataban el tiempo, el tema fue grabado casi de inmediato por Frank Sinatra y comenzó un camino por el cual se convirtió en uno de los cinco con más versiones de la historia de la música popular del planeta Tierra.

La lista de grandes intérpretes de la bossa nova es inagotable e incluye a figuras femeninas como Elis Regina –su hija María Rita cantó el jueves en Buenos Aires- o Nara Leao, que fueron centrales en los años 60 y 70, al lado de solistas increíbles, como el guitarrista Baden Powell. Fue luego de aquel primer apogeo de la bossa nova que Caetano y Gil fundaron el tropicalismo, utilizando el rock en lugar de jazz para renovar la Música Popular Brasileña. Parecía entonces que había llegado la hora del ostracismo para un género pensado para ser tocado desde un rincón de pequeños lugares plenos de buen gusto y que sería convertido por la industria estadounidense en música universal para ascensores, supermercados y salas de espera de dentistas y médicos.

Pero llegaron los noventa y nuevas generaciones, como también ocurrió con el tango, fueron en búsqueda de verdades creativas, por lo que la siesta de la bossa concluyó. En el primer mundo, artistas muy diversos, como Beck, Sting, David Byrne, Stereolab, Everything But The Girl o Pet Shop Boys, reconocieron en aquel cosmos musical una fuente insoslayable de inspiración. En el tercer mundo, los que todavía no estaban enterados tuvieron, como los seres condenados a cien años de soledad, una segunda oportunidad sobre la tierra. El buen gusto, agradecido: en el año 2015 del siglo XXI la bossa y el tropicalismo a veces van de la mano, y ambos gozan de buena salud.

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