El anticristinismo de los analistas, el cristinismo de la militancia

En el marco del debate interno que sacude el Frente de Todos, el militante Gastón Fabián refuta los planteos de algunos analistas de la realidad política nacional, a quienes pinta como “alguien que, simulando la profundidad del filósofo y la pícara astucia del político, enuncia superficialidades que parecen interesantes, sin construir ninguna alternativa, ninguna potencia o volumen político que pueda traccionar modificaciones en la realidad”.

Por Gastón Fabián

Podría decirse que el pintoresco micromundo de los analistas políticos, esos “tirapostas” que hacen enloquecer Twitter, está gobernado por una obsesión antiquísima, que funciona como ley de gravedad de todas sus reflexiones: jubilarla a Cristina. Sin embargo, esta conclusión a la que llegamos sin demasiadas complicaciones luego de leer a Pablo Touzón, Martín Rodríguez y José Natanson, o de escuchar las editoriales de Carlos Pagni, se queda corta y peca de simplista. Si es evidente que para ellos la centralidad que conserva Cristina es la fuente de todos los males y la explicación principal de la “década perdida” por nuestro país (en tanto detonadora y agitadora permanente de la “grieta”), su deseo no se reduce a que Cristina acepte que fracasó y dé un paso al costado, para que una verdadera renovación del peronismo pueda acontecer. Aquella es la deducción exotérica de sus premisas, del diagnóstico de que el peronismo está viviendo una crisis terminal, agónica, su 2001, porque ha dejado de ser Partido de la Justicia Social y también el Partido del Orden que viene a traer estabilidad y arreglar el desastre ocasionado por el antiperonismo.

El secreto a voces que recorre las catacumbas de esta rebelión “antikirchnerista” que comparten enemigos de toda la vida con arrepentidos que supieron “madurar”, la verdad esotérica que han descubierto y que circulan entre sus clubes de iniciados, es que para que Cristina pueda desaparecer de la escena política, tiene que hacer oficio de su liderazgo y habilitar o motorizar las reformas de mercado que la Argentina “necesita”, siempre desde la óptica empresarial, claro. Para que Deng Xiaoping logre volar, Mao tiene que morir, no sin antes recibir a Nixon. En otras palabras: Cristina, en su indispensable “autocrítica” (la palabra que más saborean los analistas), debe “menemizarse”. No es casual el interés de estos personajes por reinterpretar y revivir el “ejemplo” de Menem, como si fuese el gran modernizador de la Argentina, completamente infravalorado por el nuevo consenso “progresista”, hoy en su estertor.

Resulta entonces que, para sacrificar su ascendiente, el que ha obstruido el surgimiento de jefaturas o conducciones alternativas en el seno del peronismo, Cristina se encuentra obligada a hacer un último uso del mismo. Un uso que la destina a licuar su capital político con el fin de reconciliarse con sus antagonistas acérrimos; a desencantar a quienes hoy le hacen la “fiesta” para solicitar el perdón de sus máximos odiadores. Paradójica ambición la de los analistas: lo que ellos no se atreven a sostener con el cuerpo, se lo reclaman enigmáticamente al “diablo en persona”. Críticos de todo mesianismo, estos comentadores de la “realpolitik” (ambiente que les sirve para acuñar las metáforas con las que nutren su prosa exquisita) que nunca dejan de advertirnos sobre lo cansada que está la gente de la política, esperan que Cristina asuma el papel mesiánico que se supone que anhelamos sus fieles.

Dado que la vía del reformismo interno, pragmático y racional, se muestra agotada y se declara imposible; en la medida en que en el país hegemonizado por minorías activas sectarias, ultraideologizadas y pasionales, entregadas al juego suicida de las afirmaciones identitarias, toda transversalidad se revela utópica e ineficaz, hay que apostar por la salida más cara y dolorosa para quienes volvimos a creer y depositamos nuestra confianza en ese banco de emociones que para los analistas es la política sin resultados que caracteriza a la Argentina: la traición. Como el analista es en definitiva un escéptico, alguien que no paga ningún precio subjetivo por la infamia o la infidelidad de los demás, se presta a una conjura que no lo compromete y exige que el cinismo se transforme en el principio rector de la sociedad, porque con lo que se requiere terminar de una vez por todas es con el idealismo.

El analista es esa extraña criatura que con su sismógrafo decodifica a la sociedad en términos de “moderación” pero que piensa en la misma clave que cuestiona. Bucea los grises del mar de la polarización, identifica sus dos orillas y, no obstante, entiende que es imprescindible una ruptura con la inercia de “lo que hay”, ya que lo que hay es impotencia, incapacidad de resolver problemas, incluso por quienes se declaran rebeldes y contraculturales. Como Touzón, sueña con un “Nuevo Testamento” que sea el faro de los protestantes sin votos que no se atreven a desobedecer y divorciarse de Cristina (como hizo Lutero con la Iglesia Católica, cuando no le quedó más remedio) o que, en sus antípodas, no le llegan ni a los talones. A ojos del analista, el kirchnerismo es establishment y La Cámpora, un factor de poder. Solo él, el eterno crítico, se mantiene puro y transgresor. Y aun así, aguarda el “año cero” del calendario renovado, al campeón que corte la cabeza del dragón, al superpolítico (desvanecida la ilusión de Massa, coartada la posibilidad de De la Sota, ¿con Rodríguez Larreta en gestiones?) que sin devenir “casta” se asuma como animal de poder y se haga cargo del timón en un barco a punto de naufragar. El analista es el más idealista de los realistas, el más providencialista de los ateos. Quiere contraponerse a la “ingenuidad” o la “inocencia boba” de la militancia, pero cuando adjetiva a los demás siempre se retrata a sí mismo.

Hace ya varios años, Damián Selci escribió una elocuente “Crítica del analista político”, donde pone en su lugar a esta figura de la conciencia que vende sus servicios contra la politización exacerbada a la fiebre consumista de un público que, en rigor, representa al país megapolitizado, pero por una politización no militante, que ve a la política como algo erótico, como “la Cosa”, como una entidad inaccesible sobre la que se puede emitir cualquier opinión, recitar cualquier poesía, mas no tocarla directamente. La política es lo más deseado y lo más extraño. La posición del analista, siguiendo a Selci, se resume en juzgar la política sin pretender hacer política. Seduce con sus espejos de colores y ocurrencias retóricas, porque escribe lindo y captura la atención de sus lectores con intentos de conceptos aromáticos, como “pimpinelismo de Estado”, “disidencia con goce de sueldo” o “comunismo del despoder”. Es cierto que sus textos no se parecen en nada a los aburridos papers de los cientistas sociales. Por momentos, uno tiende a creerles, atrapado por la belleza de sus ilaciones. Pero sí resultan comparables en la intrascendencia política de sus aportes. Para la perspectiva del poder real, son estetas inofensivos, que solo pueden cundir el desánimo o la falsa sospecha en las filas de la militancia. ¿No es llamativo que el analista vea a Cristina como anacrónica y encuentre lo “nuevo” en políticos incrustados en el corazón del sistema, para los que la política pasa por la rosca y no por exponer el cuerpo, dando testimonio de una idea?

Como observó Selci, en su proceso de politización, el analista optó por hacer carrera en el periodismo político, para no afectar su ego en el verticalismo de la militancia orgánica. Sin necesidad de reportar linealmente a los intereses de los dueños de los medios, porque dicen escribir en blogs o portales autogestionados, los analistas que surgieron al calor de los años de radicalización del kirchnerismo, empero, reproducen la lógica que impregnan los periodistas hegemónicos. El analista “no le debe nada a nadie”, es el emprendedor creativo que el neoliberalismo promueve como tipo codiciable de vida. Escribe por prestigio, por reputación, para gozar de la sensación de tener razón. A diferencia de los políticos, él puede darse ese lujo porque en la naturaleza del analista no está la obligación de responder: es un político frustrado, que desea el poder sin sus costos ni desafíos. Por eso Martín Rodríguez, ironizando sobre las disputas internas del Frente de Todos, puede cerrar su último texto con la sentencia: “irresponsable es el otro”.

Únicamente el analista disfruta de la inmunidad soberana de poder criticar sin consecuencias. Ocupa la ambivalente zona intermedia entre el político y el filósofo. No es un político porque a él no se le solicitan respuestas, ni aspira a producirlas. Tampoco es un filósofo porque no plantea grandes preguntas, que problematicen el curso de lo real, ni ensaya utopías capaces de señalar horizontes lejanos que podrían orientar a la política hacia un lugar mejor. Un analista político es alguien que, simulando la profundidad del filósofo y la pícara astucia del político, enuncia, con tono refinado y glamoroso, superficialidades que parecen interesantes. Igual que el político y el filósofo, recluta seguidores que repiten su “todologismo”, con las ansias de ser retwitteados unas miles de veces. Viven de esa endogamia, de esa reafirmación identitaria que tanto desprecian en la militancia política, pero sin construir ninguna alternativa, ninguna potencia o volumen político que pueda traccionar modificaciones en la realidad o articular una fuerza que logre trascender en el tiempo. Se consumen en la instantaneidad de las redes sociales. No cambian la vida del lector, como puede hacerlo Platón o Nietzsche, como lo han hecho Perón o Cristina.

Veamos el caso paradigmático de Rodríguez. Quiere instalar que la política está en un “cumple”, que es pura “superestructura”, sin conexión con la realidad. Entonces titula: “La política alrededor de Cristina, la sociedad alrededor del dólar”. Pero resulta que Cristina, en sus últimos discursos, se la pasa hablando del dólar, ofreciendo análisis políticos de la economía, haciendo balances críticos de sus años en el gobierno, eligiendo puntos de combate, relativizando la correlación de fuerzas, proponiendo acuerdos para resolver los problemas que aquejan a la sociedad. Rodríguez lo ignora, porque para los analistas, cada vez que interviene en público, Cristina se dirige a su tribuna, contiene a la tropa, pero en el “palacio” se maneja como una política clásica, que solo busca sobrevivir en el poder. De tamaño cinismo la militancia está separada por un abismo. Ella, sobre todo, confía. Y asume responsabilidades por esa confianza. En su discurso, puede decir más o menos lo mismo que el analista, por ejemplo que la metafísica política argentina que identifica al peronismo con la nación está en crisis, algo que sostiene Touzon pero también Nicolás Vilela en su libro Comunología. Sin embargo, Touzon se queda ahí, disfraza su “randazzismo” y su animadversión a Cristina con palabras ingeniosas (el modus operandi del analista) y una especie de hallazgo inédito. Vilela, por el contrario, intenta responder a la crisis, desplegando con el pensamiento una dialéctica que se manifiesta en una realidad de la que él se siente parte constitutiva. Un militante puede actuar y fallar, porque está en su condición dejarse transformar (la transformación primordial), para ser mejor militante, para formar otros militantes. El analista, en cambio, se acomoda como un camaleón a las distintas coyunturas, mas nunca se descifra a sí mismo como el problema a ser resuelto. El problema son los otros. Con su ironía de “sabelotodo”, destila su derrotismo existencial. Cristina, por su lado, es la única que, en medio de este drama, contagia audacia y esperanza en millones de personas. Si no alcanza, habrá que militar más, insistir y persistir, pero jamás comernos la curva de los analistas de moda, que siempre pasan y nunca transforman nada.

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