Entre la realidad y el deseo

A un año de la asunción de Alberto Fernández a la presidencia, un episodio que generó expectativas en el arco progresista regional, el autor propone un análisis de los puntos centrales de la política internacional del gobierno del Frente de Todos, en el marco, aparte, de un mundo multipolar. El concepto de realismo periférico.

Por Emmanuel Bonforti

Hace pocos días se cumplió un año de la asunción de Alberto Fernández a la presidencia, episodio que generó expectativas en el arco progresista regional. A diferencia de otros procesos y producto de la pandemia del COVID-19 la llegada de Fernández no tuvo la luna de miel con la que cuentan generalmente los flamantes mandatarios, sino que debió enfrentarse a la pandemia y la pesada herencia macrista que se traduce en un nivel de endeudamiento récord en nuestro ciclo histórico.

Un mundo minado

Cualquier intento de realización política internacional debe contemplar un análisis sobre todo el sistema internacional.

Por ejemplo, en 1945, el diagnóstico se fundaba en un enfrentamiento bipolar, a partir de este esquema se establecía la política internacional. Así durante el peronismo y producto de su filosofía se comienza a pensar en la idea de Tercera Posición, u otros gobiernos diseñaron una política más cercana a la potencia hegemónica de occidente, los Estados Unidos. Posteriormente y con la caída de la URSS, reinó hasta entrado el siglo XXI la unipolaridad norteamericana. El último período a nivel geopolítico señala una marcada multipolaridad donde es complejo advertir un centro hegemónico, el ascenso de China, el renacer ruso, las potencias emergentes y lo viejo que no termina de morir marcan un escenario complejo. Por si fuera poco, a esto se le agrega la geopolítica de la pandemia, la disputa entre laboratorios en torno a la vacuna y la transición del sistema comercial.

Al gobierno de Alberto le tocó un mundo minado.

El gobierno está atravesado por la expectativa pero también por la realidad. Hay una declamatoria por parte del elenco gobernante para que apunte a una defensa integral de la democracia a nivel regional y un intento de reedición sui generis de integración regional. Asimismo, hay una tentativa de unidad que priorice en principio sensibilidades ideológicas pero que aún no logra cristalizarse en materia de espacios de discusión regional como otros tiempos fue la UNASUR.

Lo discursivo se topa con la realidad, que a su vez se complejiza aún más si se le agrega el contexto de pandemia, donde los niveles de tráfico comercial y la apertura de nuevos emprendimientos asociados son materia pendiente.

En términos políticos algunos países vecinos se encuentran también en situaciones de transición; los casos de Chile o Perú dan cuenta de una inestabilidad que refleja las señales de agotamiento y crisis de representatividad en la región. Por otra parte el principal socio comercial de la región, Brasil, a través de su presidente Jair Bolsonaro, aún mantiene una actitud hostil en términos ideológicos hacia Alberto Fernández.

Quizás lo novedoso en materia de acercamiento geopolítico regional es la relación con Andrés Manuel López Obrador, utilizado como un contrapeso ante determinadas actitudes del Brasil. Pero la distancia y un vínculo inacabado históricamente en materia de relaciones internacionales entre México y Argentina generan más dudas que certezas.

En paralelo Argentina deberá lidiar con la pesada deuda contraída con el FMI por la administración Macri, lo que obliga a manejar con cautela el vínculo con los Estados Unidos, una relación históricamente compleja. Ante un escenario de inestabilidad sin referencias hegemónicas concretas no solo es bueno desensillar hasta que aclare sino también poner huevos en diferentes canastas. En ese sentido, el año mostró en política internacional un acercamiento de Fernández para con el jefe del Estado chino Xi Jinping, nada nuevo en el último tiempo pero un gesto más que abona en un escenario multipolar.

De esto último se desprende las declaraciones del canciller Felipe Sola que califica a la política internacional de neutralidad activa y con mirada argentina, lo cual implica la continuación de una tradición en política internacional por parte de nuestra nación y de los gobiernos peronistas. En ese sentido, la novedad en relaciones internacionales se da con el acercamiento a Rusia a través de la compra de la vacuna Sputnik V, fundamentalmente porque la legislación rusa que impide exportar vacunas, sin embargo, y manera excepcional a partir de la decisión Vladimir Putin el Estado argentino recibirá las dosis.

Las lecturas de bajo vuelo ancladas en el deseo de la unipolaridad occidental critican la política internacional de Alberto Fernández señalando que carece de definiciones, poniendo el foco en discusiones ideológicas al interior de la coalición gobernante y apostando a la permanente división. Nada nuevo en el horizonte de los analistas semicoloniales.

En paralelo, y hace unos días, Alberto Fernández participó de la Cumbre Virtual de Jefes de Estado del Mercosur y de los Estados Asociados, durante la cual Argentina recibió la presidencia pro témpore del bloque regional que ejercerá por los próximos seis meses. El traspaso lo recibió de parte de su par uruguayo, Luis Lacalle Pou. “El Mercosur es el proyecto político regional más importante para nuestro país y es una política de Estado, y sentimos que es una vocación de nuestros pueblos”, destacó el ex jefe de gabinete de Néstor Kirchner.

Bolivia y Venezuela

Durante los últimos dos meses el continente asistió a procesos electorales de relevancia. Realidades diferentes, escenarios y elecciones distintas, donde aquellos analistas internacionales que profesan la neutralidad valorativa se descolocaron con el apoyo del gobierno nacional de forma directa a uno de los candidatos como fue el caso boliviano. En un claro mensaje y directo Fernández sostuvo “La victoria del MAS en Bolivia no solo es una buena noticia para quienes defendemos la democracia en América Latina; es, además, un acto de justicia ante la agresión que sufrió el pueblo boliviano“.

El presidente argentino en sus intervenciones siempre condenó el golpe de Estado que sufrió el ex mandatario Evo Morales y asimismo desconoció el gobierno de la presidenta de facto Jeanine Áñez. Aparte, desde la llegada al gobierno de Fernández, Argentina recibió a Morales como un refugiado político. La cercanía de Evo con su país también fue un factor que explica el amplio triunfo progresista en el antiguo Alto Perú. El caso boliviano es una de las muestras más claras por parte de Fernández en la búsqueda de un equilibrio regional y el respeto a las instituciones democráticas.

El otro proceso fue las elecciones en Venezuela, con el antecedente público del apoyo argentino al informe Bachelet en relación a la violación de derechos humanos en el país caribeño, un hecho que generó la renuncia de la entonces embajadora en Rusia, Alicia Castro y un intenso debate hacia el interior de la coalición gobernante.

Ante las elecciones del 6 de diciembre los medios corporativos anti chavistas esperaban que Fernández manifestase su disconformidad con el proceso electoral, pero nada de esto sucedió, por tal motivo la prensa escuálida marcó la omisión del presidente como el producto de la presión que ejerció el kirchnerismo con el primer mandatario.

Sin embargo, la decisión se funda en dos aspectos centrales: el primero tiene que ver con que Argentina considera que los problemas internos de Venezuela los deben resolver sus propios ciudadanos, y el segundo tiene su fundamento en la relación ideológica que existe con el Grupo de Puebla, un foro político y académico integrado por representantes del arco progresista latinoamericano que denuncian los efectos de la desigualdad de la ola de gobiernos neo liberales, el impacto de lawfare, y la intromisión de los monopolios mediáticos en asuntos internos de los países latinoamericanos.

Así las elecciones de Bolivia y Venezuela fueron experiencias y decisiones de carácter progresivo en la política internacional.

Entre el realismo periférico y la soberanía

Bien lo pasa hasta entre pampas
El que respeta a la gente;
El hombre ha de ser prudente
Para librarse de enojos;
Cauteloso entre los flojos,
Moderado entre valientes.

Martin Fierro

La realidad indica que toda política internacional está orientada por el proyecto de país que se lleva adelante en un determinado momento histórico. Y todo proyecto implica una ruptura y una diferenciación con su antecesor. Claro está, que en términos ideológicos la diferenciación con el anterior proyecto implicaría una política internacional más cercana con los países vecinos en pos de unidad en tanto comercial, posicionamientos más autónomos en el escenario internacional.

En materia de política internacional los países periféricos se ven obligados a adoptar un posiciones vinculadas al realismo periférico, donde la autonomía se relaciona directamente con el margen de maniobra que pueden llegar a tener estos países en el escenario internacional. Está claro que el margen de maniobra que tiene Argentina es mínimo siendo un país profundamente endeudado. De ahí que la autonomía a veces no se vincule con aspectos declamatorios y principios ideológicos, sino con los niveles de desarrollo económico y tecnológico.

Desde esta perspectiva la autonomía se construye desde el desarrollo de la economía y no desde las relaciones internacionales, y el consejo que brinda el realismo periférico a los estados dependientes es no confrontar de manera directa con los países poderosos. En ese sentido, autonomía sería también sinónimo de evitar confrontaciones.

Por el otro lado, esta conceptualización en relación al realismo periférico podría aplicar a la relación de Argentina con los Estados Unidos, ya que para este último una confrontación ideológica implicaría un riesgo de costes menores que para la Argentina, ya que las economías de ambos países no son complementarias, y en términos comerciales nuestro país no tiene productos para ofrecer que los Estados Unidos no produzca.

Siguiendo el razonamiento del realismo periférico, sería un desgaste para la Argentina en términos de economías de fuerza mantener una actitud hostil con los Estados Unidos; implicaría un costo sobre un beneficio.

Hasta acá uno podría comprender comportamientos cercanos a este realismo periférico contemplando la fragilidad Argentina en relación al contexto externo, la debilidad en la que dejó nuestras finanzas el macrismo. Sin embargo, hay que evitar que el realismo periférico se convierta en utilitarismo periférico y que la soberanía se subordine a las especulaciones de la coyuntura.

El escenario internacional también debe leerse en clave de conflicto y evolución, Juan Domingo Perón en 1972 decía “la carencia de grandes objetivos siempre lleva a los conductores político a perder el tiempo en expresiones triviales o peleas mezquinas”. Que la coyuntura no nuble nuestra grandeza, la responsabilidad continental y que el horizonte sea una patria más justa, libre y soberana.

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