“La frivolidad y la solemnidad son los dos grandes enemigos del arte”

Kranear conversó con Javier Daulte, un referente ineludible de la dramaturgia local, sobre las obras que estrenó en 2022, luego de las restricciones impuestas por la pandemia, y también sobre su trabajo docente y la realidad que vive hoy el sector, con la reactivación económica.

Por Maximiliano Curcio. Foto portada: Telam.

Javier Daulte es dramaturgo, guionista, director y docente, distinguido en múltiples ocasiones, a nivel nacional e internacional. Es un referente teatral insoslayable, a quien, a lo largo de 2022, hemos podido disfrutar en cartelera con “Ella en mi Cabeza” y “Las Irresponsables”. Es también autor de exitosas series televisivas – “Para Vestir Santos”, “Tiempos Compulsivos” y “Silencios de familia”-, y, en 2017, se estrenó en el campo de la novela con “El Circuito Escalera”.

Daulte define la esencia de una ceremonia que conjuga el aspecto lúdico y el acto de compromiso, y que valoramos poder volver a disfrutar en las salas, luego del profundo impacto pandémico. El ámbito del correo electrónico es el elegido para conversar con una palabra autorizada en el mundo de los escenarios, quien se dispone a analizar los aspectos emocionales de la condición humana manifiestos en sus más recientes obras.

Entre los años 2001 y 2003 escribiste los textos teóricos reunidos bajo el nombre “Juego y Compromiso”. A tu criterio, ¿por qué estas dos palabras pueden definir la esencia teatral?

Porque creo que me permiten dar cuenta de algo contra lo que siempre luché en teatro (escribiendo y/o dirigiendo, y dando talleres): la frivolidad y la solemnidad. Creo que son los dos grandes enemigos del arte. Por eso propongo en “Juego y compromiso” el hecho de comprometerse con el juego del teatro. Si entendemos el juego como algo liviano, generamos la posibilidad de crear un arte frívolo. Si nos tomamos en serio los contenidos por encima del juego que plantea la obra, la tendencia es hacia la solemnidad. Ninguno de los dos caminos me gustan. Por eso, en “Juego y compromiso” propongo una actitud seria y comprometida con los aspectos lúdicos del teatro.

En “Ella en mi Cabeza” (autoría de Oscar Martínez) se ejerce una reflexión acerca del matrimonio en crisis, enfocándonos, como espectadores, directo hacia ese abismo que atraviesa el personaje -interpretado por Joaquín Furriel en la más reciente versión- y preguntándonos si no nos ocurrió exactamente lo mismo. A la hora dirigir y adaptar un texto, ¿cómo trabajas este rasgo de identificación con el público?

La verdad es que no pienso mucho (al menos de manera consciente) en los procesos identificatorios del espectador, aun cuando estoy advertido de que eso debe ocurrir. Quizá lo que sí siempre tengo muy presente es que los procesos identificatorios tienen que ver con los aspectos frágiles de los personajes y no con los aspectos firmes. Es como que en la “falla” es donde nos podemos identificar más fácilmente. Y eso sí, estoy convencido de que la autocompasión de un personaje no genera ningún tipo de empatía en un espectador.

Los seres humanos somos, a menudo, ese laberinto de contradicciones y esta obra nos habla acerca de un dilema existencial desde una perspectiva subjetiva. ¿Cómo trabajaste esta construcción desde los pensamientos del protagonista, que afloran y tienen vital incidencia?

Las contradicciones de Adrián (el personaje de Furriel en Ella en mi cabeza) son la piedra fundamental de la obra. Y, justamente, su subjetividad es lo que está arrasando con su relación de pareja. El problema es que él cree que lo subjetivo es objetivo. Es decir, que los hechos son de la manera que él cree que son y no admiten otra versión. De hecho, la tarea de Klimovsky (su analista), es lograr que Adrián entienda que su punto de vista no es el único y que los hechos no tienen una sola versión, que no hay una sola verdad. Ponerse en el lugar de su pareja (Laura) es hacia donde Klimovsky lo conduce, poco a poco, hasta conseguirlo.

En “Las Irresponsables” se manifiestan interesantes dinámicas colectivas, en complicidades y transgresiones que modifican el curso de la vida en cada una de las protagonistas implicadas. ¿De qué manera crees que se manifiesta la naturaleza humana en este “dejar de actuar según lo esperado” o “aceptado socialmente”?

No se trata tanto de hacer lo incorrecto (como de hecho en Las irresponsables sucede), sino en reconocer que muchas veces nuestras conductas obedecen a un deber ser del que no siempre somos conscientes. Y por ese deber ser terminamos encorsetados en comportamientos estereotipados que no nos representan. Es bueno, creo yo, tratar de saber que tan incorrectos podemos llegar a ser. Y eso se logra tomando contacto con nuestros impulsos y no reprimiéndolos.

Es de gran riqueza como se aborda en dicha obra este límite difuso, acaso poco discernible, que existe entre hacer lo correcto o no. ¿Por qué consideras que es importante interpelar e incomodar al espectador en este sentido?

Me parece, por lo que antes te decía, que reconocer nuestras fantasías y nuestros impulsos más primarios es una manera de encontrarnos con nosotros mismos, de dejar de ser hipócritas (con nosotros mismos, sobre todo). Pero es natural que le tengamos miedo a esos impulsos primarios. Como dice el personaje de Paola Krum en un momento: “Qué miedo dejarse llevar por el impulso ¿no? Porque no sé si voy a poder parar.”

En “Las Irresponsables” trabajás con tres actrices (Julieta Díaz, Paola Krum, Gloria Carrá) que las que ya coincidiste en anteriores trabajos, tanto para teatro como para TV. ¿Qué nos podés decir de cada una de ellas en particular?

Creo que son de las mejores actrices de su generación. Con Gloria ya son muchas las experiencias teatrales compartidas (“¿Estás Ahí?”, “El Recurso de Amparo”, “4D Óptico”). Con Paola es la segunda vez que hacemos teatro juntos (“Después de Casa de Muñecas”). Y con Julieta es la primera (NdR: trabajaron en TV, en “Silencios de Familia”). Aunque con las tres sí tuvimos experiencias comunes haciendo tele, donde yo escribía y ellas eras protagonistas. Creo que me entienden. Que entienden mis textos. Que entienden la dinámica con que deben ser encarados. Ensayar y trabajar con ellas en teatro es maravilloso porque en cada ensayo y cada función estamos buscando a la vez el juego y a la vez la hondura de los personajes, las situaciones y los vínculos.

Sos un gran referente para quienes estudian teatro. ¿Podés contarnos en qué consiste y dónde implementás tu método de actores conocido como “Procedimiento Daulte”?

Tiene que ver con un encare particular que tengo respecto de la actuación. Y que se une a lo dicho acerca del juego y del compromiso. Mi trabajo de entrenamiento con los actores está focalizado de manera exclusiva con el funcionamiento del aspecto emocional de la actuación. Tratar de que lo emocional no esté solamente vinculado con la idea de lo dramático, sino con la idea de lo vivo. Lo emocional está siempre presente en la medida en que estamos vivos. La diversión es emocional, el goce es emocional, hasta el hecho de estar preparando una comida involucra aspectos emocionales de una persona (y por lo tanto de un personaje). Trato de que las actrices y los actores estén familiarizados con ese funcionamiento.

¿A tu criterio, qué mantiene a una obra vigente en el tiempo?

Por su vigencia teatral, más que por la vigencia de sus contenidos. El juego debe ser vigente. Si el juego es vigente, los contenidos automáticamente se actualizan. De hecho, creo que es el juego teatral que propone Ella en mi cabeza lo que hizo que yo aceptase dirigirla. Me gustaba la idea de escenificar ese delirio de una noche de insomnio donde todo lo que ocurre está en la cabeza de su protagonista.

Por último y a modo de reflexionar acerca de la realidad que atravesamos como país en la actualidad. Desde tu lugar como protagonista de la cultura, ¿cómo ves a nuestro teatro luego del tan difícil trance que supuso la pandemia?

Ha sido muy revelador cómo hemos vivido la vuelta del teatro tras las restricciones de la pandemia. Y no lo digo como artista y hacedor, sino más que nada como espectador. Creo que hemos podido reconocer lo necesaria que es la ceremonia presencial del teatro. El público ha vuelto a las salas, y si bien no todas se llenan, creo que estamos recuperando el vigor de nuestra actividad.

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