La Argentina enfrenta un nuevo capítulo en su crónica fragilidad económica, esta vez bajo el experimento libertario de Javier Milei. A un año y medio de su asunción, el modelo económico basado en un ajuste fiscal feroz y una obstinada negativa a devaluar el peso para sostener lo único que puede mostrarle a la sociedad, la menor inflación, revela una contradicción estructural que lo define: depende del Fondo Monetario Internacional (FMI) para evitar un colapso inminente, pero las exigencias del organismo chocan frontalmente con sus principios fundamentales.
El acuerdo de 2022 con el FMI, heredado del gobierno anterior y renegociado por esta administración, lejos de ser el puente hacia la estabilidad prometida, se ha convertido en el epicentro de una crisis que expone las grietas de una estrategia que pretendía romper con los ciclos históricos del país. Las reservas al borde del precipicio, una economía sumida en una chatura que expresa su mayor dolor en los ingresos de la sociedad y un frente externo en descomposición. ¿Cómo puede un modelo que abjura de la intervención estatal terminar dependiendo tanto de un organismo internacional? ¿Y por qué el FMI parece dudar de una apuesta que se niega a alinearse con sus recetas ortodoxas?
Según el último informe semanal de Instituto Argentina Grande (IAG), el modelo económico de Milei no puede mantenerse en pie sin el respaldo del FMI, pero incluso con esa ayuda, su viabilidad está en dudas. Las reservas internacionales del Banco Central (BCRA) han alcanzado un nivel crítico. Esta semana, perforaron los USD 26.000 millones, desplomándose hasta USD 25.775 millones tras ventas diarias de USD 192 millones este viernes, un umbral que el IAG califica de 'bajísimo' y alarmante. Apenas siete días antes, el 21 de marzo, las reservas se situaban en USD 26.626 millones, después de que el BCRA desembolsara más de USD 1.000 millones en pocos días para contener la presión sobre el dólar paralelo. Este esfuerzo no es un hecho aislado: desde que Milei asumió, el Central ha gastado USD 26.567 millones en intervenciones acumuladas hasta febrero de 2025, incluyendo USD 487 millones solo en ese mes, en un intento desesperado por evitar una corrida cambiaria cuyas señales ya son evidentes.
El FMI se perfila como el único recurso tangible para detener esta hemorragia de divisas. El gobierno ha anunciado un desembolso de USD 20,000 millones como parte de la renegociación del acuerdo de 2022, una suma que, en teoría, cubriría los pagos de intereses y capital durante el mandato de Milei. Sin embargo, este salvavidas dista de estar asegurado. El Fondo muestra reticencia y podría retener los fondos si no percibe que el régimen cambiario actual –marcado por una brecha MEP superior al 20%, con el dólar en USD 1,306– tiene capacidad de sostenerse en el corto plazo. La condición implícita del FMI es clara: exige una devaluación o un plan concreto para unificar el tipo de cambio, medidas que Milei rechaza de plano, aferrado a un crawling peg del 1% mensual que el propio ministro de Economía, Luis Caputo, ha cuestionado en público. Esta negativa traza la primera gran contradicción del modelo: necesita los dólares del FMI como oxígeno para sobrevivir, pero se resiste a las reformas que el organismo considera esenciales. ¿Por qué el FMI daría un desembolso si primero no están dadas las condiciones para que no se vaya diariamente? ¿Sólo por geopolítica? Creemos que no alcanza.
El ajuste fiscal, presentado como la joya de la corona del discurso oficial, no hace más que agravar esta dependencia. El IAG señala que el superávit primario, tan cacareado por el gobierno, se logra a costa de desmantelar sectores estratégicos: la construcción en general se desplomó un 52% desde noviembre de 2023 tras un recorte del 80% en obra pública, mientras la industria retrocedió un 9,3% en 2024. Este desguace brutal, que incluye la eliminación de subsidios y una contracción deliberada de la demanda interna, ha paralizado la economía real, dejando al país sin capacidad para generar las divisas necesarias para enfrentar su deuda externa. Sin crecimiento económico, el modelo queda atrapado en una paradoja insalvable: depende del FMI para no colapsar, pero su rigidez ideológica lo aleja de las condiciones que harían posible ese respaldo. El gráfico que acompaña este análisis, basado en datos del BCRA, pone en evidencia esta crisis con una claridad cruda:
Fuente: Elaboración propia con datos de BCRA.
Esta sangría de reservas no es un mero tecnicismo; es el reflejo de un modelo que no puede sostenerse por sí mismo. Hay 9 meses al hilo en que la cuenta corriente del balance cambiario del BCRA se muestra negativa. Y esto es muy grave. Lo lograron sostener con el goteo a las reservas del blanqueo (vía créditos en USD), pero ahora ya no le quedan fundamentos. El IAG subraya que, sin un flujo externo de dólares, el dólar paralelo –y con él, la estabilidad económica– se torna ingobernable. Sin embargo, la pregunta persiste: si el FMI es la única salida, ¿por qué su respaldo parece tan esquivo frente a un gobierno que presume de disciplina fiscal pero no logra estabilizar su economía?
La cuenta corriente cerró febrero de 2025 con un déficit de USD 1.231 millones, arrastrada por pagos de intereses al FMI de USD 593 millones y un saldo comercial negativo de USD 169 millones, reflejo del mal desempeño del rubro servicios. Aunque la cuenta financiera logró un superávit de USD 974 millones en ese mes, este ingreso resultó insuficiente para compensar el rojo, dejando al país en una posición vulnerable que acumula nueve meses consecutivos de saldos negativos.
Este desequilibrio externo no es un dato pasajero; es una señal de alarma que, según el IAG, pone en jaque la gobernabilidad del dólar y, por extensión, del país entero. El panorama se agrava aún más: en los últimos tres meses, de diciembre de 2024 a febrero de 2025, se registra una salida significativa de inversión extranjera, con un saldo negativo de USD 1.922 millones. Este flujo inverso resulta particularmente inquietante para un modelo que, en teoría, debería atraer capitales con su discurso de apertura y rigor fiscal. En lugar de convertirse en un imán para inversores, Argentina bajo Milei parece estar ahuyentándolos, lo que intensifica su dependencia del FMI en un momento en que cada dólar es vital.
El Fondo exige un plan integral para unificar el tipo de cambio y desmantelar los controles que sostienen el dólar oficial. Milei, sin embargo, se aferra a su rechazo, defendiendo un crawling peg que ya no convence ni siquiera a Caputo. Esta obstinación genera una paradoja insuperable: el gobierno necesita los desembolsos del FMI para evitar un colapso inmediato, pero se niega a aceptar las condiciones que harían viable ese respaldo. Levantar el cepo cambiario, como demanda el Fondo, podría desencadenar un mercado imposible de estabilizar, dejando al modelo en un limbo entre la ortodoxia del FMI y la quimera libertaria de Milei.
La tensión no se detiene ahí. La brecha con el dólar MEP, el Riesgo País en 788 puntos básicos y una inflación que amenaza con repuntar en marzo son síntomas de una economía sin rumbo claro. Si el FMI retiene los fondos por la falta de un 'panorama cambiario resuelto', el gobierno podría enfrentarse a una devaluación forzada que no solo contradiría su narrativa de estabilidad, sino que pondría en peligro la frágil calma que ha impuesto mediante ajuste y represión. La pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo puede sostenerse esta contradicción sin que el sistema colapse bajo su propio peso?
La contradicción del modelo no se limita al terreno financiero; su impacto social es devastador y pone en duda su legitimidad. El ajuste diseñado para cumplir con las metas del FMI –o para simular que puede prescindir de ellas– ha golpeado con fuerza la economía real. Los salarios reales cayeron un 10,6% en enero de 2025 respecto a todo el promedio de 2023, acumulando una pérdida de 1.904.403 pesos promedio por trabajador registrado privado desde que Milei asumió. Este deterioro no es casual: el gobierno ha optado por mantener los salarios estancados como una herramienta para contener la inflación, una estrategia que ha convertido a los trabajadores en las principales víctimas del ajuste. En paralelo, el consumo se derrumba: las ventas en supermercados y autoservicios mayoristas están en 'pisos históricos', con una caída del 10,5% en enero de 2025 respecto al año anterior.
El impacto en el Producto Bruto Interno (PBI) es igualmente alarmante. La contracción fue de 1,7% en 2024, un número que podría haber sido más grave sin el rebote del sector agropecuario. Los sectores más golpeados son la construcción, con un desplome del 24%, la industria, que retrocedió un 6,7%, y el comercio, que perdió un 7,3%. Esta recesión no es solo un reflejo del ajuste fiscal, sino también de la ausencia de una política de ingresos que mitigue la eliminación de subsidios y el encarecimiento de la vida. El empleo formal se desmorona: se calcula que 118.019 trabajadores del sector privado registrado perdieron sus puestos entre noviembre de 2023 y diciembre de 2024, con la construcción liderando las bajas con 64.400 empleos menos. A esto se suma una caída del 20% en el trabajo doméstico, un sector clave para las mujeres, que profundiza la precariedad laboral y la desigualdad.
Este sacrificio social, que el gobierno justifica como necesario para 'cerrar el modelo', no logra persuadir al FMI ni estabilizar la economía. El IAG subraya que el ajuste no inspira confianza: la brecha cambiaria persiste, el Riesgo País no cede y la inflación sigue al acecho. Peor aún, la salida de inversión extranjera en los últimos tres meses, con un saldo negativo de USD 1.922 millones, evidencia que el modelo no solo no atrae capital, sino que lo repele, contradiciendo las promesas libertarias de convertir a Argentina en un polo de inversión. Si el FMI retiene los fondos por la falta de avances en el frente cambiario, el país podría enfrentarse a una devaluación forzada que pulverice aún más el poder adquisitivo y desate un conflicto social que Milei ha contenido hasta ahora con represión, recortes y algo de suerte.
Sin los dólares del Fondo, las reservas colapsan y el dólar se dispara, amenazando con sumir al país en una crisis cambiaria de proporciones impredecibles. Con ellos, el gobierno debe ceder a una devaluación y un plan de ajuste que contradicen su narrativa de 'libertad económica' y su rechazo visceral a la intervención estatal. Una economía en retroceso, un BCRA que se desangra para sostener un tipo de cambio artificial y un pueblo que carga con el peso de una apuesta que no encuentra sustento. La contradicción originaria es inescapable: el modelo necesita al FMI para sobrevivir, pero el FMI no puede convivir con un modelo que se niega a adaptarse a sus reglas.
En este tira y afloja, Argentina permanece atrapada en su laberinto histórico. Un loop recurrente. Milei prometió romper con los ciclos de crisis y dependencia, pero su estrategia parece agravar las fisuras que dice combatir. Sin un plan coherente para generar dólares –ya sea mediante exportaciones, inversión extranjera o crecimiento interno–, el modelo libertario se reduce a una maniobra desesperada por ganar tiempo, a costa de un ajuste que castiga a las mayorías y una dependencia del FMI que no puede disimular. El fin de la moratoria previsional, que dejó a cientos de miles sin acceso a una jubilación digna, es solo el último ejemplo de una lógica que prioriza el equilibrio fiscal sobre la justicia social. Mientras las reservas se agotan y el Fondo duda, la pregunta permanece sin respuesta: ¿cuánto más puede prolongarse esta contradicción antes de que el modelo colapse bajo su propio peso?
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